miércoles, 24 de marzo de 2021

Machu Picchu, a ritmo de pisco sour y cerveza cusqueña....

DAME ALEGRÍA Por Omar Pérez Santiago, escritor
— Oh, suspiré, como cientos de turistas cada día. Como cientos de estremecidos turistas cada día, me acerqué al balcón desde donde se ve la asombrosa ciudadela de Machu Picchu. Abajo, muy abajo corre la curva del río torrentoso Willcamayu (“río del Sol”, en quechua, río que va a dar a la Amazonía, que es el morir). La imagen de tarjeta portal es prodigiosa. Por un momento, me siento lleno de ritualidad, como esa ritualidad mágica que hay en ciertos pasajes del Antiguo Testamento. (Dame alegría). Como cientos de turistas que llegan en zapatillas de running, ligeras y con suelas de tracción y amortiguación, caigo rendido ante las montañas de la locura y la construcción de los incas. Machu Picchu atrae como imán pop. Ha hechizado a todo tipo de seres humanos. Rojos, azules y verdeaguas. Nadie queda indiferente. Subir a Machu Picchu es una aventura alucinante. El turismo está detenido hoy por la pandemia y las noticias dicen que aparecen osos andinos en la ciudadela. Soy turista, sí, pero ni dócil ni idiota para no darme cuenta que también hay permanentes protestas pues los precios del tren y de la entrada, son exorbitantes para nosotros, latinoamericanos. El mundo está hecho para ricos. Pero, a pesar de ello, en tu momento debes estar preparado para salir del mundo digital, del celular, y subir escaleras, muchas escaleras de piedras milenarias. Nada, nada puede superar tu vivencia personal. ¿Qué buscamos cuando viajamos? ¿Qué buscas tú? ¿La curiosidad de saber cómo viven o cómo vivieron otros? Machu Picchu genera muchas impresiones. Investigar, preguntar, conversar, caminar, comer, reír. Subir escaleras. Tomar apuntes en un cuaderno de tapas verdes. Borronear imágenes. Seguir un conejo blanco, cruzar una frontera, el siempre jovial mundo análogo. Un taxista nos fue a buscar de madrugada a un hotel del Cusco a las 5 de la madrugada. La mañana está empolvada de sol que aparece detrás de la montaña de Los Andes. ¡Qué cosas me hace recordar el amarillo de la luz que se levanta como aullido de gato! El taxista nos trajo hasta Ollataytamba. La aurora vestida de violeta entra en el llamativo Valle Sagrado de los Incas, rodeado de montañas muy altas y cruzado por el río Urubamba. Allí desayunamos mientras esperamos el tren azul que entre paredes rocosas y llenas de vegetación, que parece que podemos rozar con los dedos, nos lleva hasta Machu Picchu pueblo o Aguas Calientes. El pueblo es un peculiar rincón turístico, una pequeña meseta entre montañas verdes, donde los edificios se aprietan, amarrados unos tras otros a los pies de la cordillera para no caerse en el río torrentoso y sonoro que lo cruza. Caminamos por sus pocas calles turísticas que titubean y se adelgazan hasta un paradero, donde un bus común nos elevó hasta las puertas de la ciudadela por un enmarañado camino en zig-zag de quince planos inclinados sucesivos, a 700 metros de altura desde allí. Al salir de las ruinas por la tarde se puso a llover torrencialmente. Aparecieron paraguas y capas de vinilo agua protectoras. Bajamos en bus, cenamos en Aguas Calientes y antes de bebernos el aperitivo de Pisco Sour, hubo rayos y truenos. ¡KRAAAKAA BOOM! Desde la terraza del restaurante vemos trotar en zapatillas de running a los turistas gringos, alemanes, italianos, franceses y españoles que seguían llegando a Machu Picchu. Los gringos. El total de gringos es inferior a la suma de sus partes. Muchos idiomas en un mismo punto. Lo seguro es que ninguno de los gringos se extravía. Los mapas los traen en su Iphone. Vienen con protectores de agua, gorros. Vienen preparados para la guerra, pienso. En zapatillas de running. A medianoche, aún caía la lluvia tempestuosa al volver al centro del Cusco. En el hotel, mientras bebo una cerveza cusqueña, en mi cuaderno verde con mi elegante lapicera Parker, regalo de mi mujer, escribo: DAME ALEGRÍA. Proyecto Patrimonio Año 2021 A Página Principal | A Archivo Omar Pérez Santiago | A Archivo de Autores | www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura dirigida por Luis Martinez Solorza. e-mail: letras.s5.com@gmail.com DAME ALEGRÍA Por Omar Pérez Santiago

jueves, 11 de febrero de 2021

Porquè vas a Kyoto? : Caramelo de Menta, Nueva Ola de Perù

Versiòn de la Nueva Ola Peruana, Contemporáneos de Fresa Nisei, Serenade y otras destacadas agrupaciones de los años setenta. En 1972 grabaron dos temas para el sello INDISA: la melodía japonesa “Por qué vas a Kyoto” y la melodía yugoslava “Canción de amor”. No tengo información si hicieron más discos. Caramelo de Menta estuvo integrado por Chiyo Akamine (cantante), Predrag Stojakovic (cantante), Augusto Ayesta (primera guitarra), Ricardo Miyagui (segunda guitarra), Roberto Higa (bajo), Toribio Hattori (batería) y Justo Urbina (órgano). Ojalá alguien nos haga llegar (o nos diga donde encontrar) alguna foto del grupo y de su bella cantante Chiyo Akamine. http://heduardo-rockperuano.blogspot.com/search/label/Caramelo%20de%20Menta Versiòn original, mùsica japonesa

domingo, 7 de febrero de 2021

La Casa de las Bellas Durmientes, de Kawabata Yasunari ( autor japonès, nobel de literatura )

http://radiopoderfm.com/podcastradio/LecturaEscapeMagicoDeLaRealidad/2021/SA_LEMR_LaCasaDeLasBellasDurmientes_20210129.mp3?fbclid=IwAR03eygBZkbH_PSlnC-gaIv97S3Bg_ocKBdFmzCdC0hsWsGNnw5FxxWGWxo
La vejez es un tema profundo, sagrado e inquietante, al momento de entender los ingredientes con los que se cuece la condición humana. Lo es también para dimensionar la corta temporalidad y fragilidad con las que llegamos al mundo. Sin embargo, y pese a esas certezas y limitaciones, a las que se suman los pesares y adversidades para afrontar la existencia; me identifico con los que creen que la vida, con sus sostenidos y bemoles, sigue siendo hermosa, apasionante y, por más de mil razones, merece que la vivamos y nos aferremos a ella con todas nuestras fuerzas; ya que es la única posibilidad con la que contamos para distanciarnos de la nada, así sea momentáneamente. Es cierto que la etapa de la vejez trae pesares, propios del desgaste natural de la carne y de los huesos, pero también es cierto que esa misma vejez es la preciosa y más cálida oportunidad para disfrutar de un especial y bendito momento de la vida; en el que la familia, los buenos amigos, la libertad y el privilegio de contemplar el paisaje de lo recorrido, lo son todo. Aunque no existe fórmula exacta para entender la vida, es una buena alternativa para aquello: abrazar y disfrutar con regocijo cada una de las etapas que la integran; sin confundirlas, forzarlas o desfigurarlas. Dicho de otra manera: quien haya disfrutado la inocencia de la niñez hasta cansarse, quien haya dado cabriolas de felicidad y atrevimiento en la juventud, quien haya amado y engendrado en la adultez, y, quien repita algo de lo vivido, junto a la familia y a los amigos, en la vejez; puede confesar y gritar al universo que ha descifrado el enigma de la vida. En esas cavilaciones irrumpió en mi librero la espléndida e intimista novela: La casa de las bellas durmientes; escrita magistralmente por el premio nobel japonés: Yasunari Kawabata. Fue publicada en 1961, traducida por primera vez al español en 1978 y desde aquellos años ha seducido y sigue seduciendo a miles de lectores de todo el planeta. Dada la extraordinaria magia con la que fue escrita, varios críticos literarios coinciden en que sirvió de fuente de inspiración a Gabriel García Márquez para redactar su aplaudida obra: Memorias de mis putas tristes. La novela de Kawabata; quien, el 16 de abril de 1972 se suicidó al inhalar premeditadamente gas de su casa en Zushi (Japón) al más puro estilo místico de los hijos del “Imperio del Sol Naciente”; narra la extraña experiencia erótica de Eguchi, un hombre de 67 años, quien asiste, por recomendación de su viejo amigo Kiga, a una casa escondida -una suerte de monasterio erótico- en la que ancianos sin potencia viril acuden a pasar la noche para, simplemente, contemplar y dormir junto a bellas y jóvenes mujeres narcotizadas, con la esperanza de que la inspiradora y provocadora compañía, les permita soñar, añorar y recordar sus más anhelantes aventuras sexuales dejadas en los mejores años de su juventud. Las andanzas de Eguchi en la silenciosa casa, lo dejan asombrado, encandilado y feliz, porque en las cinco citas a las que acude con emoción; logra revivir, a través del sueño y la mágica compañía de la belleza femenina, sus más enraizados recuerdos, tan cerca de perderse en los laberintos del pasado. Por otro lado, Eguchi descubre que quienes acuden a la casa de las bellas durmientes, lo hacen para irrespetar a la muerte, desafiar al fugaz paso por la vida y a contemplar la luz más preciosa de la creación que es la mujer. La concurrencia a esta especie de elegante habitáculo de la fantasía debe respetar estrictas reglas: los huéspedes no deben hablar con las preciosas anfitrionas (para garantizarlo siempre están dormidas); está prohibido el acceso carnal y en las primeras horas de la mañana los visitantes deben abandonar en silencio el recinto, antes de que despierten las jóvenes. El fiel cumplimiento de las normas está a cargo de una misteriosa mujer que hace de implacable regente y única persona para hablar y atender las inquietudes de los seniles caballeros, quienes, luego de beneficiarse de la bienhechora sensación erótica; le guardan enorme gratitud y la miran como una respetable sacerdotisa del amor y del deseo. Avanza la obra y las sucesivas visitas de Eguchi al lugar se tornan cada vez más complejas, intensas y adictivas; dado que al quedar deslumbrado por la hermosura de las criaturas adormitadas; intenta descubrir sus nombres y entablar conversaciones que extiendan el contacto puertas afuera. Aunque no lo logra; por el riguroso control que ejerce la regente del lugar y por los fuertes efectos de los narcóticos administrados a las preciosas féminas; su éxtasis aumenta exponencialmente en la medida que su capacidad para contemplar e inhalar la belleza de las mujeres se afina y profundiza. Se queda sin aire frente a hermosos y femeninos párpados cerrados con pestañas onduladas; se derrite ante la maravillosa turgencia de pechos jóvenes; se abruma ante la perfección de cuerpos curvilíneos y se embriaga ante suspiros con olor a belleza, exhalados por bocas de fruta prohibida. Penosamente, ese mundo de ensoñación y maravilla se interrumpe para Eguchi cuando se entera que un vecino de aposento, mucho mayor que él, muere al amanecer. Pese a la perturbadora noticia, Eguchi entiende que ante la inmutable realidad de la muerte solo queda vivir, vivir y vivir... hasta exprimir las últimas gotas de felicidad y energía que sean posibles. Revisando críticas y valoraciones a esta impresionante novela que, para masticarla, en su real magnitud, es necesario dedicarle la concentración de todos los sentidos; encuentro que el acercamiento entre la juventud y la ancianidad se remonta a tiempos remotos y a referencias bíblicas. Para justificar lo dicho, cito lo que dice Mario Vargas Llosa en su ensayo La verdad de las mentiras: “La anécdota de La casa de las bellas durmientes, parece inspirada en la historia bíblica del anciano rey desfalleciente a quien, para devolverlo a la vida, hacían dormir con una muchacha núbil: ´Era viejo el rey David, entrado en años, y por más que le cubrían con ropas, no podía entrar en calor´. Dijéronle entonces sus servidores: Que busquen para mi señor, el rey, una joven que le cuide y le sirva; durmiendo en su seno, el rey, mi señor, entrará en calor´. Buscaron por toda la tierra de Israel una joven hermosa, y hallaron a Abisaq, sunamita, y la trajeron al rey. Era esta joven muy hermosa, y cuidaba al rey, pero el rey no la conoció”. Más allá de la fantasía y extravagancia que la envuelven, esta novela es una fuente inspiradora de reflexiones en torno a los más esenciales planteamientos del ser: la juventud, la vejez, el sexo, la muerte, el placer, el pesimismo, la positividad; paradójicamente, todos unidos con la naturaleza humana por un estrecho cordón umbilical. Siendo de lectura obligatoria, la novela no dejará indiferente a nadie; eso sí, para saborearla, hay que abrir de par en par el portón de nuestra mente y sepultar en algún lejano sitio cualquier tipo de prejuicio o gazmoñería que nos afecte. Para animar la lectura de esta joya literaria japonesa, comparto la autorizada impresión sobre la misma que tiene el gran Mario Vargas Llosa: “Breve, bella y profunda. La casa de las bellas durmientes deja en el ánimo del lector la sensación de una metáfora cuyos términos no son fáciles de desentrañar”. Publicado hace 1 week ago por Sarmival https://sarmival.blogspot.com/

