domingo, 7 de octubre de 2012

Asilo de Haya de la Torre


Armando Caicedo

1949  ASILO DE HAYA DE LA TORRE


A las 9 de la noche del lunes 3 de enero de 1949, un hombre se acercó sigiloso a la puerta de la embajada de Colombia en Lima y resumió su drama con estas once palabras: “Soy Víctor Raúl Haya de la Torre y solicito asilo político”.
De inmediato, fue acogido en la sede diplomática sin imaginarse que esa puerta se estaba cerrando para él, durante los siguientes cinco años.
El embajador colombiano, Carlos Echeverry Cortés, dialogó hasta la madrugada con quien el gobierno peruano del general Odría, consideraba un delincuente común , y a quien se le reconocía políticamente como la cabeza visible del movimiento político Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA).
Ni Echeverry ni De la Haya pensaron esa noche que la decisión de concederle asilo político agriaría durante tantos años las relaciones entre Perú -que se negaba a concederle el salvoconducto- y Colombia -que insistía en el derecho humanitario de proteger la vida del perseguido político-.
Pero tampoco imaginaron que la terquedad de los dos países obligaría a ventilar el caso en la lejana Holanda, en el seno de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, donde se confrontaron jurídicamente las tesis sobre el asilo político que agitaban las dos naciones.
El lunes 20 de noviembre de 1950, rodeado de pompa y aparato, la Corte Internacional emitió la providencia. Ese fallo quedó consagrado como un verdadero galimatías:
1. Colombia no tiene derecho a calificar unilateralmente el delito cometido por el asilado, a quien Perú califica como un vulgar delincuente . Ganó así la tesis peruana.
2. De manera simultánea, el fallo declara a Haya de la Torre refugiado político. Por lo tanto, no autoriza la entrega del refugiado a las autoridades peruanas. Ganó la tesis colombiana.
3. Pero el gobierno del Perú tampoco tiene la obligación de otorgar el salvoconducto al refugiado, como tantas veces ha sido solicitado por Colombia. Otro round para los peruanos.
En gran síntesis, Colombia no está obligada a entregar al asilado, ni el Perú está obligado a otorgar el salvoconducto . Empate para las partes.
Después de semejante cacareo jurídico, la situación de Víctor Raúl Haya, retornó al mismo limbo de ese lunes 3 de enero de 1949, cuando golpeó en la embajada. La única diferencia es que ya habían transcurrido 686 días de acciones hostiles contra la sede diplomática, tensiones diplomáticas y confrontaciones jurídicas.
En el tercer piso del edificio, rodeado de libros y trabajando intensamente en sus ensayos, se adaptó a la estrechez de su morada. A sus pies dormía, celosa, una perra que adoptó.
Todas las mañanas repetía la rutina de alimentar a cientos de palomas que llegaban -con rigurosa puntualidad- a la cornisa del edificio. Era una especie de cita simbólica con el espíritu de la libertad. Un hombre, carente de horarios y afanes, que apenas dormía cada noche de dos a cuatro horas, estaba obligado a inventar compromisos de ese tipo.
Nuestro asilado disfrutó, en la embajada, de todo el tiempo del mundo. Ingresó a ella a los 54 años y allí le fueron celebrados cinco más.
Pasaron los gobiernos de Ospina y el de Gómez, y pasó el de Urdaneta y llegó el de Rojas. Cuatro gobiernos colombianos que se mantuvieron fieles y firmes a la tesis del asilo y a la solicitud del salvoconducto.
Por fin, cuando habían transcurrido cerca de dos mil días, el martes 6 de abril de 1954, el ministro de Justicia del Perú, Alejandro Freundt, notificó a la embajada colombiana la decisión de su gobierno de permitir la salida de Haya de la Torre hacia el exilio.
El entonces embajador José Joaquín Gori preparó una fiesta de despedida para el asilado, pero por las circunstancias azarosas que se vivían, solo tuvieron tiempo para un brindis sencillo.
Haya de la Torre pasó luego al Salón Dorado de la sede diplomática, y frente a la bandera colombiana, se detuvo unos instantes en actitud reflexiva. A continuación, con inocultable emoción, estampó un beso en la insignia tricolor.
Esa misma noche, escoltado por 12 vehículos y sumido en la incertidumbre, se embarcó en un vuelo de Panagra, rumbo a ciudad de México.
Cinco años, tres meses y tres días de asilo se cumplieron ese miércoles.
Contagiada por un extraño sentimiento -entre alegría y tristeza- quedó su familia adoptiva: los mayordomos y servidores de la embajada y los pequeños hijos del embajador Gori.
Aseguran que las palomas limeñas también lo echaron de menos.
Autor
Armando Caicedo Garzón
Publicado en El Tiempo
17 de febrero de 1992

No hay comentarios: