martes, 20 de febrero de 2024

Alberto Hidalgo Lobato, el genio del desprecio, sobre el APRA

 


Alberto Hidalgo y el APRA: Un incidente de 1960

Por Álvaro Sarco
https://alvarosarco.blogspot.com/2010/08/alberto-hidalgo-y-el-apra-un-incidente.html#more

Entre los numerosos hechos del poeta y escritor Alberto Hidalgo (Arequipa, 1897 - Buenos Aires, 1967) resalta el acaecido en 1960. Como se sabe, el vate arequipeño residió en Buenos Aires desde inicios de la década del veinte en un “autoexilio” que habría respondido, básicamente, a los influyentes enemigos que cosechó por estos lares a raíz de sus libelos, y a su inquieto carácter vanguardista que buscó ciudades con mayor movimiento literario. Pocas veces retornó al Perú. Una de esas escasas visitas fue en 1931 y tuvo un carácter político:
He militado en el aprismo desde el año 1930 en que, habiéndonos encontrado con Víctor R. Haya de la Torre, en Berlín, me invitó, dadas nuestras ideas y aspiraciones comunes -justicia social, antiimperialismo, defensa permanente de la libertad y la dignidad humanas, estimación de la llamada América Latina como una sola nación de veinte estados, revalidación del nacionalismo basado en la sangre, el destino y la cultura incaica, etc.- a incorporarme al movimiento iniciado por él con el nombre de APRA y el cual se aprestaba a dar su primera batalla electoral en los comicios de 1931, en los que el partido, por expresas indicaciones de Haya de la Torre, me proclamó su candidato a una de las diputaciones por Arequipa.[1] 

Alberto Hidalgo no logró hacerse de la diputación por Arequipa y regresó a Buenos Aires sin alejarse de su militancia aprista.[2] En 1947 retornaría al Perú, “…mas no con fines políticos -refirió- sino exclusivamente familiares…”. Con todo, en esa oportunidad es recibido calurosamente por los militantes apristas, en circunstancias en que se aproximaba el odriísmo. La participación del partido aprista en una serie de sucesos de la escena política peruana -deshonrosa y claudicante, según la opinión de Hidalgo- lo alejó cada vez más de aquel partido. Su definitiva renuncia vino en 1954 con su folleto ¿Por qué renuncié al Apra? En tal documento expone una larga serie de razones y hechos -que lo impulsaron a su alejamiento- y en los que no abundaré. A manera de síntesis puede citarse:

Mas he aquí llegado el momento de expresar el motivo principal de mi dimisión. En los primeros meses del año actual tuve la desgracia (¡cuánto hubiese dado por seguir ignorando la verdad!) de recibir confidencias, o, más bien, demostraciones de jactancia, de torpe jactancia, según las cuales sería verdad que los crímenes atribuidos al Aprismo fueron en efecto cometidos con el asentimiento en unos casos, la complacencia en otros y por orden o inspiración del jefe del partido en unos más (…) Esta práctica del homicidio como medio de acción política no habría sido nueva en el Apra sino antigua y sistemática: no habría sido fruto de una inmediata reacción -quizá no justificable, pero sí explicable- ante la importancia de luchar contra factores adversos, sino el efecto de una concepción criminal de la política al servicio de individuos ansiosos de conquistar el poder , aunque sea valiéndose del terror y de la muerte (…) Nadie puede, por lo tanto, discutir mi derecho a alejarme de una agrupación en la que mi permanencia podría tener ya el carácter de una complicidad (…) Me voy a casa, para quedarme probablemente solo, no para alquilarme como algunos ni traicionar como otros y sí para refugiarme en mi vocación de pobre y en mi destino de poesía (…) Contrariamente a lo que podría pensarse, no creo yo que Haya de la Torre sea un asesino, ni siquiera en estado potencial. Es, más bien, un hombre propenso a la solidaridad con el dolor ajeno, dueño de no pocas virtudes, nunca acosado por el prurito de enriquecimiento ilícito, dotado de un talento de veras excepcional, sólo que desviado de su verdadero camino pues tengo para mí que, si en vez de dedicarse a la política se hubiera consagrado a la literatura o al arte, habría sido un triunfador, hubiera llegado a ser uno de los más grandes escritores, pintores o músicos de nuestro tiempo. Quiso ser político, y éste ha sido el mayor de sus errores. Porque para el ejercicio de esta carrera se haya inhabilitado -recién ahora lo comprendo- por el mal que padece, posiblemente congénito, que trastorna su mente, deforma o anula sus cualidades morales y lo convierte en instrumento protervo de las peores pasiones y los más execrables apetitos: la inversión sexual (…) Un político, un hombre de gobierno, animado de las mejores intenciones pero atenaceado por una incontrolada pasión sexual, puede transformarse en juguete de esa pasión, y así sabemos que algunos políticos eminentes, que se habían prefijado una conducta recta, sacrificaron ciegamente su destino de gloria ante el altar de una satisfacción amorosa o lúbrica (…) En el caso del político sodomita tales términos se agudizan, por lo mismo que se ve obligado a moverse dentro de una incómoda duplicidad existencial: su actuación pública debe aparecer lo más honorable posible, mientras su lascivia se desenvuelve en el marco de la abyección física, biológica y fisiológica. La consecución primero y la conservación después de un padrillo joven y vigoroso pueden ocasionar la quiebra de la conducta civil, el sacrificio de los principios, la enajenación de los intereses nacionales.[3] 
Obviamente, los señalamientos de Alberto Hidalgo lo convirtieron sino en el principal, en uno de los más notorios enemigos del aprismo. Ello, por cierto, no debió arredrar al poeta y escritor arequipeño dado su contumaz carácter beligerante. Por el contrario, al reconocerse (y en efecto lo fue) un libelista de elevados quilates,[4]  y considerando su convicción de que tales “denuncias” correspondían a la verdad, embistió con mayor rudeza contra el líder aprista, Víctor Raúl Haya de la Torre, en su poemario de corte libelista Odas en contra (1958):      
Víctor Raúl, diente de Hutchinson
Haya de la Torre, disimulado labio leporino
Siempre jurando una pureza pero entregándote a un padrillo

Demoraste por cuántos años no se sabe la revolución en el Perú
Has malogrado a dos generaciones
Has hecho que cayera desde sus esperanzas hasta el piso
Al pueblo que dio crédito a tu voz y magnitud a tus ovarios
Pactaste con la clase algodominerazucarera
Te bajaste los vagos pantalones ante las señas del imperialismo
Los calzoncillos con encaje en los enredos de la oligarquía
Y no por oros más o menos sino porque tus actos se acomodan
al ritmo de tus desórdenes menstruales

No ceñirá la banda presidencial tu pecho[5]
Y si la ciñe será sin silla gestatoria
Y para escarnio del Perú que así tendría su papisa

Hasta el perdón tienes perdido
Porque engañar a las masas desde el llano es peor que
                                                    engañarlas desde arriba
Las has dejado huérfanas, alérgicas a todo conductor
Y ya acaso por lustros no creerán en nadie, en nada
Por eso te maldigo

Oh qué pena la vez que me dijiste que yo no te era “indiferente”
Y yo te conjuré para la búsqueda de un másculo destino
Y juraste con lágrimas ser hombre
Poco después y cuando más la patria confiaba en tu épica palabra
Bifurcaste tu esfínter entre los cactus de las sombras
Los intereses nacionales entre las sodomías del aprismo

Te deseo una muerte a pedacitos
En que vayas perdiendo miembro a miembro parte a parte
Con epilépticas ladillas en tu bolsa engrampadas inexorablemente
En esa tu talaga testicular toda vacía
Y oxiuros picoteando en las infundibuliformidades de tu poto
Que es por donde te gusta y donde pecas[6]
El martes 9 de febrero de 1960, Alberto Hidalgo retornó al Perú en un avión de la Fuerza Aérea Argentina. Arribó al antiguo aeropuerto de Limatambo acompañado de su esposa, María Elisa Dearma de Hidalgo, y fue cordialmente recibido por escritores, periodistas, el editor Juan Mejía Baca, además del Agregado Cultural de la Embajada Argentina, Javier Fernández. La editorial de Juan Mejía Baca acababa de editar el poemario del arequipeño Biografía de Yomismo (1960), pero su “visita” al país no respondía -como principal finalidad- a la presentación de su libro y/o el ofrecer recitales. Hidalgo informó a la prensa:
Vengo al Perú a visitar mi tierra, Arequipa, que acaba de recibir uno de los golpes más rudos de su historia. Sé que, prácticamente, está destruída. Es natural que quiera ver cómo han quedado mi familia y mi casa. Ojalá que las huellas dejadas por el terremoto del 13 de enero último, restañen pronto y vuelva Arequipa a ser lo que siempre ha sido y significado para el Perú (…) De momento no tengo ningún libro en preparación, si bien vivo de ellos. Es mi propósito volver a editar alguno de ellos, pero aún no sé si aquí o en Buenos Aires. Depende del editor.[7]  
Por lo demás, es necesario recordar que durante esta visita de Hidalgo gobernaba Manuel Prado y Ugarteche[8]  para el período de 1956-1962. Había llegado al gobierno derrotando en última instancia a Hernando de Lavalle, a Fernando Belaúnde Terry, y con el apoyo del Apra. Este último partido había recibido el ofrecimiento de Prado de llevarlo a la “legitimidad” (se hallaba fuera de la ley desde el golpe militar de M. A. Odría de 1948). Con el inicio del gobierno de Prado y el soporte del Apra empezó, también, un gobierno conocido peyorativamente como el de “la convivencia”, y que terminaría con el golpe militar del 18 de julio de 1962 acaudillado por el General Ricardo Pérez Godoy. Lo anterior proporciona mayores luces con respecto a la posición política que Hidalgo mantenía por entonces, y hecha pública en Buenos Aires a través del folleto Manifiesto al pueblo peruano (1959). En él, Alberto Hidalgo expresaba que el llamado régimen de “la convivencia” era un engaño contra el pueblo. Según Hidalgo, tras esa convivencia que en apariencia buscaba el loable reencuentro del país con los peruanos perseguidos (los apristas), se ocultaba en realidad “la claudicación con la plutocracia, la repartija de puestos en la administración pública y en el servicio diplomático, entre quienes fueron sus gestores”.
Siguiendo el periplo de Alberto Hidalgo durante su visita de 1960, cabe recordar que alrededor del mediodía del 10 de febrero de aquel año, recibió un homenaje (promovido por los estudiantes) en el salón de grados de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos:
Hidalgo llegó acompañado del Decano de la Facultad de Letras, doctor Luis E. Valcárcel, de Ciro AlegríaEnrique López Albújar, el Presidente de la FUSM Alberto Campos Lama y otros dirigentes y luego ocupó el estrado de honor.
Se inició la actuación con las palabras del Presidente de la Federación Universitaria de San Marcos, Alberto Campos Lama; y acto seguido, efectuó la presentación del poeta el Decano doctor Valcárcel.
Luego usó de la palabra el poeta Alberto Hidalgo, quien dijo: “Esto francamente no me lo esperaba, es demasiado para mí, que soy un hombre enamorado de la soledad. Cuando se me anunció la realización de este acto pensé que se trataría de un acontecimiento familiar, por medio del cual los estudiantes, mis colegas, querían saludar y ver de cerca a un poeta, de quien se habla en todo el mundo, pero a quien se ve poco felizmente”.
Más adelante Alberto Hidalgo manifestó “por las caras que veo, por los latidos que siento, por las palabras pronunciadas, por los sentimientos de ustedes que llegan hasta mí, me doy cuenta que quieren echar sobre mis hombros una responsabilidad tremenda de orden político y social, y, yo no voy a rehuir esta responsabilidad, quiero tener el honor de asumirla”.
“Nuestro país –continuó diciendo- vive quizá los momentos más trágicos de su historia, sometido a un régimen político social no de ahora sino de hace 40 años, que lo ha detenido en su progreso. Hace pocas semanas apareció aquí, un libro mío, editado por Mejía Baca, en el cual declaro, que es el último libro de poemas que escribo en mi vida; muchas personas me han escrito para que no haga abandono de la poesía. Yo ratifico esa afirmación, pero el verdadero móvil, no es porque considere que la poesía no tiene ya nada qué decir, sino que habiendo vivido tanto tiempo en el extranjero, y, con esporádicas incursiones en política, quiero dedicar el resto de mi vida a las causas populares, a las causas nacionales, a las causas peruanas”.
Continuando con su disertación el poeta Alberto Hidalgo, expresó: “Lo hago y lo haré, sin perseguir interés personal alguno; nada quiero para mí, nada necesitan mis años y mi pobreza. Mi precio y mi dicha, están en la dicha de mi país. No se repetirá conmigo –dijo- el caso de Haya de la Torre, quien desde que tiene uso de razón, está buscando empleo que no se le dará nunca, el empleo de la Presidencia de la República. Como no ha podido conseguir esto, ha inventado la manera de vivir sin trabajar, yo no sé cómo, pero sí sé. Ese caso no se repetirá conmigo, no quiero asumir jefaturas de ningún movimiento, que los jefes salgan solos, y juntos emprenderemos una insurrección electoral, porque en el Perú se da el caso de que el pueblo ha elegido legalmente unas veces y fraudulentas otras, a sus gobernantes, y, a causa de esto ha fracasado porque ha elegido personas no salidas de sus filas”.
Luego habló de que en el Código Penal Común, se debía crear el delito de la criminalidad económica, diciendo “es un crimen agravar la situación del pueblo y mejorar la condición de la oligarquía; es un crimen entregar los bienes nacionales como el petróleo y otros bienes”.
Al término de su disertación, el poeta Alberto Hidalgo fue calurosamente aplaudido.
[9)

 


Notas  

[1] Alberto Hidalgo. De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo. Editores: David Ballardo, Walter Sanseviero, Álvaro Sarco. Prólogo: Fernando Iwasaki. Epílogo: Álvaro Sarco. Sur Librería Anticuaria. Lima-2004, pp. 109-110.
[2] Al regresar Alberto Hidalgo en 1931 al Perú como militante del Apra “en el puerto del Callao es recibido por Seoane, Cox, Magda Portal, Núñez, en plena vigencia del sanchecerrismo. Alcanzó a dar un discurso en la plaza de armas de Arequipa como parte de la campaña electoral, pero a pesar de su nombradía de prestigiado escritor, no logró acumular los votos necesarios”. Alberto Hidalgo. Antología Poética. Arequipa-1997. UNSALIBROS EL PUEBLO/4, p. 342.
[3] Ver Alberto Hidalgo, De muertos, heridos y contusos. Libelos de Alberto Hidalgo, pp. 113, 115, 122, 124-125-126, 129.
[4] “Aparte de mi condición de poeta, o sea de varón consagrado a descubrir las correspondencias secretas de las cosas, a re crear las palabras violentándolas por la vía de la catacresis, aparte de eso que es la función primaria y esencial de mi vida, soy sin duda un libelista nato. Paralelamente con mis pininos literarios, empecé desde muchacho a vociferar a voz en cuello contra las injusticias sociales, contra las iniquidades de los hombres. Mucha gente reconoció desde temprano en mí los atributos máximos del brulotista excelso. Ya en 1921, Enrique González Martínez me comparaba con León Bloy, ese “empresario de demoliciones”. Alguien me llamó después “el Lautreamont criollo” y hasta el propio canallita de Luis Alberto Chánchez, dijo, y creo que lo escribió, en ocasión de mi filípica contra Sánchez Cerro, que yo era “el más grande panfletario de la lengua castellana”. Como esas páginas las han superado en medida grande estos poemas, imagino que el marrano limeño no tendrá inconveniente en extender mi mayorazgo a todos los tiempos y todos lo s idiomas”. Alberto Hidalgo. Odas en contra. Editorial “Tinta de fuego”. París, 1958, p. 9.
[5] Esta especie de “maldición” de Hidalgo efectivamente se concretó. A pesar de los denodados esfuerzos del líder aprista, éste nunca llegó a la presidencia del Perú.
[6] Ver Alberto Hidalgo. Odas en contra, pp. 85-87.
[7] Diario El Comercio. Edición de la mañana. Lima, miércoles 10 de febrero de 1960, p. 5.
[8] Hijo del general Mariano Ignacio Prado, Presidente del Perú al iniciarse la guerra del Pacífico. La actuación de tal mandatario durante 1879 (luego sería “relevado” por Piérola) ha sido motivo de amplia controversia histórica. El Doctor Jenaro E. Herrera enjuició así al general Mariano Ignacio Prado: “La guerra [contra Chile] sorprendió al Perú, cuando este país se encontraba profundamente dividido, con partidos políticos personalistas que se profesaban mutuamente odios implacables e irreconciliables; sin escuadra, sin armamentos de precisión, sin artillería de retrocarga, sin ametralladoras, sin equipo, sin parques, sin recursos pecuniarios abundantes, sin organización militar; y lo que es más lamentable todavía, sin tener al frente de su gobierno un hábil administrador, que, con talento y actividad febril, se pusiese a la altura de la difícil situación por la que atravesaba la República y tratara de conjurarla, o al menos de aliviarla, por cuantos medios fueran imaginables o posibles.
El General Prado, creyó, sin duda, de buena fé que las relaciones de parentesco espiritual y buena amistad que tenía con el Presidente de Chile, Aníbal Pinto, harían dulcificar un tanto la situación y atenuar para el Perú los males y calamidades propias de la guerra, en cuyo estado nos hallábamos envueltos, desgraciadamente; y como en el conflicto bélico con España en 1866, había tenido relativa buena suerte para dominarlo, de aquí que creyese que la misma buena suerte lo seguiría favoreciendo en esta vez en el terrible trance en que el Perú ahora se hallaba, sin tener siquiera, en 1879 el Ministerio político que tuvo en aquel entonces y él los bríos y energías de la mocedad; y sin tener en cuenta tampoco, que la suerte no es constante, que ella es veleidosa de suyo; y más que todo la diferencia sustancial de adversarios que ahora teníamos, pues los gentiles y nobles españoles de otra época, habían sido reemplazados con gente cruel y sanguinaria [los chilenos], implacable en sus odios e innoble en sus acciones; ni que éstos, de una manera perseverante y encubierta, durante siete años consecutivos, se habían preparado artera y pacientemente para la guerra; empresa en la que se embarcaron, rifando su suerte y su porvenir, con todas las probabilidades del éxito.
De aquí que desde el principio no hubiera un perfecto plan de defensa, así para la guerra marítima como para la terrestre ni que se diera al país la organización militar conveniente, compatible con su azarosa situación, por la que la nación atravesaba y los exiguos recursos económicos de que ella disponía.
Así, se dejó correr lastimosamente el tiempo, sin desplegar esa actividad nerviosa y febril, que el caso requería y es propia de las grandes crisis por la que pasa la vida de los pueblos; y así vemos, que entre la fecha de la declaratoria de guerra, que fué el 5 de abril de 1879; y la de la salida del Presidente Prado para el Sur, que fué el 16 de mayo del mismo año 79, habían trascurrido 41 largos días, sin mayor movimiento ni actividad, y además se cometieron otros errores, aún más graves, como el de la repatriación de los chilenos residentes en el Perú a su propio país, que fueron algunos miles de soldados expertos, aclimatados y conocedores del medio físico nuestro, que se les envió cuando precisamente aquéllos más los necesitaban; que conocían palmo a palmo nuestro territorio y que tanto daño nos hicieron en el ejercicio mismo de las hostilidades marítimas o terrestres, durante el quinquenio de lucha que ella duró (…). Y el viaje que el General Prado, después de su regreso del Sur, emprendió el 18 de Diciembre de 1879, a Europa con el pretexto especioso de ír allí a comprar buques y elementos bélicos de todo linaje, que nos faltaban, tuvo todas las trazas de una verdadera fuga en campaña, por el modo y forma como se llevó a cabo; porque a nadie se le había ocurrido, en la condición de dirigente, hasta aquí, el hacerlo, que para eso, todos los gobiernos nombran comisiones ad-hoc y nunca van ellos personalmente a verificar por sí mismos esas compras; y también, porque jamás dio cuenta, con posterioridad, del desempeño de ese cometido, ni se vió tampoco, en tiempo alguno, los resultados de ese viaje sea en buques o pertrechos de guerra, o sea en parques, armamentos y provisiones”. (Jenaro E. Herrera: La Universidad Mayor de San Marcos y la Guerra del Pacífico. 5 de abril de 1879 – 23 de octubre de 1883. SAN MARTI y Cía. IMPRESORES. Lima, 1929, pp. 73-74-75, 81). 
[9] Diario El Comercio. Edición de la mañana. Lima, jueves 11 de febrero de 1960, p. 5.
                                                                                        

No hay comentarios: