viernes, 25 de junio de 2021

Clemente Palma, breves, Cuentos Malèvolos

 

JESÚS PALACIOS Periodista, escritor e historiador

El malévolo Clemente Palma.

Modernismo, decadencia y luciferismo


INTRODUCCIÓN

Mucho menos conocido como su padre,  el prócer de la literatura peruana Ricardo Palma, autor de las seminales Tradiciones peruanas, Clemente Palma es, sin embargo, uno de los más interesantes y singulares cultivadores de la narrativa modernista, quizá no solo en su patria natal, sino también dentro del panorama general del Modernismo hispanoamericano.

Mucho más significado en su día como periodista e incluso como político, son sus relatos fantásticos y una extraña novela de ciencia ficción —XYZ (1934)—, las obras que le sitúan en un lugar peculiar, ajeno en gran medida los tópicos costumbristas y criollistas que caracterizaban gran parte de la literatura peruana de su tiempo, incluso entre prosistas y poetas modernistas.

Por el contrario, Clemente Palma optará casi siempre por narraciones de ambiente indeterminado, cuando no extranjero, en las que personajes y trama carecen de cualquier signo de tipismo, para inscribirse en la mucho más amplia tradición del fantástico decadentista y simbolista internacional, que encuentra una de sus fuentes principales en la obra y figura de Edgar Allan Poe.


Clemente Palma " Cuentos Malèvolos "


Los canastos

Entre hacer un pequeño servicio que apenas labre huella en la memoria

del beneficiado o un grave daño que le deje profundo recuerdo, elegid lo

segundo. Os contaré lo que me sucedió una tarde de invierno con un

pobre hombre llamado Vassielich.

Os juro que yo soy bueno, que soy un buen padre de familia, pero sólo en

la época en que hay sol en este cielo brumoso. ¡Oh!, la bruma invernal me

hace daño y me convierte en malvado. Si yo fuera poppe, en verano

rendiría culto a Dios, pero en invierno le volvería la espalda y me

entregaría a darle gusto al diablo. En el invierno le amo, siento que se

introduce en mi ser, que estruja mi espíritu y aviva el fuego de mis malos

instintos; entonces me siento nihilista, capaz de ser ladrón y asesino; lo

rojo me excita, y lo afilado y lo agudo me fascinan. Cuando llega la época

de las primeras nevadas, mi mujer me dice: «Marcof, padrecito mío, ya las

malas ideas comienzan a fulgurar en tus ojos. Ya viene el tiempo en que

no vives sino gruñendo y blasfemando, en que nos aporrea a tus hijos y a

mí. Mira, no te alejes de la estufa, porque el hielo te hace malvado…»

Pero decía hace poco que iba a referiros una aventura que tuve: ya lo

había olvidado. Escuchadme:

Iba yo una tarde caminando, con mi pipa en la boca, por un largo y

estrecho puente. Un carretero sordo llamado Vassielich seguía el mismo

camino que yo, conduciendo en su carro más de veinte canastos de

pescado fino, que diferentes dueños le habían comisionado que llevara al

mercado para la venta del siguiente día. El carro, a causa de la curvatura

del puente, se inclinaba hacia el borde derecho, pero no había peligro de

que cayese, porque el pretil era suficientemente alto para impedir la caída.

Con todo, hubiera querido darle un buen susto a Vassielich. Creedme que

no soy malo, pero deseaba con toda mi alma darle un susto, aunque no

fuera sino arrojarle con carreta y todo al río. De repente, la cuerda que

sujetaba los canastos rompió o desató… A fe que sentí un vuelco en el

corazón. El puente es estrecho y largo, el carro caminaba despacio y

saltaba mucho, el suelo del puente tiene una inclinación sensible del

centro hacia los bordes… A los pocos segundos, ¡pum!, uno de los

canastos se desprendió, cayó pesadamente sobre el pretil y desde allí se

precipitó al río. Lo vi caer y una voz muy débil murmuraba dentro algo así

como: «avisa a ese infeliz carretero que su carga se va al río». Pero el

invierno me gritaba más alto: «cállate, hombre, y limítate a mirar, ¿no es

curioso y entretenido ver caer veinte canastos, uno detrás de otro, como

una manada de estúpida; carneros?» Y la verdad es que preferí esto.

Cierto que Vassielich, un buen hombre que jamás me había hecho daño

alguno, iba a sufrir mucho con esta desgracia, pero ¿a mí qué me

importaba?, ¿perdía yo algo con el desastre de Vassielich? No; al

contrario, ganaba una diversión durante el trayecto del puente, que tiene

unos cien metros de largo. Callé y vi caer la segunda canasta, luego la

tercera y la cuarta, y la quinta y otras muchas. El pobre Vassielich, sea

porque fuera sordo, o porque iba distraído, no advirtió el ruido delicioso de

los canastos al romper la superficie ondulosa del río, haciendo saltar

chorros de espuma. El caballo advirtió mejor lo que pasaba, pues, al sentir

el carro menos pesado, aligeró el paso. Cuando llegamos al término del

puente, corrí hacia la carreta:

—¡Eh, Vassielich, amiguito!

El carretero no me oía; tuve que avanzar más y tocarle la pierna con el

extremo de mi pipa, gritándole:

—¡Vassielich! ¡Vassielich!

—¡Eh!, ¿qué deseas? Tengo prisa…

—¡Ay, padrecito, no la tengas ya! Voy a comunicarte una gran desgracia.

—¡Dios de Dios! ¿Ha muerto Ivanowna, mi mujer?

—No, te juro que no; es algo peor y de más trascendencia social.

—¿Ha muerto el Zar?

—¿Eh? ¡Así reventara!…

—Habla, habla…

—Pues, detén el carro, que es algo grave lo que voy a decirte.

—Pero… está anocheciendo y tengo prisa de llegar a la ciudad.

—No la tengas ya.

—¿Por qué? Habla. ¡Dios de Dios! —exclamó Vassielich impaciente

deteniendo el carro.

Yo encendí lentamente mi pipa, que se había apagado:

—Te decía, padrecito, que no tuvieras ya prisa en ir a la ciudad… Verás si

tengo razón.

—¡Maldición! Pero ¿por qué?

—Porque… Créeme que me duele decírtelo, padrecito. Óyeme bien: no

debes apresurarte, porque, porque el señor río se ha engullido, bocado

tras bocado, tus canastos de peces. Soy testigo ocular. Te aconsejo que

otro día hagas uso de cuerdas más fuertes.

Vassielich volvió el rostro violentamente y al asegurarse de su desgracia

se puso horriblemente pálido, luego enrojeció y apeándose de la carreta se

asomó al río.

—¡Eh, amigo!, ¿buscas los agujeros que hicieron los canastos al atravesar

la superficie? Ya se taparon.

Vassielich se puso a llorar; no tenía dinero con qué pagar; le embargarían

sus cosas. Ivanowna y sus hijos sufrirían miserias espantosas, y si no

alcanzaba a pagar toda la deuda, le meterían en la cárcel. ¡Y el invierno

que era tan crudo! El pobre sordo lloraba amargamente. ¡Era cosa de

matarse!

—¡Sí, padrecito, es cosa de matarse! —afirmé yo con acento filosófico.

Y, en efecto, creí que iba a arrojarse al río de cabeza, pues asomó el

cuerpo por el pretil. Abrí los ojos desmesuradamente para ver con toda mi

alma el chapuzón. Quizás el caballo por una de esas asombrosas

fidelidades de que hablan las historias se precipitaría también arrastrando

consigo el carro. Y si no lo hacía yo le obligaría a ello. El puente estaba

solitario y la ciudad distaba dos verstas. Pero no, lo que hizo Vassielich fue

ponerse a gritar y a maldecir su suerte… Se desvaneció mi esperanza, e

irritado por la estupidez de ese carretero que por un cobarde amor a la

vida no cumplía con su deber, le dije sonriéndome:

—Pude avisarte, padrecito, desde que vi caer el primer canasto. Mas

¿para qué? Mañana habrías olvidado el favor que te hacía: en cambio,

cuando te lleven a la cárcel, y tu mujer y tus hijos lloren en la miseria, te

acordarás de mí, cierto que para maldecirme, pero te acordarás…

Vassielich no me respondió, sea porque no me oyera, sea porque estaba

aturdido con su desastre. Me encogí de hombros y proseguí mi camino,

fumando mi pipa. Después de todo, el sitio de los peces era el río y no los

canastos. He restablecido, pues, el equilibrio de la naturaleza.


Idealismos


Una noche encontré en un asiento de un coche de ferrocarril un cuadernito

de cuero de Rusia, que contenía un diario. En las páginas finales estaba

consignado el extraño drama, que trascribo con toda fidelidad:


Noviembre 14


Estoy contentísimo: mi buena Luty se muere. Luty era hasta hace poco

una muchacha rozagante, alegre y que ofrecía vivir mucho. ¡Quién la

reconocería hoy en esta jovencita pálida, delgada y nerviosa! ¡Cuán

hermosos eran sus grandes ojos azules y su amplia cabellera de color de

champaña! Mi novia se muere y afirman los sabios que ello es debido a la

doble acción de una aguda neurastenia y de una clorosis invencible.

Hoy la he visto; tenía la cabeza entre los almohadones de fino encaje,

parecía una flor de lis desfallecida. Luty me miró con los ojos brillantes de

fiebre y me tendió su mano alba y enflaquecida; me estrechó la mía con

misteriosa intención. Me pareció comprender su pensamiento: «No olvides,

amigo mío, de poner en mi ataúd pensamientos y gardenias, esas flores

amadas que yo he colocado tantas veces en tu pecho; no olvides, amigo

mío, mientras los que velen mi cadáver dormiten rendidos por el cansancio

y el dolor, no olvides el darme un beso muy largo y apretado en los pálidos

y rígidos labios». ¡Pobre amada mía! Se moría sin guardarme rencor, y, sin

embargo, era yo quien la mataba, yo, que la adoraba. Vosotros, los

espíritus burgueses, si leyerais estas páginas no podríais comprender

jamás que la muerte de mi adorada prometida, de mi inocente Luty,

pudiera alegrarme profundamente. Al contrario, sentiríais hacia mi viva

repulsión y gran horror por mi crueldad. ¡Bah, pobres hombres!, no pensáis

ni amáis como yo, sino que sois simplemente ridículos sentimentales.

Quiero a mi novia con todas las energías de mi juventud —y oídme bien,

que esto os espeluznará, como si sintieseis pasar rozando vuestro pecho

una serpiente fría, viscosa y emponzoñada—: si el beso que he de dar a

su cadáver pudiera resucitarla… no se lo daría.


Noviembre 18


Cuando comenzaba Luty su adolescencia le hablé de amor. ¡Pobre

nerviosa! El primer amor fue penetrando paulatinamente hasta lo más

profundo de su ser. La gestación de su alma, el modelado de su corazón y

de su cerebro se realizó conforme a mi deseo, formé su alma como quise,

en su corazón no dejé que se desarrollaran sino sentimientos

determinados, y su cerebro no tuvo sino las ideas que me plugo. ¡Oh!, ¡no

sé qué prestigio tan diabólico, qué cohibimiento tan absoluto, qué

influencia tan poderosa llegué a ejercer y ejerzo aún sobre Luty! Era tan

grande la sugestión que obraba mi alma sobre la suya, que podía hacer

llorar a Luty como una chiquilla o enfurecerla, hacerla gozar las mayores

delicias ideales o mortificarla con las más horribles torturas y casi sin

necesitar hablarla. Cuando yo iba donde ella, mortificado por algún

pensamiento doloroso o por alguna pesadumbre, la pobre muchacha

palidecía como un cadáver, como si sintiera súbitamente la repercusión

centuplicada de mis angustias íntimas. Asimismo sentía resonar en su

espíritu la jovialidad y la ventura con que el amor inundaba mi alma. A

pesar de la temprana perversión con que estaban contaminadas mi

filosofía y mi vida íntima, jamás había tratado de pervertir el alma de Luty,

ni de poner en juego sus energías sensuales. Luty era pura aún, sin

malicia, sumida en la ignorancia más profunda de las miserias e

ignominias del amor.

Una noche de insomnio, sentí rebullir en mi cerebro la tentación inicua, y

como un escarabajo de erizadas antenas, el deseo de corromper la

inocencia de mi Luty. ¡Ah!, ¡maldito insomnio! Felizmente, vi con colores

sombríos el derrumbe espantoso de la pureza moral de mi prometida, vi la

explosión de fango salpicando la albura incólume de su alma. Yo era el

amo absoluto de Luty, el tirano de su vida interior, ¿para qué someterla a

una nueva tiranía, a la tiranía innoble de la carne?; ¿para qué someterla a

esa inicua autocracia, en la que el dogal acaba a la postre por estrangular

el cuello del mismo tirano? Ya era yo bastante infame con haber

esclavizado el alma de Luty. Más de una vez sentí, en las agitaciones del

insomnio, las impulsiones malvadas de mis instintos, y más de una vez me

vencí. Pero ¿podría vencerme siempre? Mi deber era libertarla. ¿Cómo?

Casarme con mi novia era sujetarla para siempre entre mis garras; y mi

dignidad, en una violenta sublevación, rechazaba con horror ese

anonadamiento del alma de Luty, esa absorción de su ser por el mío, ese

nirvana de la voluntad, del pensamiento y del deseo revelados en esa

sumisión incondicional, en esa fe irreflexiva y confiada que había nacido

entre las inocentes expansiones del amor puro y había de terminar en las

ignominias carnales de la vida conyugal, en las que muere toda ilusión y

todo encanto, para ceder el sitio a una amalgama de animalidad y respeto.

Yo la amaba, la amo con todas las fuerzas de mi alma y me horrorizaba,

por ella y por mí, el inevitable desencanto, el rebajamiento del espíritu de

Luty y al mismo tiempo el remache de esa cruel tiranía de mi alma. Mi

deber era libertarla de la demoniaca influencia que yo ejercía sobre Luty,

libertarla por un último acto de la tiranía moral, que había de ser la única

forma noble posible de mi absolutismo; crear la libertad por un acto de

opresión, puesto que ya el regreso a la primitiva independencia era

imposible; esto os parece, señores burgueses, una absurda paradoja. Y

desde ese momento toda una labor sugestiva fue la de imponer al alma de

Luty la necesidad de morir, la necesidad dulce y tranquila de desaparecer

del mundo, de este mundo ignominioso. —Te amo —la decía mentalmente

a mi Luty—, te amo y eres mi esclava. La mayor prueba de amor que te

doy es la de romper la cadena que te une a mi ser, envileciéndote; muere,

Luty mía, muere sin sufrir, muere de un modo paulatino, como por una

recobración lenta e inconsciente de tu dignidad moral…


Noviembre 19


No hay temor de que mi Luty se salve. Se muere, se muere. Apenas tienen

fuerzas sus grandes ojos azules para mirarme y absorber la matadora

influencia de mi amor. Luty, con mis caricias apasionadas, con mis frases

de amor tóxico, se estremece y cada emoción de Luty es un salto que da

la muerte hacia ella. Bien claro lo dijo el médico: «Evitadla emociones

fuertes, que le son mortales…»


Noviembre 21


Siento la necesidad de evocar recuerdos. Mi obra, desde hace tiempo, ha

sido imbuir en Luty cierto pesimismo celestial, ir matándola moralmente

con nociones ideales mortíferas. La convencí de que la muerte es una

dulce ventura, un premio inefable de los amores profundos y castos, el

nudo infinito del amor. Todas mis palabras y mis caricias llevaban escritas

con caracteres invisibles, pero hipnóticos, la orden: «Muere, Luty mía,

muere». Y yo sentía que desde el fondo de su ser había algo que me

respondía: «Se te obedece como siempre». La idea de la muerte era el

sedimento impalpable que quedaba en el alma de Luty después de todas

nuestras conversaciones, aun de las más apasionadas.

¡Oh!, lo recuerdo muy bien. Una noche estrellada estuve hasta muy tarde

conversando con Luty en la terraza y haciendo observaciones con el

telescopio. ¡Qué paseos tan hermosos dimos con la imaginación por los

mundos astrales! ¡Todo ello sentaba la premisa de la muerte de ambos!

Nuestras almas con formas imponderables, unidas en abrazo

estrechísimo, cruzaban los espacios planetarios, como visiones del

Paraíso de Alighieri. Yo, con amoroso desvarío, prendía a Aldebarán, rojo

como un rubí incendiado, en los rubios cabellos de mi amada; arrancaba

perlas a la Vía Láctea y formaba collares para la garganta de Luty. Luego

seguíamos en maravillosos ziszás recorriendo eternamente mundos

encantados en donde los seres tenían sentidos nuevos, en donde la

corporeidad desaparecía y las formas se esfumaban entre gasas sutiles y

tules luminosos… En Urano vimos una flora colosal, en que las rosas eran

como catedrales y entre los pétalos vagaban microzoarios humanos, de

formas vaporosas, repartidos en enamoradas parejas, que se entregaban

a deliquios sublimes, aspirando deliciosas fragancias. Luego seguíamos

subiendo; siempre teníamos delante mundos nuevos, y a cada instante

encontrábamos en nuestro camino amantes, como nosotros, que hacían la

misma peregrinación. La ruta era interminable, eterna; la creación infinita.

Con frecuencia nos deteníamos para ver algo esplendoroso: ya era un

cometa que surcaba el abismo, ya la explosión de una estrella. Vimos

llegar a Venus trayendo sus idilios de amor: pequeñita, lejana primero,

creció luego, creció hasta que percibimos sus enormes bosques

perfumados, poblados por hermosas jóvenes, bellos mancebos y niños

alados que atravesaban las praderas bailando bulliciosas farándulas y

luego se perdían en la poética umbría de una selva. Pasó Venus ante

nuestros ojos deslumbrados con tanta dicha, y bien pronto se confundieron

los suspiros, los besos y los cantares de ese mundo feliz, con el estallido

de un bólido chispeante o con el zumbido de algún cometa que pasaba

agitando su deslumbradora cauda…

Para ver esto era necesario morir: morir joven, morir antes de que la vida

nos encenagara y obturase nuestra facultad de apreciar las bellezas del

ideal; cortar a tiempo la cuerda que sujetaba el globo cautivo de nuestra

alma a las miserias de la tierra. Luty, entusiasmada, anhelosa, viajaba

conmigo por las profundidades insondables del Cosmos. Temblorosa,

cogida a mi cuello, me escuchaba desvanecida, como si sintiera el vahído

de lo infinito, sin sospechar que detrás de mi narración estaba embozado,

como un bandido hidalgo, mi deseo de verla muerta, de verla libre de esa

tiranía infernal a que la tenía sujeta.

Poco después Luty cayó enferma, con gran contentamiento mío, y

entonces continué con más bríos mi obra matadora. La anemia, esa

enfermedad romántica, acudió en auxilio de mis deseos y de mi trabajo

sordo. Luty se muere; sus nervios, enfermos y espoleados por mí,

contribuyen eficazmente a estrangular, en una red de emociones vivísimas

y de extravagancias increíbles, esa vida que yo deseo aniquilar. Hoy Luty

está agonizando, es decir, está reconstituyendo su dignidad moral de

persona; resucita…


Noviembre 21


3 de la madrugada

Todo ha terminado, Luty ha muerto; ha muerto tenuemente, como yo

deseaba, contenta, feliz, satisfecha de mi amor, sospechando acaso en la

lucidez de los postreros instantes, mis escrúpulos por su esclavitud y mi

alegría profunda y noble por su muerte. Creo que me agradece mi

conducta. Guardo en mis labios, como un tesoro, su último beso: el de la

cita para la eternidad venturosa.

¡Pobre Luty! Siento alegría melancólica de haberla libertado y, además, la

satisfacción de haber creado su alma y haberla extinguido. ¿Contribuye

esto a hacer impura mi alegría? No sé; pero pienso que quizá la felicidad

es, más que el poder de crear, el placer de destruir.

Ahora comprenderéis espíritus burgueses, que desear y cooperar en la

muerte de una novia joven, bella, inocente, amada y amante, no es en

ciertos casos, una paradoja espeluznante, ni mucho menos una crueldad

espantosa, sino un acto de amor, de nobleza y de honradez.


Leer en este blog ( buscador Alberto Hidalgo) 

sábado, 29 de septiembre de 2012

Alberto Hidalgo L. genio del desprecio

SIMPLISMOS (fragmentos) por Alberto Hidalgo



sábado, 19 de junio de 2021

En estos tiempos de pandemia covid-19, para continuar como materia fìsica, debemos cuidarnos todos.

 

Hola y gracias a todos

 

Quiero conocer a mis lectores en cualquier lugar del mundo en que se encuentren.

Me gusta conocer personas, sus ideas, sus experiencias y compartir con ellas las mias. Gracias por su tiempo y espero sus comentarios para establecer una muy buena comunicaciòn.

Ahora, junio de 2021, me encuentro en Japòn y pronto regreso a mi paìs. Estoy en Japon desde diciembre 2020.Antes he residido, por espacio de 15 años.

Email :  carsmar@gmail.com

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Japanesse 
 
世界中の読者から話を聞きたいです。

私は人々、彼らのアイデア、彼らの経験に会い、彼らと私のものを共有するのが好きです。お時間をいただきありがとうございました。ご意見をお待ちしております。今、20216月、私は日本にいて、まもなく私の国に戻ります。私は202012月から日本に滞在しており、以前は15年間住んでいました

 

 

Swedish

Jag vill höra från mina läsare var som helst i världen.

Jag gillar att träffa människor, deras idéer, deras erfarenheter och dela mina med dem. Tack för din tid och jag väntar på att dina kommentarer skapar en mycket bra kommunikation. Nu, juni 2021, är jag i Japan och kommer snart att återvända till mitt land. Jag är i Japan sedan december 2020, jag har tidigare bott i 15 år.

 

English

I want to hear from my readers anywhere in the world.

I like meeting people, their ideas, their experiences and sharing mine with them. Thank you for your time and I am waiting for your comments to create a very good communication. Now, June 2021, I am in Japan and will soon return to my country. I have been in Japan since December 2020, I have previously lived for 15 years.

 

Russian

Я хочу услышать от моих читателей из любой точки мира.

Мне нравится встречаться с людьми, их идеями, их опытом и делиться с ними своими. Спасибо за ваше время, и я жду ваших комментариев, чтобы создать очень хорошее общение. Сейчас, июнь 2021 года, я нахожусь в Японии и скоро вернусь в свою страну. Я в Японии с декабря 2020 года, до этого прожил 15 лет.

 

French

Je veux entendre mes lecteurs partout dans le monde.

J'aime rencontrer des gens, leurs idées, leurs expériences et partager les miennes avec eux. Merci pour votre temps et j'attends vos commentaires pour créer une très bonne communication. Maintenant, en juin 2021, je suis au Japon et je retournerai bientôt dans mon pays. Je suis au Japon depuis décembre 2020, j'ai vécu auparavant pendant 15 ans.

 

Czech

Chci slyšet od svých čtenářů kdekoli na světě.

Rád se setkávám s lidmi, jejich nápady, zkušenostmi a sdílím je s nimi. Děkuji za váš čas a čekám na vaše komentáře k vytvoření velmi dobré komunikace. Nyní, v červnu 2021, jsem v Japonsku a brzy se vrátím do své země. V Japonsku jsem od prosince 2020, předtím jsem žil 15 let.

 

 

Norwegian

 

Jeg vil høre fra leserne mine hvor som helst i verden.

Jeg liker å møte mennesker, deres ideer, deres erfaringer og dele mine med dem. Takk for tiden din, og jeg venter på at kommentarene dine skal skape en veldig god kommunikasjon. Nå juni 2021 er jeg i Japan og kommer snart tilbake til landet mitt. Jeg har vært i Japan siden desember 2020, jeg har tidligere bodd i 15 år.

 

 

 


domingo, 13 de junio de 2021

Historia mundial del amor masculino : Alejandro el Grande

 

Alexander the Great

LOS AMORES DE ALEJANDRO III

DE MACEDONIA,CONOCIDO COMO 'EL GRANDE'


Alexander the Great
Alejandro Magno

Han circulado rumores de que Oliver Stone ha estado pensando en hacer una película sobre la vida del legendario hijo del rey Filipo II de Macedonia y la reina Olimpia, la orgullosa niña epirota de la que se enamoró en los Misterios Samotácratas en el año 358 a. C. Sólo se ha presentado un obstáculo para este proyecto: el Gobierno griego. No quiere que el nombre de uno de sus más grandes héroes de la antigüedad sea 'mancillado' por el conocimiento público de su pasión por el amor masculino y su indiferencia hacia el sexo justo.

Nota tardía: A partir del 12/1/2004, la película se ha hecho y se ha lanzado con aplausos tibios.

La película, que Stone ha estado tratando de conseguir en la pantalla durante 15 años, fue filmada principalmente en Marruecos y Tailandia. No se rodó ninguna escena en Grecia, como explica la Agencia de Noticias de Atenas, debido a la oposición del gobierno a la interpretación de Stone del héroe griego.
Increíblemente, estos "negacionistas de la realidad erótica" están proporcionando al Sr. Stone publicidad gratuita y alivio cómico: Un grupo de abogados griegos homofóbicos está amenazando con demandar a Warner Bros. y al director por insinuar que Alejandro Magno era bisexual. Los abogados, pisoteando su propia herencia heroica, han enviado una carta al estudio exigiendo que incluyan una referencia en los créditos del título diciendo que su película es un cuento de ficción.
Para añadir a la atmósfera de Keystone Cops que rodea este tema, parece que hace un par de años una turba de griegos macedonios cientos de personas asaltó un simposio arqueológico después de que un orador presentara un documento sobre la homosexualidad de
Alejandro. La policía fue llamada para evacuar a los participantes.
No es que el resto del oeste sea mejor. Aparentemente, el estudio presionó a Stone para que cortara todas las escenas del romance de Alexander con ese peligroso mocoso Bagoas. ¡No es de extrañar que los críticos encontraron las sobras aburridas! 

Alejandro
 Magno comandó sus primeras batallas con sólo dieciséis años de edad, y pasó a conquistar todo el mundo conocido, dirigiendo a sus tropas desde las montañas del norte de Grecia hasta las tierras fronterizas de la India, sometiendo a todos los oponentes a su paso, desde las ciudades estado griegas hasta los reinos del norte de África, Asia Menor y Persia.

Su crueldad en la batalla, a menudo atemperada por su magnanimidad hacia los vencidos, era legendaria, pero también lo era su devoción por sus amigos y compañeros, y el amor que compartió casi exclusivamente con sus compañeros varones desde la más tierna infancia.

Este no fue un evento fortuito.

Nacido en agosto del 356 a. C., bajo el signo del león, fue el producto por excelencia de una cultura guerrera patriarcal, el parangón mismo de un mundo dominado por los hombres regido por valores masculinos y una estética masculina. Su tutor a partir de los trece años fue el filósofo Aristóteles, que documentó los excesos, así como los valores de la pederastia. Alejandro debía encarnar esos valores durante el resto de su breve pero volcánica vida, e incluso estirar los límites aceptados del antiguo amor masculino viviendo su gran romance con un hombre de su misma edad, su amigo de la infancia Hefestión.

Lo que nos puede parecer normal hoy en día, el amor de un hombre por otro, en la antigüedad estaba mal visto como una amenaza a la estructura de la sociedad, una en la que se esperaba que los hombres adultos se emparejara con los adolescentes para educarlos y llevarlos a la edad adulta, mantenidos cerca por el poder del amor erótico.

Pero en el mundo de palacios, poder y pasión de Alejandro, el modelo pedagógico se honraba más en la brecha que en la observancia. Sin embargo, los niños siguieron siendo el centro del afecto de los hombres y el propio Felipe II, el propio padre de Alejandro, persiguió incansablemente a los jóvenes amantes durante toda su vida. Su misma muerte se produjo a manos de un antiguo amante vengativo, Pausanias, que había sido despreciado por el rey por un chico más bonito.

A diferencia de los asuntos de Felipe, el amor entre Alejandro y Hefestión nunca decayó.

Hay una tradición de que Alejandro vio su amor como una emulación de ese amor heroico entre Aquiles y Patroclo, con Alejandro encarnando Aquiles y Hefestión, Patroclo. Cruzando de Europa a Asia en su camino a Persia, los dos detuvieron su campaña en Illium por las ruinas de Troya. Allí Alejandro sacrificó y ofreció guirnaldas en el santuario de Aquiles, mientras que Hefestión hizo lo mismo en el de Patroclo. Siguiendo la antigua costumbre, Alejandro corrió desnudo alrededor de la tumba del héroe, declarando su admiración por Aquiles, "afortunado en la vida de tener un amigo tan fiel, y en la muerte de tener un poeta tan famoso".

El amor masculino no cegó a los griegos, ni a Alejandro, al señuelo de las mujeres hermosas: se casó con Roxane, una princesa persa, hija de Oxiartes de Bactriana, y engendró un hijo con ella. Más tarde, como informa el historiador romano/griego Arriano, Alejandro, mientras estaba en Persia, en Susa "... celebró ceremonias de boda para sus compañeros; también tomó [otra] esposa él mismo — Barsine, la hija mayor de Darío, y, según Aristóbulo, otra también, a saber, Parsatis, la hija menor de Ochlus.... Su amor por las mujeres, sin embargo, puede haber sido un gusto adquirido. El historiador romano Curcio informa que "despreciaba los placeres sensuales [femeninos] hasta tal punto que Olimpia, su madre, estaba ansiosa por no poder engendrar descendencia". Para abrir su apetito por el sexo justo, el rey Felipe y Olimpia hicieron traer a Kallixeina, una hetaira tesalia (una cortesana profesional). Y uno de sus biógrafos contemporáneos, Eumenes, afirmó que Alejandro "no estaba a gusto con el sexo".

Otro gran amor de la vida de Alejandro fue el eunuco Bagoas.

Los dos se conocieron mientras Alejandro estaba en campaña contra el rey Darío de los persas. La guerra había hecho estragos durante algún tiempo, con Darío finalmente huyendo y abandonado por sus vasallos, para finalmente ser asesinado por uno de sus propios hombres. Su general, Nabarzenes, fue a jurar lealtad a Alejandro, y a ofrecer ricos regalos, entre los que se encuentra el hermoso muchacho. Curcio lo describe como, "... Bagoas, un eunuco excepcional en belleza y en la flor misma de la niñez, con quien Darío era íntimo y con quien Alejandro más tarde sería íntimo". El carácter tormentoso y franco del niño coincidía con su impresionante aspecto, y la amistad que crecía entre él y el rey guerrero duraría el resto de sus vidas.

Alejandro se opuso a que su querida estuviera bien provista. Como cuenta Eumenes, el rey instaló a Bagoas en una villa fuera de Babilonia y requirió que todos sus oficiales y cortesanas, tanto griegas como persas, le rindan honores (es decir, que le entregaran ricos regalos).

Todos lo hicieron menos uno, el fiel sátrapa Orsines, que afirmó que había venido "a honrar a los amigos de Alejandro, no a sus putas", y que "no era costumbre de los persas tomar hombres en matrimonio que habían sido convertidos en mujeres por el bien de ser folladas". Enfurecido, el joven Bagoas forjó la destrucción de Orsines por medio de interminables calumnias, despertando la mente de Alejandro a la ira hasta que condenó al hombre. Todavía no satisfecho con su trabajo, Bagoas golpeó a Orsines mientras lo llevaban a la ejecución, quien se volvió y dijo: "Había oído que las mujeres una vez reinaron en Asia; sin embargo, esto es algo nuevo, para que reine un eunuco!" [Curtius, X.1.22]

El favor de Alejandro a Bagoas también es evidente en su posterior nombramiento de Bagoas como uno de los trierarcas, hombres de sustancia que supervisaron y financiaron la construcción de la marina para el viaje a casa. Su romance es atestiguado por muchos historiadores de la época, entre los que Plutarco, que relata un episodio que sugiere que el amor entre los dos era de conocimiento común entre las tropas.

Como diría Plutarco, después de un concurso de baile en el que Bagoas había ganado los honores, se fue a sentar al lado del rey. "que agradó tanto a los macedonios que le gritaron que besara a Bagoas, y nunca dejaron de aplaudir y gritar hasta que Alejandro lo tomó en sus brazos y lo besó calurosamente". [Plutarco, Las Vidas]

Este nuevo amor de ninguna manera afectó la profunda devoción que lo unía a Hefestión, que era famosa en toda la Magna Grecia. El propio filósofo cínico Diógenes, escribió a Alejandro al respecto: "Si quieres ser kalos kagathos [hermoso y bueno], tira el trapo que tienes en la cabeza y ven a nosotros. Pero no podrás hacerlo, porque estás gobernado por los muslos de Hefestión". [Diógenes de Sinope, Cartas, 24] Su amor se deshizo sólo por la muerte de la Hefestión durante las festividades de verano en Ecbatana, en Persia, en su camino a casa desde la India.

Alejandro, que hasta entonces había soportado sin romper las penurias y heridas que habrían derribado a un hombre menor, se deshizo de esta
pérdida. Se dice que yacía sobre el cuerpo de Hefestión durante un día y una noche, y finalmente tuvo que ser arrastrado por sus amigos. Durante otros tres días permaneció mudo, llorando, ayunando. Cuando se levantó fue para cortar todo el pelo, y para ordenar que todos los adornos de la ciudad se quitaran de las paredes y las melenas y colas de todos los caballos esquilados también.

 Finalmente prohibió toda la música en la ciudad, y ordenó a todos los pueblos del imperio que llevaran a cabo rituales de luto. Más tarde enviaría enviados al oráculo de Ammón en el oasis de Siwah en Egipto para pedir que se otorgara honores divinos a su amigo muerto.

El cuerpo de Hefestión fue embalsamado y llevado a Babilonia para ser quemado en una pira funeraria en un funeral en el que planeaba gastar sumas astronómicas.

Poco sabía Alejandro que Babilonia se convertiría también en su última parada. Obligado a permanecer en la ciudad durante los calurosos meses de verano plagados de mosquitos, se enfermó y murió después de una corta enfermedad. Para nuestra contabilidad el año era 323 aC. Alejandro tenía 33 años.

http://www.androphile.org/preview/Library/Biographies/Alexander/Alexander.htm

sábado, 8 de mayo de 2021

Alberto Tauro del Pino, personaje ilustre de la Provincia Constitucional del Callao, Perù

Nació en el Callao en 1914, estudió en la Facultad de Letras de San Marcos, de la cual egresó optando el título de Bachiller y Doctor, y posteriormente completó sus estudios en la Facultad de Derecho.

https://es.wikipedia.org/wiki/Alberto_Tauro_del_Pino

Estudios històricos de Alberto Tauro del Pino.


Crónicas de Japón

POR ALBERTO TAURO DEL PINO

Desde Vancouver se insinúa ante los ojos del viajero la proximidad

del Oriente, porque su recepción está parcialmente a cargo

de personal en cuyos rasgos se perciben los ancestros asiáticos.

Ya destacan chinos, japoneses y aún hindúes entre los que

aguardan en el aeropuerto. Cuando el avión se eleva, a las 10

de la noche, el firmamento luce un tono plúmbeo; y a la distancia

se percibe una engañosa franja blanquecina, o destella en el

horizonte una hermosa gradación de matices rojos. Durante largas

horas volamos hacia el norte, a un extremo occidental de

Alaska, donde la noche sobrecoge, pues —aunque corta en el verano—

es negra, silenciosa y fría. Luego se endereza el rumbo

hacia Tokio. Sólo se percibe quietas y sombrías masas de nubes,

hasta que la luz empieza a despuntar. Pero se diría que el alba

es un espejismo, porque pasan las horas y no se altera su tenue

luminosidad. Aún sopla la brisa fresca, y aún se extiende su claror

opalino, cuando la travesía concluye.


TOKIO


Tokio es una ciudad grande, y desconcertante. En 1959, su

población ha pasado ya de 9 millones; y sus calles, ordinariamente

congestionadas, son a veces ocupadas por mareas humanas

que las luces del tránsito ordenan. Es una urbe en la cual destacan

las moles de los grandes edificios, a cuyo lado se acurruca

a veces la tímida y orgullosa jerarquía de una casa tradicional.

Su formación parece obedecer a sucesivas agregaciones de calles,

barrios y aún pueblos, porque su traza es confusa, tortuosa,

laberíntica. Aùn las grandes avenidas desafían toda perspectiva,

pues son pocas las que presentan en línea recta más de tres

o cuatro cuadras; y en medio de éstas se abre con frecuencia una

vía informal, con curvas y ángulos caprichosos, que brinda insospechado

retiro a los hogares que en ellas abren sus hospitalarias

puertas. Inclusive hay calles virtualmente circulares. Y la

nomenclatura no ayuda a orientarse, porque tradicionalmente tuvieron

denominaciones los barrios o las intersecciones de las calles;

y aunque hace pocos años se las ha aplicado a ciertas vías

principales, no se ha extendido el uso de la numeración domiciliaria

y la ubicación se hace por referencia. Se necesita la experimentada

asistencia de un guía para penetrar en las tensas actividades

de la ciudad.

Felizmente, el japonés está dotado de una espontánea cortesía.

Atiende cuanto se le pregunta y se esfuerza por responder

con exactitud. Alguna vez me ha ocurrido que al preguntar a un

viandante, y no poder explicarse éste en forma adecuada a mi

ignorancia del idioma, se ha brindado a servirme de compañía

hasta el lugar deseado. A la gente común se la ve laboriosa, y

honesta; a la juventud, ostensiblemente altiva y vivaz; a los hombres

maduros, en una actitud reflexiva y algo ensimismada. No

hay mendigos, porque todos hacen algo para ganarse el sustento;

y no suelen ser aceptadas las propinas, porque se las juzga

como una limosna que rebaja a quien la acepta. Viejos y viejas,

quizá inhábiles ya para el trabajo, llevan a la espalda un cesto

donde arrojan papeles y otros desperdicios que van colectando en

las calles, y en los umbrales de un tenducho vi alguna vez reunida

una apreciable cantidad de tales cestos, cuyo contenido era

examinado y clasificado por varios individuos. La miseria no da

reposo, pero no priva a las gentes de su dignidad.

Como corresponde a ciudad tan grande y gentes tan activas,

por todas partes se halla negocios y talleres. Son particularmente

interesantes los pequeños, porque en ellos se revela un significativo

aspecto de las costumbres. A su instalación se consagra

de ordinario la entrada del hogar doméstico, separada de la calle

por una mampara o abierta a la curiosidad de los transeúntes;

y dentro se percibe la estera —o tatami— que cubre el piso

de la habitación familiar. Aùn los propios negocios presentan

a veces una plataforma ligeramente elevada, desde la cual atienden

descalzos los dueños o con los pies embutidos en blandas

pantuflas; y allí ejercen su artesanía, sentados sobre el tatami, o

en cuclillas, o en alguna postura personal. A veces denotan una

especialización máxima. Y donde quiera se hallen, otorgan carácter

al ritmo urbano.

Usualmente es breve y cansino el paso de los japoneses, porque

suelen usar un calzado rígido, consistente en una plataforma

de madera que descansa sobre dos gruesos listones trasversales,

y que se adhiere al pie mediante ligaduras semejantes a las

empleadas en las sandalias. Lo llaman "guehta", y lo usan tanto

mujeres como hombres. No permite la flexibilidad del paso, ni

la correcta articulación de la rodilla; y, si bien es práctico en cuanto

aisla de la lluvia, sòlo da margen a un paso corto, que exige

asentar pesadamente el pie o favorece la costumbre de arrastrarlo.

Las mujeres calzan también una especie de sandalias, con

suela gruesa o elevada en los talones mediante una cuña y que

recibe el nombre de zori. En ambos casos puede llevarse el pie

desnudo; pero en las mujeres es frecuente el uso de una media

corta, predominantemente blanca y fabricada con tela de algodón

(que recibe el nombre de tabi), y en la cual está separado el

pulgar de los dedos restantes, porque entre uno y otros debe insertarse

el cordón que la fija. En verdad, es gracioso y con cierto

donaire el paso menudo de las mujeres jóvenes, envueltas en un

kimono vistoso y calzando guehta o zorí, pues en ellas se cifra

una nota de color y ensueño; y quizá da aquel una viril dureza

al andar de los hombres. Pero a las personas provectas ( maduras ), las hace

parecer cansadas, vegetativas, mecánicas. Y si la vida cotidiana,

tanto como el sentido estético de las mujeres, van cambiando

esta faz de las costumbres, debe reconocerse que a ello

oponen un freno el bajo precio de guehta o zori (que escasamente

equivale a la quinta o sexta parte del fijado al calzado occidental),

el hecho de permitir estos la libre expansión del pie y parecer

por ello más confortables, y la adhesión a los usos tradicionales

que nostálgicamente mantienen los mayores.

La mujer desempeña labores que en otras partes le están vedadas,

tales como la cobranza en los vehículos de trasporte colectivo

y la limpieza de calzado. Ha superado los prejuicios de

otros tiempos, y se educa al lado del hombre. Ha adoptado las

modas occidentales para el trabajo y el tráfago callejero. Pero

sólo por excepción divisé cogidos de la mano a dos jóvenes enamorados,

y no he visto que un hombre lleve del brazo a una mujer. Esta mantiene 

una discreta y sumisa cortesía ante los varones;

a su lado se la ve a veces con la mirada reticente, el mentón

inclinado hacia el pecho y las manos unciosamente (devotamente), unidas

debajo del busto; y parece obvio que en la vida familiar continúa

su absoluta subordinación. En las reuniones formales, tanto como

en los espectáculos artísticos, su vestido de gala es el kimono; y

en las vías urbanas usan el tradicional vestido las ancianas, o las

mujeres que tal vez atienden sólo a sus quehaceres domésticos.

Libros especiales detallan el arte de confeccionar y vestir un kimono;

y en sus líneas ampulosas, en su preciosismo, en su contribución

al recato de las formas, parece hallarse un símbolo del

firme arraigo que en el pueblo japonés tienen sus viejas costumbres,

no obstante el aparente entusiasmo con que han incorporado

a su existencia cotidiana los usos de Occidente. Estas forman

quizá una cascara, bajo la cual se repliega el alma profunda y

mística del Oriente.


Continuarà........



Jòvenes japonesas

Trànsito sobre tatami




Ashikaga,Tochigi,JP



viernes, 7 de mayo de 2021

Cuentos y leyendas japoneses

(Nota para mis lectores: si  para su lectura les dificulta la fuente de escritura me lo hacen saber. De esta forma estaremos màs còmodos.) 

Fuente :  ePub r1.0       Titivillus 26.04.17 EPULIBROS - ANONIMO


Cuentos y leyendas japoneses


Esta obra presenta una selección de las historias más significativas y transmitidas

de la literatura popular japonesa. Sus temas van desde el humor a la tragedia,

pasando por los relatos de magia y culminando con dos epopeyas que forman

parte del patrimonio cultural más propio del país. La finura y cuidado de la

literatura japonesa se manifiesta incluso en estos anónimos escritores que aún en

la narrativa popular adoptaban las formas más refinadas, poniendo de relieve la

elegancia de estilo que ha hecho pensar que la literatura del Japón era obra de

aristócratas. Esta publicación constituye un intento de aproximación a una

milenaria cultura todavía desconocida en muy buena parte por los lectores

occidentales.

A pesar de la indudable riqueza y el peculiar atractivo de la literatura japonesa, ésta no

se conoce demasiado en Occidente.

Las razones de esta ignorancia son fundamentalmente lingüísticas, ya que lo intrincado

del idioma japonés dificulta las traducciones y consiguientemente el acercamiento a las

manifestaciones literarias.

Por otra parte, existe en Occidente la difundida creencia de considerar a los japoneses

como una raza de meros imitadores sin personalidad propia para crear ninguna obra

artística genuinamente suya. En el campo de la literatura, suele considerarse al Japón

imitador de China; sobre este punto sería imposible negar el enorme papel que tuvo China

en el desarrollo de la civilización japonesa, pero todo lo que el Japón tomó de China fue

considerablemente modificado por el temperamento japonés fundamentalmente distinto

del chino.

La literatura japonesa es predominantemente de tono aristocrático; fue frecuente en

ciertas épocas que florecieran las literaturas cortesanas en los palacios de los emperadores

y shogunes, donde prácticamente todos los nobles se entregaban al ejercicio de la

composición poética. Ello no quiere decir que no haya habido baladas y narraciones

populares; prueba de ello es la presente colección de cuentos y leyendas, pero, aún en este

género de obras se manifiesta probablemente una mayor elegancia que en sus equivalentes

occidentales; la literatura japonesa no es, pues, aristocrática en el sentido estricto de haber

sido obra de los aristócratas, sino que en su mismo estilo puede observarse, hasta en la

literatura vulgar, una tendencia casi constante a adoptar las formas más refinadas.

Los géneros literarios más sobresalientes y a los que nos referiremos con cierto detalle

son la poesía, el teatro y la novela, pero en Japón se desarrollaron otros géneros tales

como el diario, la narración de viajes y el libro de pensamientos con más facilidad que en

otros países, debido quizás a su estructura aparentemente privada de forma, puesto que el

escritor japonés suele ser como el pintor impresionista que produce una impresión de

realidad a partir de pinceladas, aparentemente arbitrarias, de diversos colores.

Así, los incidentes inconexos del relato japonés nos dejan, al mezclarse unos con otros,

un conocimiento impreciso de su vida.


EL VIEJO QUE HACÍA FLORECER LOS ÁRBOLES

 Hace muchos, muchos años, un viejo leñador que vivía en una pequeña aldea a la orilla de un gran bosque, salió por la mañana como era su costumbre diaria a cortar unos árboles para el señor de la provincia. Cuando estaba a medio camino observó a un pequeño perro blanco que estaba tumbado a la vera del sendero. El animal estaba delgado y esmirriado y no tardaría mucho tiempo en morir de hambre y de frío. El sufrimiento de la criatura movió la piedad del leñador quien lo cogió en sus manos, lo puso tiernamente en el regazo de su quimono y se volvió a casa. Su esposa vino corriendo hacia él sorprendida de que volviera tan pronto, y le preguntó qué había pasado. Como respuesta, el hombre descubrió al pequeño perro y se lo mostró a su mujer. —¡Pobre perrito! —exclamó ella enternecida—. ¿Quién ha podido ser tan cruel contigo? ¡Y qué inteligente pareces ser con tus claros y brillantes ojos y tus orejas vivas y alertas! Unos viejos como nosotros te tendrán a gusto en su casa. —En efecto, así es —murmuró el anciano que estaba deseando tenerlo como mascota. Llevaron pues adentro al perro, lo colocaron en el suelo de paja y se pusieron en seguida a atender su enfermedad. Con estos cariñosos cuidados el pequeño perro se puso bien del todo y fuerte. Sus ojos brillantes resplandecían, sus orejas se enderezaban al más mínimo ruido, su hocico estaba siempre moviéndose de un lado para otro, curioseándolo todo, y su pelo se cubrió de tal blancura que la anciana pareja le llamaba Shiro, que significa blanco. Como quiera que los ancianos no tenían hijos Shiro fue tan querido para ellos como un hijo y el animal seguía a los viejos adonde quiera que iban. Un día de invierno el anciano cogió el azadón, lo echó sobre su hombro y marchó al huerto a coger unas verduras. Shiro, a quien siempre le alegraban enormemente estas ocasiones, saltó y brincó alrededor de su amo haciendo grandes círculos, y luego pegó varías carreras hacia las zanjas y los matorrales. Cuando llegaron al campo echó a correr tan locamente como siempre y ladró de placer al arrojarse sobre la maleza. De repente se detuvo. Sus orejas se alzaron y se pusieron erectas y todo su cuerpo se avivó y tensó. Con el hocico en el suelo echó a andar lentamente hacia la empalizada que había cerca de una de las esquinas del huerto. Su hocico se contrajo olfateando encima de un montoncito de tierra. De pronto empezó a escarbar furiosamente apartando la tierra y echándola para atrás con sus patas. Su fuerte y excitado ladrido atrajo la atención del anciano que se hallaba en la otra puerta del campo, y pensando que Shiro tenía que haber descubierto algo muy extraordinario para que se comportase de aquella manera, echó a correr hacia donde estaba el animal para ver qué era aquello. El hombre cogió su azadón y empezó a cavar en el agujero que había abierto Shiro, y apenas había pegado dos golpes con la herramienta cuando una lluvia de monedas de oro empezó a manar como si fuera de un manantial invisible y a llenar el aire. El anciano se echó para atrás sorprendido y volvió corriendo a su casa para que su mujer viera el milagro. Sin embargo su vecino, un hombre avaricioso y de mal genio que también había sido atraído por los ladridos de Shiro, había presenciado esta maravilla increíble desde la otra parte de la cerca de bambú que separaba sus campos. Sus ojos resplandecieron de codicia y casi no pudo controlar sus crispadas manos. Muy astutamente adoptó una voz amigable y rogó a los ancianos que le prestaran el perro durante el día. Corteses y bondadosos como eran, y siempre dispuestos a prestar servicios, el anciano levantó a Shiro, le dijo que se portara como un buen perro y se lo entregó al vecino por encima de la empalizada. Al notar la mala naturaleza del hombre, Shiro se negó a seguir a su amo temporal. Se echó al suelo temblándole el cuerpo de miedo. El vecino lo acarició y le gritó, le gritó y lo acarició, pero sólo para conseguir que el temor de Shiro aumentase más. Cada vez más colérico por su parte, el hombre ató una cuerda alrededor del cuello de Shiro y lo llevó arrastrando hasta un rincón de su huerto en el que lo ató a un árbol, y lo hizo tan apretado y dejándole tan poca cuerda para moverse con libertad, que la pobre criatura se vio forzada a estar echada en una postura agonizante. Su garganta estaba tan constreñida por la cuerda que ni su verdadero amo podía oír sus débiles ladridos. —Ahora —dijo el malvado vecino—, ¿dónde está enterrado? ¿Dónde está enterrado? Búscamelo o te mataré, despreciable sabueso. Furioso, golpeó la tierra ante el hocico de Shiro. La hoja del azadón se hundió en la tierra y chocó contra algún objeto metálico. El arisco hombre se enderezó tenso. Sus ojos se ampliaron en ávida expectación. Al momento siguiente estaba arañando la tierra con ambas manos en medio de un frenesí de avaricia. Sin embargo, cuando no pudo desenterrar más que viejos andrajos, zuecos de madera y tejas rotas, su furia se hizo incontrolable. Agarró el azadón otra vez y golpeó salvajemente a Shiro, que en aquel instante se quejaba y se ponía a cubierto aterrorizado al pie del árbol. El golpe hirió cruelmente al animal, pero también cortó la cuerda que le sujetaba, por lo que el perro echó a correr en angustiados círculos, herido por el tajo y aullando de dolor. Su verdadero amo, atraído ahora por sus ladridos, corrió hacia la cerca, y al ver lo que estaba ocurriendo se llenó de pena. Shiro atravesó la cerca y su amo lo cogió cariñosamente en sus manos. —Shiro, mi pobre Shiro, ¡qué cosa tan terrible te ha ocurrido! ¿Podrás perdonarme? ¿Podrás perdonarme mi cruel error? —lloriqueó el anciano. Pero Shiro se apretaba temblando contra él. El hombre regresó tristemente a su casa con su mascota. Allí te bañó y curó su herida y le dio de comer su comida preferida. Sin embargo, a pesar de todos sus esfuerzos, el azadón de su infame vecino le había herido tan gravemente que el animal murió aquella misma noche. Los ancianos quedaron traspasados con su pérdida. Aquella noche no pudieron dormir y por la mañana temprano, con gran dolor y triste amargura, enterraron a su pequeña mascota en el rincón del huerto donde había ocurrido el milagro de Shiro. Sobre su tumba el anciano puso una pequeña lápida y junto a ella plantó un pino joven. Todos los días la anciana pareja iba a la tumba y de pie, con las cabezas inclinadas, lamentaban la pérdida de su amigo. El árbol creció con una rapidez increíble. En una semana sus ramas daban sombra a la tumba de Shiro; a los quince días ya se necesitaban dos personas con los brazos extendidos para poder rodear su tronco; y al cabo del mes las hojas de su copa parecían barrer el cielo, tan grande estaba ya. Todos los días el anciano se asombraba ante esta nueva maravilla y decía: —Mujer, esto es sin duda otro milagro. Nuestro pequeño Shiro ha muerto, pero su espíritu ha penetrado en este árbol. Su esplendidez y exuberancia no pueden morir. Se ha convertido en la savia de este magnífico árbol y está brincando furiosamente en sus hojas y ramas. Estoy seguro de que es así. Y miraban al árbol con renovado asombro. Las noticias del rápido desarrollo del árbol se extendieron en seguida. Desde los lejanos valles y montañas acudían diariamente gentes con el propósito de contemplarlo. Doblaban el cuello hacía atrás y forzaban los ojos para ver sus ramas más altas, ahora sumergidas en el halo del cielo. Movían sus cabezas y se susurraban unos a otros que no podía ser, pero luego volvían a levantar las cabezas para mirar otra vez y no podían dudar de lo que estaban viendo sus ojos. Un día de invierno la anciana dijo a su marido: —Marido, ¿te acuerdas de cuánto le gustaban a nuestro pequeño Shiro los pastelillos de arroz? ¿No crees que sería una buena idea confeccionar un buen mortero del tronco del árbol de Shiro y hacer pastelillos de arroz para ofrecerlos en su tumba? —¡Es una idea excelente, fantástica! —replicó excitado el marido—. Lo haremos como tú dices. E inmediatamente empezó a afilar su enorme hacha. Durante la mañana y la tarde siguiente estuvo trabajando, cortando lentamente el enorme tronco. Al fin, con una última y poderosa oscilación, el majestuoso árbol crujió y cayó a tierra con un rugido tan poderoso que se tuvo que oír en los rincones más apartados del Japón. De las hábiles manos del anciano salía poco después un bonito y elegante mortero que pronto estuvo dispuesto para recibir y moler el resplandeciente y blanco arroz. Con los corazones llenos de amor y cariño hacia la memoria de su pequeño amigo, la anciana pareja empezó a machacar el arroz con sus manos de almirez con el fin de convertirlo en harina antes de cocerlo. Pero apenas habían machacado poco más que una cazuela llena de granos de arroz, cuando ante sus asombrados ojos todo el puñado de grano se convirtió en un resplandeciente montón de monedas de oro. ¡Cómo se maravillaron! ¡Y con cuánta vehemencia hablaron de su buena fortuna a sus vecinos quienes se alegraron muchísimo de que a los ancianos les hubiesen caído tales riquezas! Bueno, todos los vecinos se alegraron menos uno, claro, el hombre irascible que tan cruelmente había matado al pequeño Shiro. Apenas podía contener su avaricia, al oír la historia del mortero mágico. Al día siguiente fue a la casa de la anciana pareja, los aduló, los lisonjeó y fingió gran pena al decir: —Desde la muerte de vuestro pequeño perro estoy lleno de un gran remordimiento. Un gran remordimiento, buenos vecinos, porque siento que tuve yo la culpa. De noche y de día pienso que si sólo existiera una manera de demostraros lo que siento y de probaros de alguna forma lo arrepentido que estoy, lo haría contento. Hoy, con toda humildad, he venido a pediros perdón. Me agradaría muchísimo hacer pastelillos de arroz para ofrecerlos en la tumba del pequeño Shiro. Pero ¡ay! mi mortero es demasiado viejo, y yo demasiado pobre para comprar uno nuevo. ¿No me prestaríais vosotros, bondadosos amigos, vuestro mortero por un rato para que yo pueda hacer mi pequeña ofrenda a nuestro amiguito? El afecto y la credulidad de los ancianos quedaron conmovidos profundamente ante esta falsa charla, y creyendo que estaba sinceramente arrepentido, permitieron al sutil bribón que se llevara consigo el mortero. Al llegar a su casa no perdió tiempo en monsergas y se puso a preparar las tortas. Junto a su esposa, igualmente avariciosa, echó el arroz en el mortero y los dos se pusieron a machacarlo. Siguieron y siguieron machacando pero el oro no apareció y los dos gritaron furiosamente: —¡Miserables granos, transformaos en oro, transformaos en oro! Y machacaron más vigorosamente que antes. «Don-don, don-don» decían sus manos de almirez, y los granos volaban en todas direcciones pero de ellos no salía ni una sola moneda de oro. Sus fuerzas estaban ya a punto de sucumbir cuando de repente el arroz molido empezó a moverse y a transformarse. —¡Está cambiando! —aulló el viejo pícaro. —¡Seremos ricos! —gritó su esposa. V se pusieron a bailar de placer alrededor del mortero. Pero en lugar de aparecer un brillante montón de oro, vieron con horror que no salían sino viejos andrajos, zuecos de madera y tejas rotas, exactamente igual a lo que había desenterrado en el campo. Tanta rabia le dio al hombre que agarró su destral y de un solo golpe partió en dos el mortero. Su esposa cogió otro destral y frenéticamente convirtieron en pedacitos las dos mitades del mortero. Encendieron un fuego después, arrojaron en él los trozos y se pusieron a contemplar cómo se convertían en cenizas. Al día siguiente el anciano fue a pedirles el mortero, pero el vecino le dio una grosera respuesta. —El mortero se rompió y quedó inservible. Al primer golpe de mi mano de almirez se partió por la mitad, así que lo hice leña y lo eché al fuego hasta que se convirtió en cenizas. Si éstas te sirven de algo, cógelas. Están en el horno. Con estas ásperas palabras el vecino le volvió la espalda y se negó a decir nada más. El anciano estaba desolado. Primero miró a su vecino y luego al horno. No había cólera en su corazón, sólo una honda tristeza. —Primero mi querido Shiro, ahora mi maravilloso y nuevo mortero —se lamentó para sí—, ¡Hombre insensible y sin sentimientos!, pero ¿qué se le va a hacer? Nada, no, nada puede devolvérmelos. Sólo quedan las cenizas. Pero son las cenizas de mi pequeño perro; porque ciertamente el mortero estaba hecho con su divino y maravilloso espíritu. Las cogeré y las enterraré junto a él. Sin duda se alegrará de saber que su espíritu vuelve a él. El anciano recogió las cenizas en una talega de arroz y se volvió lentamente a su casa preguntándose lo que diría su mujer acerca de este nuevo desastre. Apenas había andado la mitad del camino cuando de un pinar cercano se levantó una suave brisa que danzó momentáneamente entre los árboles para remolinear luego alrededor del talego de arroz, levantarlo y expandir las cenizas en el aire. La brisa murió con tanta rapidez como se había levantado y las cenizas flotaron como copos de nieve sobre las frías y desnudas ramas de los árboles invernales. Pero cosa maravillosa, allá donde se posaban las cenizas las ramas desnudas rompían en una profusión de hojas y flores y pronto por todos los alrededores del anciano la tristeza del invierno se había transformado en la alegría de la primavera y el aire se llenaba del perfume de las flores que se abrían. El anciano se volvió lentamente para presenciar este nuevo milagro. Alargó su mano para tocar las hojas y los pétalos y asegurarse de su realidad. Lentamente dio una vuelta y otra y otra, con los ojos sumergidos en el tierno verdor y su olfato lleno de la fragancia de mayo. De repente echó a correr excitado hacia su aldea. —¡Mirad, mirad! ¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡Mirad, mirad! —gritaba mientras que seguía cogiendo cenizas y poniéndolas sobre cada árbol y arbusto y viendo cómo éstos abrían sus capullos allá donde caía la ceniza. Y sucedió que el señor de la provincia, acompañado de sus ayudantes, estaba haciendo un viaje de inspección por la provincia. Atraído por los gritos del viejo y por la multitud que rodeaba a éste, el señor detuvo su caballo y mandó a uno de sus criados que fuese a enterarse de lo que pasaba. Mientras tanto el anciano, cuya alegría se había desatado con el nuevo y maravilloso poder que poseía, se había subido a un cerezo y al tiempo que cantaba arrojaba la ceniza en cada rama para que las flores rosas y blancas mostrasen ante ellos toda su esplendidez. El criado del señor lo llamó. El anciano descendió del árbol y fue llevado a presencia del señor. Humilde y simplemente relató su historia, y cuando demostró el milagro de la ceniza el señor se llenó de gran contento y elijo: —¡Maravilloso! ¡Verdaderamente maravilloso! Un hombre que hace que las flores le sigan como una sombra. ¿Dónde habrá otro que posea un don de tanta belleza? Anciano, te voy a recompensar. Y el señor descendió del caballo. Un ayudante trajo una mesa y sobre ella colocó una rara bolsa de brocado llena de monedas de oro. El mismo señor se la ofreció al anciano quien, inclinándose primero hasta el suelo, la tomó con humilde reverencia. Como apenas podía esperar más para irse a su casa y contarle a su esposa el milagro de las cenizas y el honor que le había dispensado el señor de la provincia, echó a correr llevando fuertemente asida la bolsa, lleno de alegría y riendo de placer. Pero el codicioso vecino que había sido testigo de todo el suceso, se llenó de amargura y resentimiento. Volvió corriendo a su casa y abrió la puerta del horno. Sin duda, pensó, que dentro habrían quedado rastros de las cenizas y quizás también en el suelo. Llamó a su esposa y juntos recogieron en una talega todo lo que había quedado. Con la talega bajo el brazo echó a correr y esperó a la orilla del camino por el que habían de pasar el señor y su séquito. El sonido de los cascos de los caballos le advirtió que la comitiva se estaba aproximando. El hombre se subió rápidamente al árbol más cercano y empezó a canturrear para sí y a gritar: —¡El viejo jardinero puede hacer florecer los árboles, el viejo jardinero puede hacer florecer los árboles! ¡Mirad, mirad! O sea, exactamente igual que había hecho antes el anciano. El señor llegó con su caballo hasta el árbol y mirando hacia arriba, dijo: —¡Qué! ¿Así que tenemos otro milagrero en esta aldea? Éste no es ciertamente el mismo viejo que he visto antes. ¡Eh, tú! ¿Eres otro que puede hacer florecer los árboles? Si es así, demuestra tus poderes inmediatamente. —Sí, mi señor, lo haré enseguida —replicó el malvado vecino. Rápidamente empezó a dispersar las cenizas sobre las ramas. Pero en vez de producir y hacer brotar flores, las cenizas se dispersaron en todas las direcciones y envolvieron al señor y a sus criados en una sofocante nube de polvo que penetró en sus ojos y se los inflamó, hizo asustarse al caballo del señor y el animal se desbocó. El señor se indignó muchísimo y sus ayudantes arrastraron furiosos al estúpido desde el árbol y le pusieron de rodillas ante su señor. El hombre se arrastró miserablemente y se golpeó la frente contra el suelo llorando amargamente. —¡He sido malo y ruin! —gritó desesperado—. En un arrebato de ira maté al perro de mi vecino y destruí su bonito mortero. No ha habido sino envidia y avaricia en mi corazón y debido a eso he causado muchísimo daño a mi buen vecino. Ahora he insultado a mi señor. ¡Perdonadme! ¡Perdonadme! Si accedéis a perdonarme, desde este momento enmendaré mis caminos y mis malos pensamientos. Lo único que os pido es que me deis otra oportunidad. El señor estaba aún muy disgustado. Reprendió severamente al hombre de mal carácter pero al final le perdonó con la condición de que, si no cambiaba su modo de ser aquel mismo día, sería severamente castigado. A medida que pasaban las semanas y los meses la anciana pareja se serenaba más y era más feliz, y su buena fortuna iba también en aumento. Su vecino y la esposa de éste fueron cambiando lentamente su carácter y sus caminos. Su envidia dejó sitio a la bondad; su mal genio a la docilidad; y su grosería con los vecinos a una amistad afectuosa. En cada fiesta y aniversario los cuatro iban juntos al templo y a la tumba de Shiro para ofrecer oraciones y pastelillos de arroz para la imperecedera paz de su espíritu, y el resto de sus días lo gastaron en generosa y buena voluntad los unos con los otros y con todo el pueblo de la aldea.