domingo, 1 de abril de 2012

Huancavelica y la historia nacional

El niño mariscal de Lachocc 
(Huancavelica)

La continuación de la campaña militar emprendida por el ejército chileno, dentro de su plan general de invasión del territorio nacional, fue la toma sucesiva de las principales ciudades del centro, comenzando por Lima, que era su objetivo primordial.




Las del Sur, como Arequipa y otras hallábanse ya en poder del enemigo, después de las batallas de San Francisco, El Alto de la Alianza, Tarapacá, la de la brillante victoria peruana y de la masacre de Arica, sublimizada por Bolognesi, el héroe epónimo y del puñado de mártires que le acompañaron en el Legendario Morro.
La expedición chilena hubo de marchar subsiguientemente hacia Lima, la Gran Capital de la República, la risueña ciudad de la diáfana y rutilante luz diurna y de los áureos resplandores discipantes de las sombras de la noche, donde sus gentes viven en una inmarcecible juventud del alma, en unión fraternal con su sempiterna religiosidad. Habiendo sido tomada la Gran Señora Virreynal, la Forjadora y Nodriza de Santos, por las huestes chilenos, después de las épicas y honrosas resistencias de Chorrillos, San Juan y Miraflores, hechas en sus puertas, con denuedo y bizarría,por lo más granado, lo más selecto con que contaba la Capital, en ese momento tanto en lo intelectual, político, social, militar y aún en lo religioso, pese a las diatribas y énfasis hiperbólicas, de que hace uso el historiador del Mapocho Vicuña Mackenna, al referirse a la toma de Lima por el ejercito de su país, calificándolo al pueblo peruano, como “ un pueblo en agonía”, queriendo quitar así, el mérito imponderable del patriotismo del pueblo peruano y de su glorioso Ejercito, aureolado de heroísmos infinitos y sacrificios sin cuento: renaciendo, unas veces, de sus cenizas, como el Ave Fénix de la Mitología Griega, y otras, levantándose con nuevas fuerzas, como Anteo, en su titánica lucha con Hércules.
Y esto es lo que sucedió precisamente en la resistencia del Centro, con el ínclito Mariscal Cáceres, el Héroe de la Breña, de quien podría decirse ciertamente el Romántico Empecinado del Patriotismo y de la Esperanza; Cid Campeador, Aliado de los Andes Pétreos y del elemento Aborígen que habita en sus níveos picachos, sus sinuosas laderas y pintorescos valles.


Vamos a la Tradición del Niño Dios de Lachóc y el General Cáceres.
Tomadas las ciudades de Huancayo, Huancavelica y otras después de los combates de Marcavalle, Pucará y Concepción, el general chileno Martiniano, Urriola, ocupo Huancavelica, la antigua famosa Villa Rica de Oropeza, la Mística ciudad de los Tesoros Ocultos y de las Minas Encantadas, llamada por los Monarcas Españoles: “La Joya Más Preciada de la Corona de España” y por los Virreyes del Perú: “ La Maravilla Más Grande de la Tierra”, con referencia al Cinabrio contenido en las entrañas inagotables de la gigantesca Mina de Santa Bárbara.

“La Ilustre Ciudad de Huancavelica”, como así la denominara el Congreso de Huancayo, por Ley de 4 de Noviembre de 1839, promulgada por el Mariscal don Agustín Gamarra, fue, pues, ocupada por el nombrado general Urriola, con efectivos militares de las tres armas de aquel entonces Infantería, perfectamente equipada y dotada de armas modernas de época, una espléndida Caballería, y Artillería Krupp, producto de adelantos y perfeccionamiento de la técnica balística de aquella usina alemana.
La ciudad habíase declarado “ciudad abierta”, como se dice en el lenguaje internacional, porque no se había preparado para hacer la resistencia armada, como mayor parte de las otras ciudades de la República en aquella Guerra de la Imprevisión y de la Sorpresa.
Las tropas chilenas tomaron sus alojamientos en el local del Colegio Nacional de “ La Victoria de Ayacucho”, en los Templos de San Francisco , San Juan de Dios y Santo Domingo, en el Hospital de San Juan de Dios, que estaba clausurado por aquel tiempo, y la Oficialidad habíase hospedado en la municipalidad y casas particulares, como son: la casa Beramendi, la de Delgado y otras que figuraban de antemano en las listas del Estado Mayor Chileno, gracias a su espionaje, que actuara desde años anteriores, como se verá después,. al tratarse de la ocupación de la ciudad de Huancayo, por el Ejercito invasor.
Los chilenos practicando las búsqueda correspondiente,había encontrado un valioso “tapado”o tesoro oculto”, debajo del Púlpito de la Iglesia de San Francisco, en un zurrón envuelto en redecilla de cuero de res.
Sabedor el jefe chileno de la expedición, de que el General Cáceres, que en días anteriores estuviera en Huancavelica, habíase encaminado rumbo a Ica, por el camino de Castrovirreina, hubo de destacar un piquete de caballería al mando de algunos jefes y oficiales, para que fuera en persecución del Jefe peruano y de sus pocos leales compañeros subalternos, con instrucciones precisas para capturarlo y entregar “vivo o muerto al indómito y terrible enemigo de las huestes chilenas”.
El piquete se encaminó con rapidez vertiginosa, como un culebrón que llevaba en su lanceta el veneno para herirlo de muerte al Centauro de los Andes.
El General Cáceres, verdadero genio de la guerra, con su gran táctica de previsión, había organizado, el servicio de “Chasquis”, al uso incaico, con hombres-correo, dotados de gran resistencia y velocidad, como indígenas dominadores de los Andes, que en otros tiempos hacían comer a su Inca y Señor, en el Cuzco, el pescado fresco sacado el mismo día del mar, según se dice, en el puerto de Chala.
Los Chasquis estaban situados como vigías de observación precisar en las cúspides de los cerros dominantes del camino de Huancavelica a Castrovirreyna, en cuyo trayecto se encuentra Láchoc, que es un caserío de indios, distante unas seis leguas poco más o menos de Huancavelica. En este caserío ubicada una capilla rústica, con techo de paja, de ahí estaba aquel “Dios Chiquito”, el Niño Jesús de Láchoc, de tanto renombre en la región, por sus extraordinarios hechos milagros.
Alertas los Chasquis, como cóndores posados en los picachos, comunicaban, minuto tras minuto, al General Cáceres y a su pequeño Estado Mayor, todas las circunstancias del viaje y de las distancias recorridas por la caballería chilena, desde su salida de la ciudad de Huancavelica.
Cuenta la tradición a que nos referimos que, faltando unos pocos kilómetros para entrar a Láchoc, el piquete chileno de la persecusión, hizo un alto inesperado y pocos momentos después, volteadas bridas, emprendiendo la marcha de regreso a Huancavelica.


¿ Qué sucedió, a qué obedecía la exabrupta maniobra? Dizque jefes y soldados oyeron el eco de trompetas y clarines y redoblar de tambores, dando la impresión de que numerosas tropas hacían ejercicios o maniobras en gran escala; que el chilenos juzgaron habría de ser una imprudencia suicida, al entrar a Láchoc, para ser exterminados como carne de cañón, por un ejercito superior en efectivo y en provisiones, prefiriendo hacer tal retroceso o retirada prudente; que así se explicaron los referidos comisionados ante su jefe el General Urriola – con referencia a la bella y milagrosa ilusión acústica.
El bizarro General Cáceres, que burló a la muerte sin poder ser apresado en tantos combates, lo habría sido en aquella vez en el despoblado de Láchoc, rincón miserable de la Cordillera Andina y en circunstancia justamente insignificantes e incompatibles con su gran talla militar; intranquilo, casi desesperado ante la inminencia del peligro, dicen, que en sus andares desconcertados y nerviosos, entró a la dicha Capilla y de todo corazón y con fervor del espíritu,como un buen creyente que era hubo de implorar la protección del Niño de Láchoc, para que lo salvara de aquel trance tremendo, de la humillación y de la muerte. Y así fue porque el Niño Dios obró uno de sus notables milagros; lo había salvado efectivamente al General, de la humillación y de la muerte, valiéndose de esa ilusión acústica. Había pasado la terrible tempestad y ya libres de la persecusión, siguieron los defensores de la patria., su viaje hacia Ica, en sus cansadas y maltrechas cabalgaduras, cuyo estado les obligaría a los veteranos, a quedares en Láchoc.
Y es que también el destino providencial del General Cáceres, no fue morir de bala chilena, como el insigne Leoncio Prado, ni tener su tumba en el Oceano, como el noblemente orgulloso Alfonso Ugarte,ni le deparo el cautiverio en manos de los chilenos, como el Santo Laico, el ilustre Dr. García Calderón, ni tuvo su Santa Elena - isla de prisión -, como Napoleón y murió como San Martín en la tranquila serenidad de su lecho.
Desde aquel día inolvidable, refiere la Tradición, que el Mariscal don Andrés Avelino Cáceres, fue ascendrado devoto del Niño Jesús de Láchoc que se le denomina ahora el Niño Mariscal de Láchoc, habiéndole enviado el uniforme del Mariscalato de esta capital y que el Niño lo usa actualmente, dándole el sello y la proclamación incesante de su inmortal Señorío y de su Eterno Poderío en el Mundo Militar.
Es de advertirse que el Niño Láchoc, es de la indumentaria múltiple pues unas veces viste de Emperador del Universo, otras y más ordinariamente de Mariscal del Ejército Peruano; ya de Generalísimo del Ejército Americano continental, ya por último, de simple viajero con ponchito y bufanda tejidos de finìsimo hilo de lana de vicuña, sombreritos de paja norteño o los llamados “marcoritas”, de finura exquisita y primorosamente tejidos y sus botas fuertes.Es el Niño de la alta aristocracia y de la Realeza Cumbre, el Excelso Militar, y como amigo del pueblo y de la Raza Autóctona, es el “Niño del Llano” y de la Democracia Pura.


El Niño Mariscal cuya Tradición nos ocupa, se venera en el Templo de San Sebastián de la ciudad de Huancavelica, la segunda Iglesia de fundación española después de la Santa Ana ,que es la primera; obrando prodigioso milagros beneficioso a sus devotos o castigando la piedad vacilante o falsa, de quienes le hacen promesa y no cumple: es el Celoso Custodio y Protector Supremo de la Villa Rica de Oropeza y el Mariscal por Excelencia de todo el universo.
De Tradiciones Religiosas Militares de la Guerra Perú - Chilena


Autor Víctor S. Pacheco Beramendi 1995

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