jueves, 23 de abril de 2020

Monika Ertl o Imilla...... “Para la venganza ningún camino es largo”


Monika Ertl, la mujer que ajustició al hombre que cortó las manos a Ernesto Che Guevara

En Hamburgo, Alemania, eran las diez menos veinte de la mañana del 1 de abril de 1971. Una bella y elegante mujer de profundos ojos color de cielo entra en la oficina del cónsul de Bolivia y, espera pacientemente ser atendida. Mientras hace antesala, mira indiferente los cuadros que adornan la oficina. Roberto Quintanilla, cónsul boliviano, vestido elegantemente de traje oscuro de lana, aparece en la oficina y saluda impactado por la belleza de esa mujer que dice ser la australiana, y quien días antes le había pedido una entrevista.
Nina Ramón / Cubadebate
Por un instante fugaz, ambos se encuentran frente a frente. La venganza aparece encarnada en un rostro femenino muy atractivo. La mujer, de belleza exuberante lo mira fijamente a los ojos y sin mediar palabras extrae un revolver y dispara tres veces. No hubo resistencia, ni forcejeo, ni lucha. Los impactos dieron en el blanco. En su huida, dejó atrás una peluca, su bolso, su Colt Cobra 38 Special, y un trozo de papel donde se leía: Victoria o muerte. ELN.
¿Quién era esta audaz mujer y por qué habría asesinado a Toto Quintanilla?
En la milicia guevarista había una mujer que se hacía llamar Imilla cuyo significado en lengua quechua y aimara es Niña o joven indígena (ahora considerado un insulto en Bolivia). Su nombre de pila: Mónica (Monika) Ertl. Alemana de nacimiento que había realizado un viaje de 11 mil kilómetros desde la perdida Bolivia con el único propósito de ajusticiar a un hombre, el personaje más odiado por la izquierda mundial: Roberto Quintanilla Pereira.
Ella, a partir de ese momento, se convirtió en la mujer más buscada del mundo. Acaparó las portadas de los diarios de toda América. Pero ¿cuáles eran sus razones y cuáles sus orígenes?
Retornemos al 3 de marzo de 1950, fecha en la que Mónica había llegado a Bolivia con Hans Ertl –su padre– a través de lo que sería conocida como la ruta de las ratas, sendero que facilitó la huida de miembros del régimen nazi hacia Suramérica al finalizar el conflicto armado más grande y sangriento de la historia universal: la II Guerra Mundial.
La historia de Mónica pudo ser narrada con grandes pasajes gracias a la investigación de Jürgen Schreiber. La que yo le presento es apenas un pincelazo de esta apasionante historia que involucra muchos sentimientos y personajes.
Las manos del rebelde, origen de la venganza (Foto: internet).
Hans Ertl (Alemania-1908-Bolivia-2000) alpinista, innovador de técnicas submarinas, explorador, escritor, inventor y materializador de sueños, agricultor, converso ideológico, cineasta, antropólogo y etnógrafo aficionado. Muy pronto alcanzó notoriedad al retratar a los dirigentes del Partido Nacionalsocialista cuando filmaba la majestuosidad, la estética corporal y las destrezas atléticas de los participantes en los Juegos Olímpicos de Berlín (1936), bajo la dirección de la cineasta Leni Riefenstahl quien glorificó a los nazis.
Sin embargo, tuvo el infortunio de ser reconocido para la historia (y su posterior desgracia), como el fotógrafo de Adolfo Hitler, aunque el iconógrafo oficial del Führer haya sido Heinrich Hoffman del escuadrón de defensa. Citan algunas fuentes que Hans estaba asignado para documentar las zonas de acción del regimiento del famoso mariscal de campo, apodado El Zorro del Desierto Erwin Rommel, en sus travesía por Tobruk, África.
Como dato curioso, Hans no perteneció al partido nazi pero, a pesar de que aborrecía la guerra, exhibía con orgullo la chaqueta diseñada por Hugo Boss para el Ejército alemán, como símbolo de sus gestas de otrora, y su garbo ario. Detestaba que lo llamaran nazi, no tenía nada contra ellos, pero tampoco contra los judíos. Por irónico que parezca fue otra víctima de la Schutzstaffel.
Al término la Segunda Guerra Mundial, cuando el Tercer Reich se derrumbó, los jerarcas, colaboradores y allegados al régimen nazi huyeron de la justicia europea refugiándose en diversos países, entre ellos, los del continente americano con el beneplácito de sus respectivos gobiernos y el apoyo incondicional de Estados Unidos. Se dice que era una persona muy pacífica y no tenía enemigos, así que optó por quedarse en Alemania un tiempo trabajando en asignaciones menores a su status, hasta que emigró con su familia. Primeramente a Chile, en el austral archipiélago de Juan Fernández, “fascinante paraíso perdido”, donde realizó el documental Robinson (1950), antes que otros proyectos.
Después de un largo viaje, Ertl se establece en 1951 en Chiquitania, a 100 kilómetros de la ciudad de Santa Cruz. Hasta ahí llegó para instalarse en las prósperas y vírgenes tierras cual conquistador del siglo XV, entre la espesa e intrincada vegetación brasileño-boliviana. Una propiedad de 3,000 hectáreas donde construiría con sus propias manos y materia autóctona lo que fue su hogar hasta sus últimos días: La Dolorida.
El vagabundo de la montaña, como era conocido por los exploradores y científicos, deambulaba con su pasado a cuestas, por la inmensa naturaleza con la visión ávida de desentrañar y capturar con su lente todo lo percibido de su entorno mágico en Bolivia al tiempo que comenzaba una nueva vida acompañado de su esposa y sus hijas. La mayor se llamaba Mónica, tenía 15 años cuando dio lugar el exilio y, aquí empieza su historia…
Mónica había vivido su niñez en medio de la efervescencia del nazismo de Alemania y cuando emigraron a Bolivia aprendió el arte de su padre lo que le valió para trabajar después con el documentalista boliviano Jorge Ruiz. Hans realizó en Bolivia varios filmes (Paitití y Hito Hito) y trasmitió a Mónica la pasión por la fotografía. Por cierto, fácilmente podemos reclamarla como mujer pionera de las realizadoras de documentales en la historia del séptimo arte.
El cuerpo del guerrillero muerto, aún con sus manos (Foto: internet)
Mónica se crió en un círculo tan cerrado como racista, en el que brillaban tanto su padre como otro siniestro personaje al que ella se acostumbró a llamar con cariño El Tío Klaus. Un empresario germano (seudónimo de Klaus Barbie (1913-1991) y exjefe de la Gestapo en Lyon, Francia) mejor conocido como El Carnicero de Lyon.
Klaus Barbie, cambiaría su apellido por Altmann antes de involucrarse con la familia Ertl. En el estrecho círculo de personalidades en La Paz, donde este hombre ganó suficiente confianza de tal forma que, el propio padre de Mónica, fue quien lo introdujo, incluso, le consiguió su primer empleo en Bolivia como ciudadano judío alemán, de quien se dice asesoró dictaduras suramericanas.
La célebre protagonista de esta historia, se casó con otro alemán en La Paz y vivió en las minas de cobre en el norte de Chile pero, luego de 10 años, su matrimonio fracasó y ella se convirtió en una política activa que apoyó causas nobles. Entre otras cosas ayudó a fundar un hogar para huérfanos en La Paz, ahora convertido en hospital.
Vivió en un mundo extremo rodeada de viejos lobos torturadores nazis. Cualquier indicio perturbador no le resultaba extraño. Sin embargo, la muerte del guerrillero argentino Ernesto Che Guevara en la selva boliviana (octubre de 1967) había significado para ella el empujón final para sus ideales. Mónica, según su hermana Beatriz, “adoraba al Che como si fuera un Dios”.
A raíz de esto, la relación padre e hija fue difícil por la combinación: ese fanatismo adherido a un espíritu subversivo; quizá factores detonantes que generaron una postura combativa, idealista, perseverante. Su padre fue el más sorprendido y, muy a su pesar, la echó de la granja. Quizás ese desafío produjo en él cierta metamorfosis ideológica en los años 60, hasta convertirse en colaborador y defensor indirecto de los izquierdistas en Suramérica.
Mónica fue su hija favorita, mi padre era muy frío hacia nosotras y ella parecía ser a la única que amaba. Mi padre nació como resultado de una violación, mi abuela nunca le mostró afecto y eso lo marcó para siempre. El único afecto que mostró fue para Monika”, dijo Beatriz en una entrevista para la BBC News.
A finales de los 60, todo cambió con la muerte del Che Guevara, rompió con sus raíces y dio un drástico giro para entrar de lleno a la milicia empuñando el brazo con la Guerrilla de Ñancahuazú, tal como lo hiciera en vida su héroe por la desigualdad social.

Mónica dejó de ser aquella chica apasionada por la lente para convertirse en Imilla la Revolucionaria, refugiada en un campamento de las colinas bolivianas. A medida que fueron desapareciendo de la faz de la Tierra la mayor parte de sus integrantes, su dolor se trasformó en fuerza para reclamar justicia, convirtiéndose en una clave operativa para el Ejército de Liberación Nacional.
Durante los cuatro años que permaneció recluida en el campamento escribió a su padre, solamente una vez por año, para decir textualmente: No se preocupen por mí… estoy bien”. Lamentablemente nunca más la volvió a ver; ni viva, ni muerta.
En 1971 cruza el Atlántico y vuelve a su natal Alemania, y en Hamburgo ejecuta personalmente al cónsul boliviano, el coronel Roberto Quintanilla Pereira, responsable directo del ultraje final a Guevara: la amputación de sus manos, luego de su fusilamiento en La Higuera. Con esa profanación firmó su sentencia de muerte y, desde entonces, la fiel Imilla se propuso una misión de alto riesgo: juró que vengaría al Che Guevara.
Después de cumplir su objetivo comenzaría una cacería que atravesó países y mares y que sólo encontró su fin cuando Mónica cayó muerta en 1973, en una emboscada que según algunas fuentes fidedignas le tendió su traicionero “tío” Klaus Barbie.
Después de su muerte, Hans Erlt siguió viviendo y filmando documentales en Bolivia, donde murió a la edad de 92 años (año 2000) en su granja ahora convertida en museo gracias a la ayuda de algunas instituciones de España y Bolivia. Allí permanece enterrado, acompañado de su vieja chaqueta de militar alemán, su fiel compañera de los últimos años. Su sepulcro permanece entre dos pinos y tierra de su natal Bavaria. Él mismo se encargó de prepararlo y su hija Heidi de hacer sus deseos realidad. Hans había expresado en una entrevista concedida a la agencia Reuters: “No quiero regresar a mi país. Quiero, incluso muerto, quedar en ésta mi tierra”.
En un cementerio de La Paz, se dice que descansan “simbólicamente” los restos de Mónica Ertl. En realidad nunca le fueron entregados a su padre. Sus reclamos fueron ignorados por las autoridades a partir del hecho. Estos permanecen en algún sitio desconocido del país boliviano. Yacen en una fosa común, sin una cruz, sin un nombre, sin una bendición de su padre.

Toto Quintanilla, victimario del Ché, víctima de Monika (Foto: internet)
Así fue la vida de esta mujer que en un período, al decir de la derecha fascista de aquellos años, campeaba en “el comunismo” y por ende “el terrorismo” en Europa. Para unos su nombre quedó grabado en los jardines de la memoria como guerrillera, asesina o quizá terrorista, para otros como una mujer valiente que cumplió con una misión.
En mi opinión, es el costado femenino de una revolución que luchó por las utopías de su época, y que a la luz de nuestros ojos nos obliga a reflexionar, una vez más sobre esta frase: “Jamás subestime el valor de una mujer”.


Hilda Gadea Acosta y Ernesto Guevara de la Serna







Guevara con su primera mujer, Hilda Gadea Acosta


Escena cuarta: la influencia peruana

Guevara y Marx: «remake» crítico de una antigua película

19 AGOSTO 2019, 

Gracias a un evento fortuito de la historia, también la segunda influencia decisiva para la adhesión al marxismo de Ernesto Guevara fue peruana, a través de la persona de una joven economista con los inconfundibles rasgos incas, militante del bando izquierdista de la Apra (la Alianza popular revolucionaria americana fundada en 1924 en México por Víctor Raúl Haya de la Torre [1895-1979]), refugiada en Guatemala y políticamente activa en el grupo de los exiliados: Hilda Gadea Acosta (1925-1974), primera esposa del Che y madre de Hildita (1956-1995).
Su personal vicisitud como mujer que fue cortejada por un buen tiempo, luego esposa y madre, en el rol de «profesora» de marxismo para el Che, de pareja de lucha en Guatemala en 1954 y en México casi hasta la salida del Granma en 1956, se entrelazó con años fundamentales en el itinerario teórico de Ernesto: los años en que ocurrió su adhesión definitiva al marxismo, por razones primero ideológicas pero también dirigidas a tareas políticas y de lucha. Una perfecta conjunción de teoría y praxis que difícilmente puede ejemplificarse en los Manuales o en otros conocidos exponentes del «marxismo-leninismo».
Fueron «años claves» para el surgimiento de esta figura que se ha convertido en una de las más emblemáticas del marxismo revolucionario del siglo XX, como repite con razón el título del libro que Hilda decidió escribir para contar ese asunto humano y político (Años decisivos, 1972). Gracias a esa decisión (sufrida, como personalmente puedo testificar) ella nos dejó un testimonio irreemplazable, teóricamente elaborado, sincero y confiable, también enriquecido por el mérito adicional de describir desde adentro, y por lo tanto, en términos psicológicos, de una transformación ideológica tan importante de Ernesto Guevara.
Además de la tarea de relatar el episodio guatemalteco-mexicano del Che, Hilda se encargó otra misión a cumplir, puesto que su hermano Ricardo Gadea (n. 1939, directivo del Movimiento de izquierda revolucionaria [Mir]) estaba en prisión en Perú, junto con otros notables presos políticos como Hugo Blanco Galdós (n. 1934), Héctor Béjar (n.1935), Helio Portocarrero Ríos, siempre en riesgo de sus vidas. Ya que en Italia habían unas personalidades muy conocidas en el sector de la cultura (el compositor Luigi Nono [1924-1990], el pintor Ennio Calabria [n. 1937] y otros) comprometidos en participar en una campaña de denuncia, Hilda eligió a nuestro País para establecer un Comité de solidaridad con los presos políticos peruanos, permaneciendo unos largos períodos entre 1969 y 1971. Y desde el año anterior en Cuba (donde yo fui invitado por el Gobierno, de julio a diciembre de 1968) nació entre ambos una gran comprensión y una hermosa amistad, ella me pidió que la ayudara a constituir y dirigir ese Comité. Todo eso fue facilitado por el hecho de que en Roma Hilda vivió en la casa de mi hermana Rossana (n. 1940), donde por algún tiempo yo viví también, por no tener todavía un hogar permanente. Y fue allí donde ella comenzó a escribir el libro de memorias respecto al Che y fui yo, por una casual cadena de eventos, el primero o uno entre los primeros «lectores» entre los que Hilda contó en voz lo que más tarde pudo leerse en su libro.
Todo lo que ocurrió entre Guatemala y México ya es historia conocida, relatada en las principales biografías; pero esa de finales de los 60, Hilda fue la única fuente directa y confiable acerca del tema de la formación marxista del Che, puesto que la «maestra» había sido ella: eso pudo ocurrir porque tenía más preparación que Ernesto, siendo licenciada en economía, y en especial porque tenía una formación marxista anti-ortodoxa, de origen aprista (por lo tanto más genuinamente latinoamericana) y no soviética (es decir, estalinista y dogmática).
Ya he proporcionado un informe acerca de esas conversaciones «romanas» con Hilda en mi Che Guevara. Pensiero e politica dell’utopia (de 1997) y no me parece que exista la necesidad de repetirlas aquí. Sin embargo, puede ser interesante informar acerca de los títulos o los nombres de los autores que los dos leyeron, comentaron y discutieron (a veces incluso con mucho ánimo, como escribió el Che en una carta a su familia): Tolstói, Gorki, Dostoievski, Kropotkin (Memorias de un revolucionario), Engels (Anti-DühringEl origen de la familiaDel socialismo utópico al socialismo científico, etc.), Lenin (¿Qué hacer?Imperialismo) y obviamente varias obras de Marx, además del Manifiesto y El Capital. Con relación a ese último, Hilda escribió:
... y El Capital de Marx, con el que estaba yo más familiarizada por mis estudios de economía» (p. 36).
Queriendo resumir el punto de vista de Hilda Gadea con respecto a ese episodio de intenso intercambio teórico y de una nueva y entusiasta adhesión guevariana al marxismo, tengo que decir que en las conversaciones que tuvo conmigo hizo hincapié en dos aspectos que para la época fueron cruciales y que con el tiempo, en cambio, se han dispersado entre las brumas de las divergencias teóricas ya superadas y obsoletas.
En primer lugar, Hilda mantuvo viva y transmitió a Ernesto la concepción que para la revolución en los países atrasados, dependientes o en vía de desarrollo, no se puede contar en las burguesías nacionales, ni como tales - es decir en su conjunto como concreciones históricas de ciertas clases capitalistas dependientes (las que yo ya me refería con ella, con la definición de «subimperialistas») - ni en sus sectores supuestamente progresistas. Estos sectores aparecían inevitablemente marcados por intereses clasistas que en último término siempre los llevarían a chocar con los procesos de real emancipación social, tanto en el mundo rural como con el proletariado urbano. Como mérito de Hilda y honor a Guevara, debe reconocerse que nunca falló en esta intuición política fundamental obtenible de la mejor tradición teórica del marxismo revolucionario del siglo XX.
En segundo lugar, ella intentó conquistar a Ernesto hacia la crítica radical del marxismo soviético, tanto por las responsabilidades que tuvo en el pasado por el proceso degenerativo de la Revolución de Octubre, tanto por su política contemporánea de convergencia con el imperialismo en mantenimiento del status quo mundial. Es verdad, sin embargo, que Hilda albergaba ilusiones acerca del comunismo chino, y en la época del conflicto URSS-China fue un argumento de candente actualidad. Veremos que Guevara no siempre la escuchó con referencia a ese doble carácter de la realidad internacional nacida en Yalta y que pasará por balanceos en favor y en contra del marxismo soviético, a favor y en contra del llamado «maoísmo», desafortunadamente perdiendo su vida antes de llegar a la síntesis superior de ambos rechazos. Pero de eso hablaremos más adelante.
Acerca del compromiso asumido por Ernesto en su estudio del marxismo en los años de Guatemala y México (1954-56) también tenemos tres testimonios de sus propios amigos o futuros compañeros de la expedición en Cuba. Habla de eso Mario Dalmau de la Cruz, un cubano exiliado en Guatemala a raíz de su participación en el asalto al cuartel Moncada (Ernesto «había leído toda una biblioteca marxista», en Granma del 29 de octubre de 1967). Habla de eso Darío López que nos informa que fue el Che el que eligió las obras del marxismo para la biblioteca del campo de entrenamiento de los participantes en la expedición del Granma y que fue embargado por la policía mexicana (en Granma del 16 de octubre de 1967).
Y el argentino Ricardo Rojo (1923-1996), el compañero de viaje que escribió la primera y muy concurrida biografía de Guevara y que inventó la célebre frase erróneamente acreditada a él («hay que endurecerse, pero sin perder la ternura jamás»). Rojo nos informa que gracias a la amistad con Arnaldo Orfila Reynal (1897-1998), el argentino que dirigió la mayor editorial de México (el Fondo de Cultura Económica), Guevara pudo colocarse como vendedor de libros y, por lo tanto, tuvo a su disposición muchas obras que de otra manera no hubiera tenido la oportunidad de adquirir:
Los clásicos del marxismo, la colección de obras de Lenin, textos relativos a la estrategia militar de la Guerra Civil española, pasaban antes los ávidos ojos de Guevara por la noche, y a la mañana volvían al interior de la cartera de cuero con la que recorría oficinas y casas particulares.
(Mi amigo el Che, p. 87)
El director del FCE proporcionó a Guevara los tres volúmenes del Capital y él - si los leyó por completo o no, puesto el escaso tiempo disponible y las dificultades de estudio que implicaban - se encontró a los pocos meses dando lecciones de marxismo y Marx a los cubanos del Movimiento 26 de julio. A Marx le llamaba en broma «San Carlos», haciendo la mueca a los «héroes» de la Sagrada Familia.
Ernesto comunica su nuevo compromiso en una carta algo codificada enviada a su madre el 17 de junio de 1955. Y de manera similar le escribió a su querida tía Beatriz Guevara Lynch el 8 de enero de 1956:
...leo frecuentemente a San Carlos y sus discípulos, sueño con ir a estudiar la cortisona con una francesita de ésas que se las sepan todas.
El argumento de «San Carlos» aparece en muchas otras cartas del período enviadas a sus seres queridos: el 15 de abril de 1956 a su padre; entre agosto y septiembre a su madre; alrededor de octubre a Tita Infante («asiduo lector de Carlitos y Federiquitos y otros itos»); nuevamente en octubre a la madre («Ahora San Carlos es primordial, es el eje, y será por los años que el esferoide me admita en su capa más externa»).
Por lo tanto, no puede haber dudas de que si comenzó su adhesión al marxismo en las conversaciones con Hugo Pesce, sin embargo fue realmente construida con la avalancha de lecturas realizadas en Guatemala y México, parcialmente bajo la guía de Hilda Gadea, y en parte bajo la presión de los eventos y los nuevos compromisos políticos, incluida la formación militar dada por el general de la Guerra civil española Alberto Bayo y Giroud (1892-1967), la captura y la cárcel mexicana, la preparación final de la expedición del Granma.
Entre todo eso también ocurrió el «descubrimiento» de la lucha de clases, la verdadera por supuesto, armada y masiva, obrera por su composición social y reclamos: fue la revolución boliviana que comenzó en 1952 y que Guevara vivió como testigo directo en el verano de 1953. Y también esa experiencia tan formadora tendría que colocarse en la lista de los elementos que conquistaron Guevara al marxismo, sobre todo hacia una concepción característica y más auténtica, para la cual el compromiso en la práctica nunca debería separarse de la elaboración teórica. Pero acerca de la importancia de la primera experiencia boliviana del joven Ernesto sólo se puede hacer referencia a otras obras.
Igual cosa puede aplicarse a la experiencia de la fracasada revolución en Guatemala de Jacobo Árbenz (1913-1971): un evento en que Guevara vio frustrado su primer verdadero sueño revolucionario y en que activamente se involucró por primera vez en una lucha de masas. Desilusionado por el trato conciliatorio y sumiso del Partido comunista local (el Partido guatemalteco del trabajo) [Pgt]) dibujó un balance negativo de esa experiencia en su primer artículo político. También bloqueó su militancia en el partido al que estaba a punto de adherir, después de haber entendido que no era suficiente llamarse a sí mismo «marxista» para serlo de veras: desde ese momento comenzó su desconfianza hacia la forma partido como tal. En el transcurso de su intensa vida política como luchador por la causa de la revolución él no perteneció a ningún partido que fuese realmente tal. En cambio, fue miembro y miembro activo del M26-7 y su expresión armada (el Ejército Rebelde) hasta que este movimiento sobrevivió. De hecho, es sabido que Guevara salió de Cuba antes de que se formalizara la constitución del Partido comunista de Cuba [Pcc] y la designación en octubre de 1965 de su Comité central en el cual el Che nunca participó.


Roberto Massari nació en Roma en 1946, hizo la secundaria clásica en el «Mamiani» y un año en una High School de Denver, Colorado. Sus primeras investigaciones sociológicas fueron en Israel sobre los kibbutzim y luego en Cuba, donde fue invitado durante seis meses por el Gobierno en 1968. Él fue uno de los iniciadores del movimiento de 1968 en Roma, participó en otras experiencias revolucionarias en el mundo (desde Portugal hasta América Latina), mientras tanto se graduó en Filosofía en Roma, en Sociología en Trento y en Piano en el Conservatorio de Perugia. Trabajando con el Cnrs francés (Centro nacional de la investigació scientífica) durante dos años en París, se dio cuenta de la trampa mental representada por la carrera académica y se fue apartando. De este modo, pudo vivir su vida intelectual más auténticamente. Tiene diplomas en diversas especialidades (Ismeo [Istituto Italiano per il Medio e Estremo Oriente], pintura en la San Giacomo de Roma, buceador, someiller ...) y todavía cree en la (relativa) eternidad del libro de papel, tanto que trabaja como editor (315 libros en el catálogo) y es el autor de más de treinta libros. Desde 1998 es el presidente de la Fundación Internacional Che Guevara y animador del blog «Utopia Rossa/Utiopía Roja»



martes, 7 de abril de 2020

Historias de cine, Jayne Mansfield y el papa negro Anton LaVey



SOFIA LOREN Y JAYNE MANSFIELD

Anton LaVey, apodado el Papa Negro, sedujo a la actriz que perseguía el sueño de volverse el nuevo ícono del cine, provocándole una posible maldición que la siguió el resto de su vida.

¿Le entregarías tu vida a la Iglesia de Satán?


En el interior de Black House, ubicada en el 6114 de California Street, San Francisco, el Papa Negro Anton LaVey pronunciaba un discurso a su audiencia ataviado con una túnica negra y una capucha con cuernos. Alrededor suyo los muros negros eran iluminados por decenas de velas, unas siniestras notas emergían de un órgano antiguo y un pentagrama blanco adornaba la chimenea desde la cual crepitaba un fuego.

Decenas de personas atendían las palabras de LaVey, un tipo de tez pálida y totalmente calvo, líder de aquel culto que se reunía varias veces a la semana en torno a su figura.
Políticos, artistas, músicos, además de varios actores y actrices de cine consolidados eran los miembros de la recién bautizada Iglesia de Satán, que tenía su sede en Black House, residencia personal del Papa Negro.
Anton LaVey en una de las ceremonias en Black House
Una de estas actrices cuyo nombre ya estaba posicionado entre las estrellas de Hollywood era Jayne Mansfield, una rubia de cuerpo escultural, sonrisa seductora, ojos brillantes, largas pestañas y una presencia que no dejaba indiferente a nadie.
Sentada en una silla de terciopelo y vestida también de negro, veía desde la distancia al líder del culto, quien también era su amante desde hacía varios meses y con quien solía pasar varias noches en Black House. Además de su belleza electrizante que la llevó a ser comparada con Marilyn Monroe, Mansfield se caracterizaba por poseer un coeficiente intelectual de 163, hablar cinco idiomas, escribir poemas, tocar el violín y recitar de memoria a Shakespeare, su escritor favorito.

Jayne Mansfield

Pese a todas esas cualidades, Jayne supo desde muy joven que tenía todos los atributos artísticos y físicos para abrirse paso en la industria del cine: había ganado varios concursos de belleza y aparecido en revistas como modelo. Después de algunos papeles secundarios y minúsculos en cintas de escaso presupuesto, se fue abriendo paso de a poco, con base en constancia y paciencia, hasta obtener papeles estelares como en Una rubia en la cumbreBésalas por mí Una mujer de cuidado, en las que la actriz nacida enBryn Mawr, Pensilvania el 19 de abril de 1933, hacía gala de un humor algo artificioso combinado con una presencia que llenaba la pantalla por completo.
Jayne Mansfield y Mickey Hargitay
En uno de los diversos programas de televisión en los que participaba como invitada especial conoció a Mickey Hargitay, Mr. Universo 1955, de quien se enamoró perdidamente y con quien se casó contra los consejos de sus amigos y la opinión pública.
Con él concibió tres hijos: Miklos, Zoltan y Mariska, quienes nacieron fruto de un matrimonio amoroso en sus horas altas, pero lleno de escándalos y celos cuando ambos formaban parte de las interminables fiestas, cocteles y presentaciones a los que asistían juntos o separados. Mickey Hargitay era un tipo en extremo celoso quien le reclamaba a su esposa los constantes coqueteos de otros hombres que caían rendidos ante su presencia.
Jayne Mansfield con Miklos, Zoltan y Mariska
El matrimonio no duró demasiado, se separó y Mansfield se casó a los pocos meses con el productor y director Matt Cimber con quien tuvo a Tony, su último hijo. Entre estos momentos difíciles, la actriz tuvo éxitos en su carrera, como el Globo de Oro de 1957 por la película Will Success Spoil Rock Hunter? Esto seguramente la llenó de satisfacción y orgullo, pues pese a su fama y constante participación en películas, la rubia no se caracterizaba por ser una actriz brillante.

Su encuentro con la oscuridad


La actriz nacida como Vera Jane Palmer vivió los años dorados del cine de los Estados Unidos, pero también la etapa en la que las cosas se torcían de repente a través del mundo de las drogas alucinógenas, el esoterismo y modelos alternativos de vida como el new age, la ola hippie y las religiones orientales. O cultos aun más extraños como el fundado por Anton LaVey en la noche de Walpurgis de 1966.

El hombre de enigmática personalidad tenía un aire seductor pese a no ser atractivo, y hechizó a Jayne cuando se conocieron en una fiesta.

Anton LaVey y Jayne Mansfield
La manera tan educada de hablar de LaVey y la propuesta de convertirla en una diosa de su propio culto en el que tendría un papel fundamental, sin duda tuvieron mucho que ver para que la actriz se fijara en él. Además hay que tomar en cuenta que para estas alturas su carrera había caído en un bache del cual ya no volvería a salir. Marilyn Monroe ya estaba muerta y la imagen de la rubia sex symbol había dejado de estar de moda, por lo tanto, los papeles para Jayne comenzaban a escasear.

Por otro lado, la inteligencia de Mansfield en combinación con su seductora presencia, sonrisa irresistible y cabello rubio hicieron que el fundador de la Iglesia de Satán la quisiera tener a su lado. Ambos se volvieron compatibles sexualmente y era frecuente verlos en Black House compartiendo tragos, drogas y risas, todo en medio del ambiente luciferino y sobrenatural que la casa despedía las 24 horas del día.
A partir de aquí una especie de oscura leyenda se cierne sobre la vida de Jayne Mansfield, llena de contradicciones y datos curiosos que han erigido su figura a la calidad de mito: divorciada de Matt Cimber, la actriz comenzó a sostener una relación amorosa con el abogado Sam Brody. Algunas fuentes aseguran que Brody amenazó a LaVey con lastimarlo si seguía seduciendo a su novia, mientras que otras afirman que el Papa Negro, enterado del romance entre la rubia y el abogado montó en cólera. Sea cual sea la verdadera versión, el caso es que se dice que LaVey lanzó una especie de maldición contra la pareja.

Jayne Mansfield y Sam Brody


A partir de ese momento, la vida de Jayne Mansfield comenzó a tomar tintes dramáticos: durante una visita a un zoológico, Zoltan, hijo de su matrimonio con Mickey Hargitay, fue atacado por un león; en una visita a Japón, le robaron sus joyas; fue acusada de evadir impuestos en Venezuela y lo peor de todo fue el momento de su muerte: entre el trayecto de Biloxi, Mississippi, y Nueva Orleans, en medio de un espeso banco de niebla, Sam Brody y Jayne Mansfield viajaban en carretera a bordo de un auto en el que también iban los hijos que la actriz tuvo con Mickey Hargitay. Al volante iba el chofer del matrimonio. Un camión surgido de pronto, provocó que el chofer no tuviera oportunidad de maniobrar e impactara de frente, provocando su muerte y la del matrimonio. Los niños salieron ilesos apenas con algunos golpes.

El carro en el que perdió la vida Jayne Mansfield
En el sector más sensacionalista de la prensa se manejó la versión que afirmaba que Jayne Mansfield había muerto decapitada. En realidad lo que ocurrió fue que la peluca que llevaba salió despedida con el choque y varias fotografías de la escena dieron a entender que se trataba de la cabeza de la actriz. Esta historia a menudo forma parte de libros o reportajes que hablan sobre los hechos siniestros, ocultos o malditos de Hollywood.

Esa madrugada del 29 de junio de 1967, la vida de Jayne Mansfield llegó a su final. Hollywood no perdió a una de sus mejores actrices, pero sí a una mujer que supo abrirse paso en la industria mediante todos los recursos a su alcance para labrarse un nombre. Hoy es más recordada por temas extraprofesionales y su extraño vínculo con la Iglesia de Satán, pero su legado es sin duda uno de los más interesantes de cuantos hay en el séptimo arte.