miércoles, 20 de enero de 2021

Explosiòn demogràfica ????

En el mundo tenemos 7 mil millones de personas, ¿cuál sería la capacidad máxima de personas en el planeta tierra?


A mucha gente le disgusta saber esto, pero ...
Si hiciéramos un condominio gigantesco, con edificios de lujo de veintidós pisos, seis departamentos por piso y le dáramos un departamento a CADA PERSONA.

Toda la población del planeta Tierra podría alojarse cómodamente en el estado de Sergipe. Por supuesto, tenemos en cuenta una hipotética asignación eficiente de recursos.

Para tener realmente un problema, tendríamos que superar los 100 mil millones de habitantes.
El planeta tierra tiene capacidad para un billón de personas con la redirección adecuada de alimentos.

Solo Estados Unidos, que tiene una población de 300 millones, desperdicia suficientes recursos anualmente para 3 mil millones de personas.
Esto se debe a la mala distribución de los recursos por N factores, incluido el monetario.
Estamos llenos de recursos, pero esas personas viven necesitadas porque no tienen dinero ni recursos básicos como la comida.

La sobrepoblación no es un problema, de hecho es una excusa para evitar hablar de problemas reales, el problema real es la distribución de recursos, y la accesibilidad para los más necesitados, no tenemos una distribución de recursos eficiente.




Este es el mapa de la presencia humana, las áreas grises son donde nadie vive oficialmente.

Si hay una tribu viviendo en estas áreas, no se contabilizó en 7 mil millones.


https://pt.quora.com/No-mundo-temos-7-bilh%C3%B5es-de-pessoas-qual-seria-a-capacidade-m%C3%A1xima-de-pessoas-no-planeta-terra

sábado, 26 de diciembre de 2020

Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma, Las balas del Niño Dios

El 6 y 7 de enero de 1842 fuerzas peruanas y bolivianas se enfrentaron en el pueblo de Tarapacá, en el extremo sur del Perú, como resultado de un persistente conflicto fronterizo originado en el complejo proceso de conformación republicana de ambos países. Situado este hecho en la memoria de peruanos y tarapaqueños mediante la prosa de Ricardo Palma, el presente artículo aborda este acontecimiento buscando ir más allá de la retórica mítica, heroica y literaria hasta ahora dominante, para entender las dinámicas sociopolíticas locales respecto a la conformación de la nación y el territorio nacional en la que fue en aquél entonces la provincia más meridional del Perú, y que se expresaron en este acontecimiento. 
https://www.researchgate.net/publication/323234841_Las_balas_del_Nino_Dios_La_batalla_de_Tarapaca_y_la_formacion_de_la_nacion_en_el_extremo_sur_del_Peru_1822-1842

Las balas del Niño Dios

 (Al señor general D. Juan Buendía) 

He aquí, mi general y amigo, una tradición en la cual dos vivos son los protagonistas: usted y el cura L... 

No se ofenda usted porque a guisa de antigualla ha caído bajo el dominio de mi pluma, dada a sacar a luz historias rancias. 

Trátase de una bella página en la vida de usted, página que ojalá, en el porvenir de nuestra patria, encuentre muchos plagiarios. A Dios gracias, no es usted siquiera ministro o candidato a más sabrosos bocados: está usted arrinconado en la sacristía como efigie de santo después de la procesión. Puedo, pues, dedicarle este relato sin correr peligro de que digan que lo adulo y lisonjeo, yo que nunca cometí el feo pecado de dedicar prosa ni verso a los que están peldaño arriba en la escalera política. A lo sumo dirán que he cogido el plumero para limpiar del santo polvo y telarañas. Si lo dicen que lo digan, que con ello ni nos dan ni nos quitan. 

