martes, 9 de julio de 2024

El Callao, parte de su historia

 

NUEVA GEOGRAFIA UNIVERSAL Élisée Reclus TOMO III AMERICA DEL SUR 1895

El Callao

El puerto de Lima es el Callao, arrabal unido a aquella ciudad por dos ferrocarriles, directo el uno e indirecto el otro, que corre serpeando por el llano, y una carretera, à la que da sombra y frescura espeso arbolado. La distancia en línea recta es de 11 kilómetros. A unos 3 kilómetros al Norte está la desembocadura del Rímac, en la que pocas veces corre agua; de suerte que los canales que van al Callao apenas llevan la suficiente para las necesidades de los habitantes. Esta población fue fundada en 1535, y aunque reedificada desde entonces dos veces, conserva casi sin variación su nombre quechua. En 1630 la dejó medio derruida un terremoto. Levantáronla un poco más al este los habitantes, y aùn tuvo mayor desgracia en el nuevo sitio, porque en 1746 tembló la tierra con tal fuerza, que hasta el fondo del mar se conmovió, y levantáronse tan furiosas y encrespadas olas, que fueron a dar sobre los escombros de las casas. También afligieron al Callao los horrores de la guerra, porque en el castillo que hay en la punta de la lengua de tierra que, partiendo de ella, se interna en el mar, como si se encaminara hacia la isla de San Lorenzo, sostuviéronse los españoles hasta 1826, siendo aquélla la última parte del continente americano en que ondeó el pabellón español. En 1866, es decir, cuarenta años después, intentaron recuperarla, pero con desgracia, porque la armada española fue rechazada, suceso conmemorado en un grupo de bronce que se erigió en la Plaza del Callao. Años después ciudad y castillo cayeron en manos de los chilenos.

Más de la mitad del comercio peruano se hace por la rada del Callao, donde la lengua de tierra mencionada, que es arenosa y entra bastante en el mar, abriga del Sur a las embarcaciones, y las islas de San Lorenzo y la de Frontón, que parece ser prolongación de ella, le resguardan por Sudoeste y Oeste del oleaje del Pacífico. La isla de San Lorenzo tiene 416 metros de alto. Los barcos fondean à poca distancia de la orilla o en un nuevo puerto de unas 20 hectáreas de extensión. Sostenidos en malecones de madera entran los rails de la vía férrea mar adentro, y para carenar los barcos hay una dàrsena de más de 90 metros de longitud.

Las mercancías de que se compra mayor cantidad en el Callao son las que van de Europa, principalmente telas, carbones, trigos, maíz para los peruanos, blancos o mestizos, y arroz para los chinos. Entre las que salen figuran en primer término guano, nitratos y metales preciosos. Tiene también mucho comercio de tránsito con otros puertos de la costa, singularmente con Guayaquil. De los barcos que se emplean en este comercio, la mayor parte son ingleses. Después vienen los de Chile, con mucha ventaja sobre los franceses, alemanes y norteamericanos. Los derechos de aduanas que se cobran en la del Callao son parte muy importante de los ingresos del Tesoro nacional. Además de los mercantes, entran también allí muchos buques de guerra, pues a él se acogen casi todos los que navegan por el Pacífico. Por todas estas circunstancias es el Callao población de más vida que Lima, pero aùn queda por añadir la de su industria, que es mucha, hallándose la mayor parte de las fábricas en el barrio de Bellavista.

En la capital abundan màs las diversiones y placeres que la industria, y en torno de ella hay muchos y deleitosos lugares de recreo y esparcimiento. Por el ferrocarril del Norte van los limeños a la playa de Ancón; por el del Callao a la Magdalena; por el del mediodía a Miraflores y Chorrillos, población situada al pie del Morro Solar, cerro de 274 metros de alto, junto a un pequeño seno de la costa, donde los barcos pueden resguardarse un poco del viento Sur. En la vertiente meridional de las montañuelas de Chorrillos comienza el feraz y rico valle de Lurìn, lleno de quintas de recreo y aldeas, cuyo verde follaje se opone agradablemente a la aridez de las arenas y desnudas rocas vecinas. Concurren a Lurín a divertirse, como a Chorrillos, los desocupados de Lima, y además muchos sabios, que van à estudiar las ruinas de los templos y palacios de la antigua Pachacamac, santuario de los yuncas a su dios Creador del Mundo, y tan respetado, que tenían seguro para entrar en él los peregrinos de las naciones enemigas. En las peñas de la costa que siguen por el lado de sudeste al cerro de Chorrillos se veían viejos edificios, anteriores, al parecer, à los Incas, y de todos los cuales era el principal el Gran Templo, levantado probablemente, en honor del sol, en la cumbre de un risco de 170 metros de alto, al que los naturales llaman Mama-cuna. Del propio risco hicieron los desconocidos arquitectos pedestal del monumento, labrándole en escalones, y las paredes del edificio que caían sobre el mar las pintaron de encarnado. Squier asegura que construyeron una verdadera bóveda. Los demás palacios están casi del todo destruidos, lo que no es de admirar si se atiende à que los españoles de Pizarro saquearon la ciudad de Pachacamac, y de entonces acá no ha dejado de ejercitarse en aquellas ruinas la piqueta de los buscadores de tesoros. Cuenta la tradición que los Incas de Cuzco tenían palacio en Pachacamac, y que à la inmediata playa venían los correos reales a tomar el pescado fresco, que treinta y seis horas después era servido en la mesa del emperador. De esta playa sólo queda un rosario de islas e islotes por haberla roto de tal modo, segùn dicen, el terremoto de 1506 (1).

Otros sitios de recreo, muy diferentes de los que en la orilla del mar se encuentran, tienen los limeños, y son los de la sierra, puestos a su alcance sin gran fatiga, gracias al ferrocarril que llevándolos en pocas horas a Surco, Matucana, San Mateo, Chicla y demás pueblos de esta región, situados à varias alturas segùn se sube hacia la cumbre, les permite sobreponerse à la zona del polvo y de las garùas, si se quedan en los primeros, y buscar la humedad y frescura de las lluvias y las nieves si suben hasta los ùltimos. Pero es demasiado árida y escarpada la vertiente occidental de la Cordillera para producir lo necesario al sustento de una población numerosa, y por eso no hay en esta parte, en toda la longitud de la vía hasta la cumbre, otra cosa que aldehuelas, chozas y solitarios apeaderos. Villas y ciudades de alguna consideración no se encuentran hasta el lado opuesto, es decir, en la comarca que se extiende entre las dos sierras de los Andes. En cambio pasma la contemplación de las obras de la vía, cuyos desmontes, rapidìsimas revueltas y vertiginosos viaductos, tendidos sobre barrancos de màs de 100 metros de  hondo, dejan maravillado al viajero.

Al sur de Lurín y del pueblo de Chilca, habitado por indios de sangre pura, que viven de la pesca y de fabricar sombreros y petacas, corre la costa al sudeste, a lo largo de un dilatado desierto de trecho en trecho cortado por pequeños oasis, que deben la existencia a la filtración de las aguas. En el de Cañete están las haciendas reputadas más ricas de todo el Perù, y es mercado á que bajan los yauyos, casta de mestizos diferente de todas las demás de la costa. El puerto de Cañete es Cerro Azul.

(1) Ed. de Rivero, Memorias científicas.

SOBRE ÉLISÉE RECLUS (ESCRITOR)

Nacido en un pueblo de la región francesa de Aquitania en el seno de una modesta familia protestante, Élisée Reclus (1830-1905) abandonó la carrera religiosa para abrazar la vocación geográfica tras seguir los cursos de Carl Ritter en la Universidad de Berlín

lunes, 3 de junio de 2024

Batalla del Càrcamo, el coronel Josè M. Becerra S. y su tropa enfrentando al invasor chileno.

 


☝🏽 Un día como hoy se conmemora 139 años de la Batalla del Cárcamo en la que triunfó las tropas peruanas al mando del Coronel José Manuel Becerra Silva, al enfrentar a la invasión chilena.
La estrategia del chotano de esperar en el cañón del Cárcamo, ubicado en el distrito de Miracosta, fue una victoria más de los peruanos💪🏽.
En octubre de 1982, el Congreso de la República publicó la Ley N° 23955 declarando: “Acción de Gloria para las Armas Peruanas la Batalla de "El Cárcamo" que tuvo lugar el 28 de septiembre de 1882, en el Distrito de Miracosta, de la Provincia de Chota, Departamento de Cajamarca. “Declárase Día Cívico en la Provincia de Chota el 28 de setiembre de cada año”.
En la misma Ley también se declara héroe nacional✅, al Coronel José Manuel Becerra Silva. Ahora está con el laurel inmarcesible de vencedor, junto a Grau, Bolognesi, Cáceres y Quiñones, en el altar que la patria ha destinado para distinguir y homenajear a sus hijos predilectos📣.


Relatos de un personaje serbio en sudamèrica


Chile, Perú, y Bolivia : ante el juicio de cien escritores extranjeros


No aliadòfilo, sino "platòfilo " es el Perù


Dos años atrás, en el momento más obscuro para mi patria, vine aquí, para expresar mis dolores y justicia de mi patria que debía tener un lugar en el sol. Es aquí donde aprendí castellano, y pronuncié mi primera conferencia en este idioma hidalgo entre el generoso público chileno cuya gentileza y hospitalidad son ya proverbiales.

He defendido una causa justa, sin tener ningún interés pecuniario, porque está bien conocido que de tantos miles de pesos que he hecho en Chile, como en otros países, no he tomado un centavo. Tal trabajo fué ayudado por toda la gente culta y generosa, en todas partes, excepto en el Perú.

Voy a hablar sin ira y con argumentos bien documentados. El Perú no es mi enemigo nacional y ningún peruano mi enemigo personal, sino que quiero expresar mi opinión, tratándose de una causa a la cual el Perú pide la justicia de los Aliados, aprovechando la única ocasión para ganar por astucia lo que ha perdido por la espada.

Después de haber triunfado en Chile, me fui al Perú, porque me dijeron que es muy aliadófilo e hidalgo, y que yo, después de una experiencia amarga, verifiqué que el aliadofilismo del Perú existe en la razón, porque no hay influencia alemana allí debido ala falta del capital e inmigración alemana; y además como los aliados son cajeros del mundo y a los peruanos les gusta plata, yo llegué a la conclusión de que los peruanos, en vez de ser aliadófilos, en realidad son «platófilos». Refiriéndome a la hidalguía de los limeños puedo decir que son hidalgos, porque les gustan las corridas de toros.

Pobreza y corrupción de la prensa limeña.

La prensa limeña dió una noticia de mi llegada, mas no quería publicar ningún artículo mío, porque me pedía dinero, excusándose que no tenía espacio, y yo no podía esperar algo mejor dé la prensa más pobre de América y tal vez la más corrompida del mundo.

La prensa de Lima es pobre, entre muchas razones, porque su público, negros, chinos, zambos, cholos, etc., no saben leer o no se interesan por lecturas. Y si hay alguna persona, en el interior, que comprara un diario, para matar el tiempo, con ella no se puede contar, debido a malas comunicaciones, pues cuando un periódico de Lima llega a otra población distante, ha perdido su actualidad. Lo ha dicho muy bien un inglés, que para ir de Lima a Iquitos (ciudad peruana en la orilla del Amazonas), hay que em¬ barcarse en el Callao para Inglaterra y de allí a Brasil, y después por vía fluvial llegar al lugar destinado.

«Las columnas de los diarios están todavía casi en su totalidad ocupadas con la publicación de indecentes sátiras contra los hombres prominentes, y de vez en cuando de despreciables querellas entre actores y cantores, y también de mala poesía.

«Folletos también frecuentemente aparecen en Lima y otras ciudades del Perú, sobre los asuntos políticos, llenos de baldones y libelos. Ellos forman la gran parte del trabajo de la prensa peruana, aunque son escasos.» ( Cuzco and Lima , por Clements Markham, pág. 366).

«Los diarios en Chile equivalen a una institución como en los Estados Unidos. Esto es la verdad, en Santiago, como también en Valparaíso. El Mercurio, que se publica en las dos ciudades, tiene magníficos edificios superiores en sus conveniencias a las oficinas de los diarios en América del Norte y con más comodidades para los editores, repórters, maquinistas y otros empleados que la tierra del periodismo (los Estados Unidos), que está un siglo para atrás en este sentido. Refectorios, salas particulares, oficinas de trabajo con baños, dormitorios, salas de juego, para el personal trabajador de un diario. El edificio de El Mercurio en Santiago es notable no solamente por las comodidades para sí mismo, que son muy completas, sino tiene salones y piezas que están a disposición del público. En los edificios de los diarios en los Estados Unidos es una fortuna poder tener un lugar para escribir de pie su anuncio. En Santiago puede tener un escritorio y sillón y puede quedarse tanto cuanto quiera. Consultando los estantes tienen todo el lujo de una sala de lectura en una biblioteca moderna. Los salones de El Mercurio están abiertos para recepciones públicas y funciones parecidas. El mismo dia¬ rio publica más cablegramas que cualquier diario en una ciudad de un cuarto de millón de habitantes en los Estados Unidos». (Panamá to Patagonia, por Charles M. Pepper, pág. 213).

En polémica, que es muy rara, emplean palabras muy escogidas y aún al mayor enemigo no quieren ofender. Tengo que reconocer que muchos artículos míos, contra el Perú, habían sido suavizados, por los directores, y muchos no se han publicado por haber sido considerados muy fuertes.

«En Lima, al contrario de las otras capitales de América del Sud, la prensa, sea política, literaria o científica, no puede ganar un terreno firme. Al pueblo le falta interés para la prensa; en cuanto los partidos políticos prefieren argumentos por boca que por escrito». (Reisen durch Südanierica , por Johann Jakob von Tschucli, tomo V, pág. 382.)

Sobre la corrupción de la prensa y la influencia del diarismo de su país se expresa en estos términos el señor Prada (peruano):

«En vano los hombres del poder fingen desdeñar al escritor público y tratan de disimular con la sonrisa del desdén los calofríos del miedo a la verdad: si hay algo más fuerte que el hierro, más duradero que el granito y más destructor que el fuego, es la palabra de un hombre honrado.

«Desgraciadamente, nada fué más prostituido en el Perú que la palabra. En nuestro desquiciamiento general, la pluma tiene la misma culpa que la espada.

«El diarismo carece entre nosotros del prestigio de que goza en otros países: aquí no representa el poder intelectual de la nación, sino la fuerza brutal de las malas pasiones.

«Esa exuberancia de frases gastadas y pensamientos triviales, que se vacian en las enormes y amenazadoras columnas del periódico, recuerdan el bullicioso río de fango y piedras que se precipita a rellenar las hondonadas y resquebrajaduras de un valle.

«Desde el editorial ampuloso y kilométrico hasta la crónica insustancial y chocarrera, se oye la diatriba sórdida, la envidia solapada y algo como crujido de carne viva, despedazada por dientes de hiena.

«Nadie negará que desde la guerra con Chile el nivel moral del país ha descendido. ¿Por qué? Por la mentira y falta de probidad en publicistas y literatos.

«La palabra debía unir, y dividió; debía ilustrar, y embruteció; debía censurar, y aduló.

«El escritor público formó atmósfera de prestigio a los detentadores de la hacienda nacional, y el poeta prodigó versos a caudillos salpicados aún con sangre de las guerras civiles. Las sediciones de pretorianos, las dictaduras del Bajo Imperio, las persecuciones y destierros, los asesinatos en las cuadras de los cuarteles, los saqueos al Tesoro Público en plena luz del día... todo fué posible, porque tiranos y ladrones contaron siempre con el silencio o el aplauso de una prensa cobarde, venal o cortesana.

«Como en el Ahasvero de Edgard Quinet pasan a los ojos del poeta las mujeres resucitadas, llevando en el corazón la herida del amor incurable: así mañana, ante las miradas de la posteridad, desfilarán muchos de nuestros escritores, queriendo ocultar en el pecho la lepra de la venalidad.» (Un Viaje por Fuerza a Sudamérica y Europa', por Carlos Selva, pág. 155, Granada de Nicaragua, 1894).

Algún tiempo después de mi llegada a Lima, realicé una conferencia, frecuentada solamente por las colonias aliadas, y al día siguiente salió en un diario, creo que se llama Las Novedades , lo siguiente:

«Anoche realizó su anunciada conferencia el señor Dimitrijevich y he aquí un artículo de un diario chileno que habla sobre sus conferencias». Sigue el artículo.

Tal ataque cobarde nunca me ha pasado en el mundo, pues el deber de un periódico es dar su opinión sobre una conferencia realizada y no la de los otros. Además no era verdad que era un «diario chileno», sino un quincenal de un traidor dálmata que se vendió a los cónsules de los Imperios Centrales en Iquique. Por eso es que no mencionó cómo se llamaba el periódico.

Lo que es más indigno de un hombre es que el Director del diario limeño se había declarado contra Alemania en un manifiesto en favor de Bélgica, habiéndome manifestado personalmente que era un admirador de los serbios; pero, a pesar de todo esto, al día siguiente me atacó cobardemente.

El no es una persona particular, pues su periódico representa una parte de la opinión pública del Perú. Se había declarado aliadófilo, en el papel, pues esto convenía a sus intereses y en relación de mi obra aliada, filantrópica y desinteresada, tomó parte de Judas y Pilatos a un mismo tiempo.

Entonces yo comparé mi situación con la en que se encontraba Chile antes de la guerra con el Perú, que había hecho un pacto secreto con Bolivia contra Chile, al mismo tiempo que le confesaba la mejor amistad.

Después de esto realicé una conferencia en el Callao y me fui, porque los peruanos se interesan solamente, como el vulgo de la antigua Roma, para «panem et circencem».

martes, 20 de febrero de 2024

Alberto Hidalgo Lobato, representante del vanguardismo

 

<<Yo soy un iconoclasta, los ídolos me revientan, me gustaría mientras los demás se prosternan – es decir, mientras los demás se arrodillan-, me gustaría poder romper a pedradas la cabeza de Dios. Para mí -dice Hidalgo– no hay nada respetable, ni la religión ni la patria, ni siquiera la madre de uno. Si tengo alguna consideración por mí mismo. Es precisamente por esto, porque soy uno de los hombres que han sido más insultados y son más discutidos y negados. El día que yo sea un hombre de respeto, ese día me destapo la cabeza de un balazo.>>


Alberto Hidalgo Lobato, el genio del desprecio, sobre el APRA

 


Alberto Hidalgo y el APRA: Un incidente de 1960

Por Álvaro Sarco
https://alvarosarco.blogspot.com/2010/08/alberto-hidalgo-y-el-apra-un-incidente.html#more

Entre los numerosos hechos del poeta y escritor Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897 - Buenos Aires, 1967) resalta el acaecido en 1960. Como se sabe, el vate arequipeño residió en Buenos Aires desde inicios de la década del veinte en un “autoexilio” que habría respondido, básicamente, a los influyentes enemigos que cosechó por estos lares a raíz de sus libelos, y a su inquieto carácter vanguardista que buscó ciudades con mayor movimiento literario. Pocas veces retornó al Perú. Una de esas escasas visitas fue en 1931 y tuvo un carácter político:
He militado en el aprismo desde el año 1930 en que, habiéndonos encontrado con Víctor R. Haya de la Torre, en Berlín, me invitó, dadas nuestras ideas y aspiraciones comunes -justicia social, antiimperialismo, defensa permanente de la libertad y la dignidad humanas, estimación de la llamada América Latina como una sola nación de veinte estados, revalidación del nacionalismo basado en la sangre, el destino y la cultura incaica, etc.- a incorporarme al movimiento iniciado por él con el nombre de APRA y el cual se aprestaba a dar su primera batalla electoral en los comicios de 1931, en los que el partido, por expresas indicaciones de Haya de la Torre, me proclamó su candidato a una de las diputaciones por Arequipa.[1] 

Alberto Hidalgo no logró hacerse de la diputación por Arequipa y regresó a Buenos Aires sin alejarse de su militancia aprista.[2] En 1947 retornaría al Perú, “…mas no con fines políticos -refirió- sino exclusivamente familiares…”. Con todo, en esa oportunidad es recibido calurosamente por los militantes apristas, en circunstancias en que se aproximaba el odriísmo. La participación del partido aprista en una serie de sucesos de la escena política peruana -deshonrosa y claudicante, según la opinión de Hidalgo- lo alejó cada vez más de aquel partido. Su definitiva renuncia vino en 1954 con su folleto ¿Por qué renuncié al Apra? En tal documento expone una larga serie de razones y hechos -que lo impulsaron a su alejamiento- y en los que no abundaré. A manera de síntesis puede citarse:

Mas he aquí llegado el momento de expresar el motivo principal de mi dimisión. En los primeros meses del año actual tuve la desgracia (¡cuánto hubiese dado por seguir ignorando la verdad!) de recibir confidencias, o, más bien, demostraciones de jactancia, de torpe jactancia, según las cuales sería verdad que los crímenes atribuidos al Aprismo fueron en efecto cometidos con el asentimiento en unos casos, la complacencia en otros y por orden o inspiración del jefe del partido en unos más (…) Esta práctica del homicidio como medio de acción política no habría sido nueva en el Apra sino antigua y sistemática: no habría sido fruto de una inmediata reacción -quizá no justificable, pero sí explicable- ante la importancia de luchar contra factores adversos, sino el efecto de una concepción criminal de la política al servicio de individuos ansiosos de conquistar el poder , aunque sea valiéndose del terror y de la muerte (…) Nadie puede, por lo tanto, discutir mi derecho a alejarme de una agrupación en la que mi permanencia podría tener ya el carácter de una complicidad (…) Me voy a casa, para quedarme probablemente solo, no para alquilarme como algunos ni traicionar como otros y sí para refugiarme en mi vocación de pobre y en mi destino de poesía (…) Contrariamente a lo que podría pensarse, no creo yo que Haya de la Torre sea un asesino, ni siquiera en estado potencial. Es, más bien, un hombre propenso a la solidaridad con el dolor ajeno, dueño de no pocas virtudes, nunca acosado por el prurito de enriquecimiento ilícito, dotado de un talento de veras excepcional, sólo que desviado de su verdadero camino pues tengo para mí que, si en vez de dedicarse a la política se hubiera consagrado a la literatura o al arte, habría sido un triunfador, hubiera llegado a ser uno de los más grandes escritores, pintores o músicos de nuestro tiempo. Quiso ser político, y éste ha sido el mayor de sus errores. Porque para el ejercicio de esta carrera se haya inhabilitado -recién ahora lo comprendo- por el mal que padece, posiblemente congénito, que trastorna su mente, deforma o anula sus cualidades morales y lo convierte en instrumento protervo de las peores pasiones y los más execrables apetitos: la inversión sexual (…) Un político, un hombre de gobierno, animado de las mejores intenciones pero atenaceado por una incontrolada pasión sexual, puede transformarse en juguete de esa pasión, y así sabemos que algunos políticos eminentes, que se habían prefijado una conducta recta, sacrificaron ciegamente su destino de gloria ante el altar de una satisfacción amorosa o lúbrica (…) En el caso del político sodomita tales términos se agudizan, por lo mismo que se ve obligado a moverse dentro de una incómoda duplicidad existencial: su actuación pública debe aparecer lo más honorable posible, mientras su lascivia se desenvuelve en el marco de la abyección física, biológica y fisiológica. La consecución primero y la conservación después de un padrillo joven y vigoroso pueden ocasionar la quiebra de la conducta civil, el sacrificio de los principios, la enajenación de los intereses nacionales.[3] 
Obviamente, los señalamientos de Alberto Hidalgo lo convirtieron sino en el principal, en uno de los más notorios enemigos del aprismo. Ello, por cierto, no debió arredrar al poeta y escritor arequipeño dado su contumaz carácter beligerante. Por el contrario, al reconocerse (y en efecto lo fue) un libelista de elevados quilates,[4]  y considerando su convicción de que tales “denuncias” correspondían a la verdad, embistió con mayor rudeza contra el líder aprista, Víctor Raúl Haya de la Torre, en su poemario de corte libelista Odas en contra (1958):      
Víctor Raúl, diente de Hutchinson
Haya de la Torre, disimulado labio leporino
Siempre jurando una pureza pero entregándote a un padrillo

Demoraste por cuántos años no se sabe la revolución en el Perú
Has malogrado a dos generaciones
Has hecho que cayera desde sus esperanzas hasta el piso
Al pueblo que dio crédito a tu voz y magnitud a tus ovarios
Pactaste con la clase algodominerazucarera
Te bajaste los vagos pantalones ante las señas del imperialismo
Los calzoncillos con encaje en los enredos de la oligarquía
Y no por oros más o menos sino porque tus actos se acomodan
al ritmo de tus desórdenes menstruales

No ceñirá la banda presidencial tu pecho[5]
Y si la ciñe será sin silla gestatoria
Y para escarnio del Perú que así tendría su papisa

Hasta el perdón tienes perdido
Porque engañar a las masas desde el llano es peor que
                                                    engañarlas desde arriba
Las has dejado huérfanas, alérgicas a todo conductor
Y ya acaso por lustros no creerán en nadie, en nada
Por eso te maldigo

Oh qué pena la vez que me dijiste que yo no te era “indiferente”
Y yo te conjuré para la búsqueda de un másculo destino
Y juraste con lágrimas ser hombre
Poco después y cuando más la patria confiaba en tu épica palabra
Bifurcaste tu esfínter entre los cactus de las sombras
Los intereses nacionales entre las sodomías del aprismo

Te deseo una muerte a pedacitos
En que vayas perdiendo miembro a miembro parte a parte
Con epilépticas ladillas en tu bolsa engrampadas inexorablemente
En esa tu talaga testicular toda vacía
Y oxiuros picoteando en las infundibuliformidades de tu poto
Que es por donde te gusta y donde pecas[6]
El martes 9 de febrero de 1960, Alberto Hidalgo retornó al Perú en un avión de la Fuerza Aérea Argentina. Arribó al antiguo aeropuerto de Limatambo acompañado de su esposa, María Elisa Dearma de Hidalgo, y fue cordialmente recibido por escritores, periodistas, el editor Juan Mejía Baca, además del Agregado Cultural de la Embajada Argentina, Javier Fernández. La editorial de Juan Mejía Baca acababa de editar el poemario del arequipeño Biografía de Yomismo (1960), pero su “visita” al país no respondía -como principal finalidad- a la presentación de su libro y/o el ofrecer recitales. Hidalgo informó a la prensa:
Vengo al Perú a visitar mi tierra, Arequipa, que acaba de recibir uno de los golpes más rudos de su historia. Sé que, prácticamente, está destruída. Es natural que quiera ver cómo han quedado mi familia y mi casa. Ojalá que las huellas dejadas por el terremoto del 13 de enero último, restañen pronto y vuelva Arequipa a ser lo que siempre ha sido y significado para el Perú (…) De momento no tengo ningún libro en preparación, si bien vivo de ellos. Es mi propósito volver a editar alguno de ellos, pero aún no sé si aquí o en Buenos Aires. Depende del editor.[7]  
Por lo demás, es necesario recordar que durante esta visita de Hidalgo gobernaba Manuel Prado y Ugarteche[8]  para el período de 1956-1962. Había llegado al gobierno derrotando en última instancia a Hernando de Lavalle, a Fernando Belaúnde Terry, y con el apoyo del Apra. Este último partido había recibido el ofrecimiento de Prado de llevarlo a la “legitimidad” (se hallaba fuera de la ley desde el golpe militar de M. A. Odría de 1948). Con el inicio del gobierno de Prado y el soporte del Apra empezó, también, un gobierno conocido peyorativamente como el de “la convivencia”, y que terminaría con el golpe militar del 18 de julio de 1962 acaudillado por el General Ricardo Pérez Godoy. Lo anterior proporciona mayores luces con respecto a la posición política que Hidalgo mantenía por entonces, y hecha pública en Buenos Aires a través del folleto Manifiesto al pueblo peruano (1959). En él, Alberto Hidalgo expresaba que el llamado régimen de “la convivencia” era un engaño contra el pueblo. Según Hidalgo, tras esa convivencia que en apariencia buscaba el loable reencuentro del país con los peruanos perseguidos (los apristas), se ocultaba en realidad “la claudicación con la plutocracia, la repartija de puestos en la administración pública y en el servicio diplomático, entre quienes fueron sus gestores”.
Siguiendo el periplo de Alberto Hidalgo durante su visita de 1960, cabe recordar que alrededor del mediodía del 10 de febrero de aquel año, recibió un homenaje (promovido por los estudiantes) en el salón de grados de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos:
Hidalgo llegó acompañado del Decano de la Facultad de Letras, doctor Luis E. Valcárcel, de Ciro AlegríaEnrique López Albújar, el Presidente de la FUSM Alberto Campos Lama y otros dirigentes y luego ocupó el estrado de honor.
Se inició la actuación con las palabras del Presidente de la Federación Universitaria de San Marcos, Alberto Campos Lama; y acto seguido, efectuó la presentación del poeta el Decano doctor Valcárcel.
Luego usó de la palabra el poeta Alberto Hidalgo, quien dijo: “Esto francamente no me lo esperaba, es demasiado para mí, que soy un hombre enamorado de la soledad. Cuando se me anunció la realización de este acto pensé que se trataría de un acontecimiento familiar, por medio del cual los estudiantes, mis colegas, querían saludar y ver de cerca a un poeta, de quien se habla en todo el mundo, pero a quien se ve poco felizmente”.
Más adelante Alberto Hidalgo manifestó “por las caras que veo, por los latidos que siento, por las palabras pronunciadas, por los sentimientos de ustedes que llegan hasta mí, me doy cuenta que quieren echar sobre mis hombros una responsabilidad tremenda de orden político y social, y, yo no voy a rehuir esta responsabilidad, quiero tener el honor de asumirla”.
“Nuestro país –continuó diciendo- vive quizá los momentos más trágicos de su historia, sometido a un régimen político social no de ahora sino de hace 40 años, que lo ha detenido en su progreso. Hace pocas semanas apareció aquí, un libro mío, editado por Mejía Baca, en el cual declaro, que es el último libro de poemas que escribo en mi vida; muchas personas me han escrito para que no haga abandono de la poesía. Yo ratifico esa afirmación, pero el verdadero móvil, no es porque considere que la poesía no tiene ya nada qué decir, sino que habiendo vivido tanto tiempo en el extranjero, y, con esporádicas incursiones en política, quiero dedicar el resto de mi vida a las causas populares, a las causas nacionales, a las causas peruanas”.
Continuando con su disertación el poeta Alberto Hidalgo, expresó: “Lo hago y lo haré, sin perseguir interés personal alguno; nada quiero para mí, nada necesitan mis años y mi pobreza. Mi precio y mi dicha, están en la dicha de mi país. No se repetirá conmigo –dijo- el caso de Haya de la Torre, quien desde que tiene uso de razón, está buscando empleo que no se le dará nunca, el empleo de la Presidencia de la República. Como no ha podido conseguir esto, ha inventado la manera de vivir sin trabajar, yo no sé cómo, pero sí sé. Ese caso no se repetirá conmigo, no quiero asumir jefaturas de ningún movimiento, que los jefes salgan solos, y juntos emprenderemos una insurrección electoral, porque en el Perú se da el caso de que el pueblo ha elegido legalmente unas veces y fraudulentas otras, a sus gobernantes, y, a causa de esto ha fracasado porque ha elegido personas no salidas de sus filas”.
Luego habló de que en el Código Penal Común, se debía crear el delito de la criminalidad económica, diciendo “es un crimen agravar la situación del pueblo y mejorar la condición de la oligarquía; es un crimen entregar los bienes nacionales como el petróleo y otros bienes”.
Al término de su disertación, el poeta Alberto Hidalgo fue calurosamente aplaudido.
[9)

 


Notas  

[1] Alberto Hidalgo. De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo. Editores: David Ballardo, Walter Sanseviero, Álvaro Sarco. Prólogo: Fernando Iwasaki. Epílogo: Álvaro Sarco. Sur Librería Anticuaria. Lima-2004, pp. 109-110.
[2] Al regresar Alberto Hidalgo en 1931 al Perú como militante del Apra “en el puerto del Callao es recibido por Seoane, Cox, Magda Portal, Núñez, en plena vigencia del sanchecerrismo. Alcanzó a dar un discurso en la plaza de armas de Arequipa como parte de la campaña electoral, pero a pesar de su nombradía de prestigiado escritor, no logró acumular los votos necesarios”. Alberto Hidalgo. Antología Poética. Arequipa-1997. UNSALIBROS EL PUEBLO/4, p. 342.
[3] Ver Alberto Hidalgo, De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo, pp. 113, 115, 122, 124-125-126, 129.
[4] “Aparte de mi condición de poeta, o sea de varón consagrado a descubrir las correspondencias secretas de las cosas, a re crear las palabras violentándolas por la vía de la catacresis, aparte de eso que es la función primaria y esencial de mi vida, soy sin duda un libelista nato. Paralelamente con mis pininos literarios, empecé desde muchacho a vociferar a voz en cuello contra las injusticias sociales, contra las iniquidades de los hombres. Mucha gente reconoció desde temprano en mí los atributos máximos del brulotista excelso. Ya en 1921, Enrique González Martínez me comparaba con León Bloy, ese “empresario de demoliciones”. Alguien me llamó después “el Lautreamont criollo” y hasta el propio canallita de Luis Alberto Chánchez, dijo, y creo que lo escribió, en ocasión de mi filípica contra Sánchez Cerro, que yo era “el más grande panfletario de la lengua castellana”. Como esas páginas las han superado en medida grande estos poemas, imagino que el marrano limeño no tendrá inconveniente en extender mi mayorazgo a todos los tiempos y todos lo s idiomas”. Alberto Hidalgo. Odas en contra. Editorial “Tinta de fuego”. París, 1958, p. 9.
[5] Esta especie de “maldición” de Hidalgo efectivamente se concretó. A pesar de los denodados esfuerzos del líder aprista, éste nunca llegó a la presidencia del Perú.
[6] Ver Alberto Hidalgo. Odas en contra, pp. 85-87.
[7] Diario El Comercio. Edición de la mañana. Lima, miércoles 10 de febrero de 1960, p. 5.
[8] Hijo del general Mariano Ignacio Prado, Presidente del Perú al iniciarse la guerra del Pacífico. La actuación de tal mandatario durante 1879 (luego sería “relevado” por Piérola) ha sido motivo de amplia controversia histórica. El Doctor Jenaro E. Herrera enjuició así al general Mariano Ignacio Prado: “La guerra [contra Chile] sorprendió al Perú, cuando este país se encontraba profundamente dividido, con partidos políticos personalistas que se profesaban mutuamente odios implacables e irreconciliables; sin escuadra, sin armamentos de precisión, sin artillería de retrocarga, sin ametralladoras, sin equipo, sin parques, sin recursos pecuniarios abundantes, sin organización militar; y lo que es más lamentable todavía, sin tener al frente de su gobierno un hábil administrador, que, con talento y actividad febril, se pusiese a la altura de la difícil situación por la que atravesaba la República y tratara de conjurarla, o al menos de aliviarla, por cuantos medios fueran imaginables o posibles.
El General Prado, creyó, sin duda, de buena fé que las relaciones de parentesco espiritual y buena amistad que tenía con el Presidente de Chile, Aníbal Pinto, harían dulcificar un tanto la situación y atenuar para el Perú los males y calamidades propias de la guerra, en cuyo estado nos hallábamos envueltos, desgraciadamente; y como en el conflicto bélico con España en 1866, había tenido relativa buena suerte para dominarlo, de aquí que creyese que la misma buena suerte lo seguiría favoreciendo en esta vez en el terrible trance en que el Perú ahora se hallaba, sin tener siquiera, en 1879 el Ministerio político que tuvo en aquel entonces y él los bríos y energías de la mocedad; y sin tener en cuenta tampoco, que la suerte no es constante, que ella es veleidosa de suyo; y más que todo la diferencia sustancial de adversarios que ahora teníamos, pues los gentiles y nobles españoles de otra época, habían sido reemplazados con gente cruel y sanguinaria [los chilenos], implacable en sus odios e innoble en sus acciones; ni que éstos, de una manera perseverante y encubierta, durante siete años consecutivos, se habían preparado artera y pacientemente para la guerra; empresa en la que se embarcaron, rifando su suerte y su porvenir, con todas las probabilidades del éxito.
De aquí que desde el principio no hubiera un perfecto plan de defensa, así para la guerra marítima como para la terrestre ni que se diera al país la organización militar conveniente, compatible con su azarosa situación, por la que la nación atravesaba y los exiguos recursos económicos de que ella disponía.
Así, se dejó correr lastimosamente el tiempo, sin desplegar esa actividad nerviosa y febril, que el caso requería y es propia de las grandes crisis por la que pasa la vida de los pueblos; y así vemos, que entre la fecha de la declaratoria de guerra, que fué el 5 de abril de 1879; y la de la salida del Presidente Prado para el Sur, que fué el 16 de mayo del mismo año 79, habían trascurrido 41 largos días, sin mayor movimiento ni actividad, y además se cometieron otros errores, aún más graves, como el de la repatriación de los chilenos residentes en el Perú a su propio país, que fueron algunos miles de soldados expertos, aclimatados y conocedores del medio físico nuestro, que se les envió cuando precisamente aquéllos más los necesitaban; que conocían palmo a palmo nuestro territorio y que tanto daño nos hicieron en el ejercicio mismo de las hostilidades marítimas o terrestres, durante el quinquenio de lucha que ella duró (…). Y el viaje que el General Prado, después de su regreso del Sur, emprendió el 18 de Diciembre de 1879, a Europa con el pretexto especioso de ír allí a comprar buques y elementos bélicos de todo linaje, que nos faltaban, tuvo todas las trazas de una verdadera fuga en campaña, por el modo y forma como se llevó a cabo; porque a nadie se le había ocurrido, en la condición de dirigente, hasta aquí, el hacerlo, que para eso, todos los gobiernos nombran comisiones ad-hoc y nunca van ellos personalmente a verificar por sí mismos esas compras; y también, porque jamás dio cuenta, con posterioridad, del desempeño de ese cometido, ni se vió tampoco, en tiempo alguno, los resultados de ese viaje sea en buques o pertrechos de guerra, o sea en parques, armamentos y provisiones”. (Jenaro E. Herrera: La Universidad Mayor de San Marcos y la Guerra del Pacífico. 5 de abril de 1879 – 23 de octubre de 1883. SAN MARTI y Cía. IMPRESORES. Lima, 1929, pp. 73-74-75, 81). 
[9] Diario El Comercio. Edición de la mañana. Lima, jueves 11 de febrero de 1960, p. 5.
                                                                                        

Guerra del Pacìfico 1879, Alfonso Ugarte Vernal, Arica 7 de junio 1880


La muerte de Alfonso Ugarte según Dionisio Vildoso

Por Álvaro Sarco

https://alvarosarco.blogspot.com/2010/09/la-muerte-de-alfonso-ugarte-segun.html



Ningún parte de guerra sobre la Batalla de Arica menciona los pormenores de la muerte del Coronel Alfonso Ugarte. Así, la imagen de Ugarte lanzándose del Morro envuelto en la bandera peruana, la habría tejido sólo cierta leyenda popular o ulteriores remembranzas de variada fuente.

Pero hay una importante indicio ignorado o soslayado. Es el testimonio del Subteniente Dionisio Vildoso, trágico actor y espectador de tales hechos. Este patriota dejó un pormenorizado y vivo relato de la Batalla de Arica. En él se confirma plenamente las circunstancias de la muerte de Ugarte tal y como tradicionalmente se ha sostenido.

A continuación se reproducirá íntegramente el testimonio de Vildoso. La fuente puede encontrarse en el Centro de Estudios Histórico Militares del Perú (Archivo Rubén Vargas Ugarte); a disposición de quien desee confirmar la autenticidad del mismo.

Sobre Dionisio Vildoso existe una semblanza recopilada por Darwin Zarria de la obra "La Batalla de Arica" de Gerardo Vargas Hurtado, edición de 1921. Ella importa por la confirmación de las virtudes que adornaron a Vildoso, las mismas que le confieren credibilidad a su aludido testimonio.
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 SUBTTE DIONISIO VILDOSO

 Del Batallón "Granaderos de Tacna"

Hé aquí uno de los pocos sobrevivientes de Arica, cuya honrosa hoja de servicios es digna de ser conocida por quienes sentimos admiración y gratitud por los que se sacrificaron en defensa de la integridad nacional en la guerra con Chile.

Vildoso es, en efecto, uno de los pocos sobrevivientes que pelearon en el Morro de Arica, guiados por la espada de Bolognesi.

Cuando Chile nos arrastró a la guerra, Vildoso se hallaba en la Escuela de Clases de esta capital, dedicado al estudio de la carrera de las armas, por la que desde niño sintió vocación. Era, por entonces, jefe de este establecimiento el coronel don José Basso.

Después prestó sus servicios en el batallón Cazadores de la Guardia número 7, bajo las órdenes de los coroneles Alejandro Herrera y E. Bustamante, este último muerto gloriosamente en Arica el 7 de junio de 1880.

Pabellón peruano que flameó en Arica
Tacneño de nacimiento, Vildoso perteneció a la plana mayor del batallón Artesanos de Tacna, habiendo sido ascendido a la clase de subteniente pocos días antes del asalto de la plaza, en premio de sus relevantes servicios y competencia militar; pues era uno de los pocos soldados de línea que formaban en ese cuerpo, del que fueron dignos jefes el coronel don Marcelino Varela y el comandante don Francisco Chocano, el último de los cuales tomó el mando del batallón en la retirada de la batería del Este hacia el Morro, por haber caído gravemente herido el coronel Varela.

Vildoso peleó en las distintas etapas del combate, desde la retirada del "Este" hasta el "Cerro Gordo" y el Morro, donde cayó prisionero, salvando la vida milagrosamente en la carnicería de heridos y prisioneros a que se dedicaron los asaltantes.

De regreso de San Bernardo, se estableció en Arica como comerciante.

En este puerto gozó de estimación general; contribuyó a la fundación de la patriótica Sociedad Peruana de Beneficencia, de la que fué tesorero en los períodos presidenciales de los señores José Rey, José Ricardo Cornejo y Gustavo N. Pescetto.

Después se radicó en Mejillones (puerto vecino a Antofagasta), donde, como en Arica, gozó de prestigio social y comercial, y de donde acaba de ser arrojado por 105 desperuanizadores, para venir a respirar en la capital de nuestra patria los saturados efluvios de la libertad.
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Testimomio del Subtte. Dionisio Vildoso sobre la Batalla de Arica





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Transcripción del testimonio de Dionisio Vildoso sobre la Batalla de Arica [1]

"Día memorable el 7 de Junio de 1880.

A la una de la mañana llega el jefe de día, coronel Marcelino Varela a la primera batería del este cerro gordo yendo a decir a los capitanes que en esta madrugada era el asalto. Él como jefe del Batallón de Artesanos de Tacna N° 27 guerra el que guarnecía la batería dio órdenes que tres compañías quedaran adentro, 1°, 2°, 3° y 4°, 5°, 6° salieran afuera para impedir que se nos encorralara. Una vez afuera las tres compañías nos desplegamos en guerrilla desde la puerta de la batería hasta el primer parapeto que queda entre el fuerte y cerro gordo y quedamos cada uno en su puesto esperando al enemigo.
El enemigo apareció entre oscuro y claro, más oscuro. En este momento rompen los fuegos los centinelas perdidos y se generalizó en las dos baterías. En un principio no nos hacían daño porque nosotros quedábamos en altura y nosotros en cambio les hacíamos muchas bajas y en estos momentos se nos viene un jefe chileno a caballo y lo vi desaparecer muy pronto. Él y el caballo después supe que era el comandante del 1° de línea San Martín. Conforme iba aclarando nos principiaron a hacer muchas bajas en nuestras filas y nosotros principiamos a retirarnos al primer parapeto de la coronación del cerro gordo, que también había otra trinchera a que nos sostenimos bastante rato. Ya íbamos quedando muy pocos, en esto llegan los coroneles Manuel C. de la Torre y el jefe de la plaza coronel Francisco Bolognesi y nos dicen hijos un momento más un momento más, y se dirigieron a una casucha que está al lado del parapeto donde estaban los aparatos de las minas. En esos momentos toman la primera trinchera que habíamos dejado la toman los chilenos, y también salen de la casucha los coroneles Francisco Bolognesi y de la Torre y nos dice hijos estamos perdidos no dan fuego las minas, y nos retirábamos para el morro. Bajábamos cerro gordo cuando subían refuerzos, parte del Batallón Iquique y parte del Batallón Tarapacá. Al mando del jefe de la 7ª división Alfonso Ugarte y el comandante Sáenz Peña, y el comandante Carrego. En este lugar nos unimos y seguimos haciendo fuego en retirada al morro para tomar posición del parapeto que está a la entrada del morro. Nos reconcentrábamos todos los jefes y tropa. Aquí se hizo el último esfuerzo, y aquí vi de muerto al coronel Ramón Zavala, y herido así vi al 1° jefe Marcelino Varela. En este grupo estaba el coronel Alfonso Ugarte que llegó momentos antes con su división a protegernos, de ahí nos retirábamos los pocos que quedábamos al centro del morro siempre haciendo fuego. Los chilenos avanzaban por ambos costados de cerro gordo y por la coronación del mismo. Llegamos al plano donde estaban los cañones. Yo llegué al mismo borde del morro y retrocedí inmediatamente al ver el abismo que no se veía más que el mar. Regresé a donde estaban los estanques de agua. De ahí veía detrás a mis compañeros al cuartel de los artilleros en compactos porque los chilenos venían muy cerca haciendo descargas cerradas al cuartel. En este momento dice un sargento de mi Batallón Fabio Corrales, primero, Vildoso el mayor Blondel está herido en el asta de la bandera. Me fui a verlo y era cierto. Lo vi de que estaba abrazado del asta y herido no pude prestarle auxilio porque este momento nos cruzaron los chilenos que venían haciendo una tremenda gritería y sigue la carnicería en el cuartel. En este momento aparece el coronel Alfonso Ugarte en su caballo con una bandera peruana gritando muchachos Viva el Perú y echaba las espuelas a su caballo y desaparece en el abismo. Mi compañero ya estaba herido y a mí me dieron un culatazo para hacerme botar el rifle y quedé prisionero desde este momento. Los chilenos seguían matando a los que se dentraron al cuartel y corría sangre por debajo del entablado porque el piso queda en alta. En esto llega el Coronel Manuel C. de la Torre a la plataforma de los cañones y lo veo que hace una maniobra y hace volar uno de los mejores cañones. En eso llega un oficial chileno, habla con el coronel y le dice que ya ha concluido y hasta cuándo siguen matando y gritando mueran los cholos. Unos cuantos minutos más empiezan a juntar los pocos que había por distintas partes y los que quedaban con vida en el cuartel, y nos hacen formar en hilera de a dos delante del cuartel. Yo calculo que habríamos entre todos 40 oficiales y tropa y nos hacen desfilar para la parte del sur. Ya sabíamos que era para fusilarnos porque ya sabíamos desde días antes que no teníamos cuartel.
Ya marchábamos por frente del cuartel y llegábamos a los cuartos de los oficiales. Veo con sorpresa a nuestro jefe de la plaza Coronel Francisco Bolognesi muerto y sin ropa exterior caído de espaldas, con un balazo en el pecho y el cráneo destrozado desde la parte de la ceja. Calculo yo que esta herida ha sido después de caído con la culata de rifle porque las dos bolsitas de los sesos estaban a 12 pulgadas de distancia del cráneo y estaban enteritas las dos bolsitas. Ahí mismo otra sorpresa. De un cuarto de los oficiales sale uno de los soldados chilenos con una caja de cartón bien grande y tira por encima del cadáver del coronel Bolognesi. Se destrozó la caja y se vacía un estandarte peruano nuevo, sin estrenar el estandarte. En ese momento el sol estaba en su apogeo y llegó a brillar. Yo vertí unas lágrimas muy tristes. Seguíamos la marcha para recibir el último premio por haber cumplido con nuestro deber con nuestra Patria. Nos hacen hacer alto en una pampita y veo que salen a caballo dos jefes, el mayor Salvo del ejército chileno y el comandante Sáenz Peña del ejército Peruano. A los 20 minutos estaba de regreso trayendo la noticia de que no se nos afectara. Inmediatamente nos hicieron marchar para el pueblo y al pasar por el costado de la iglesia vimos una cantidad de nuestros en las gradas de la iglesia que habían fusilado los chilenos. Nosotros quedamos en la Aduana presos hasta marchar a Chile en calidad de presos de guerra.

Dionisio Vildoso".