Esto va, pites, de amigo a amigo. Y para dedicatoria suficit. 


Después del desastre de Ingavi, el general Magariños, al mando de la segunda división del ejército boliviano, se apoderó de Tacna, en diciembre de 1841, sin resistencia del inerme vecindario. Inmediatamente hizo marchar sobre Tarapacá una columna de cien soldados a órdenes del coronel D. José María García y del comandante D. Luis Mostajo. Llegados los invasores a Chamisa el 1.º de enero, dispuso el coronel García que el teniente D. Hilario Ortiz entrase de incógnito en Tarapacá; y para que en caso de ser descubierto pudiera asumir carácter de parlamentario, lo proveyó de un pliego en el cual se intimaba a la autoridad peruana la rendición de la provincia. El subprefecto de Taracapá D. Calixto Gutiérrez de La-Fuente sorprendió al espía y lo puso preso, contestando a García por una nota que protestaba contra la invasión; que abandonaba la capital por encontrarse sin elementos para resistir (pues entre todos los vecinos no había podido reunir más armas que tres pistolas, dos sables y cinco escopetas), y que se llevaba prisionero al teniente Ortiz, quien no se había presentado con las formalidades de parlamentario. El coronel García tomó posesión de Tarapacá el 3 de enero, convirtiò la casa del Cabildo en cuartel y dirigió a los tarapaqueños una proclamita notable por la cortedad, pues toda ella se reducía a esta originalísima frase: «Los bolivianos traemos en una mano la paz y en la otra el olivo». Por lo visto su señoría no era hombre fuerte en antítesis ni metáforas, salvo que se nos diga lo que en la Biblia para aclarar los conceptos obscuros: y en esto hay sentido que tiene sabiduría, explicación con la que se queda uno tan en tinieblas como antes. En seguida dirigió otro oficio a La-Fuente, que a revienta- caballo se había encaminado a Iquique, oficio que con otros comprobantes de este relato histórico encontramos impreso en El Peruano, periódico oficial de Lima correspondiente al 22 de enero de 1842. Decía así el coronel: «Seguramente está usted creyendo que soy un recluta ignorante de mis deberes, pues me dice en su nota que el oficial Ortiz no fue con las formalidades correspondientes a un parlamentario. Dígame usted, señor mío, ¿qué ejército tiene o qué batalla va a presentarme para exigirme formalidades? Si en contestación a ésta no me manda usted al teniente Ortiz, yo en represalia enviaré a mi república familias enteras de las más notables que tenga la provincia. Y no le digo a usted más». Poco y al alma. Esto era hablar crudo, como carne en mesa de inglés y clarito como agua de arroyuelo. Pero en mala madriguera se había metido el coronel boliviano. ¡En Tarapacá! ¡En la cuna de los mariscales Castilla y La-Fuente! ¡Precisamente en el único pueblo del Perú que no se asustó con la vitalicia de Bolívar y que tuvo bríos para protestar contra ella! ¡Digo, si tendrán colmillos los tarapaqueños! ¡Y venirles en 1842 con amenazas un coronelito del codo a la mano! 

II 

En la noche del 2 de enero llegó a Iquique D. Calixto de La-Fuente y conferenció con el sargento mayor D. Juan Buendía sobre lo crítico de la situación. Buendía, soldado audaz y entusiasta, opinó que era preciso combatir para que los bolivianos no se la llevasen tan de bóbilis-bóbilis; y tres días después, el 5 de enero, púsose en marcha sobre Tarapacá acompañado de veintidós mozos del pueblo, armados con escopetas, fusiles y lanzas. La empresa era de locos. En el trayecto hasta la capital de la provincia se les unieron seis paisanos más, uno de los cuales, llamado Mariano Ríos, llevaba por única arma una corneta. A las once de la noche del 6 de enero el grupo de combatientes organizado por Buendía llegaba sigilosamente a la esquina de la casa del Cabildo, y con toda cautela para no ser sentidos por el enemigo improvisaban en la bocacalle una barricada con los muebles de un vecino. Pocos minutos después, el corneta Mariano Ríos empezó a tocar ataque y degüello y los expedicionarios rompieron el fuego. El jefe boliviano, a quien la densidad de la noche no permitía darse cuenta del número y condición de los que atacaban, creyó prudente en cerrarse en Cabildo y que la tropa, parapetada tras de las ventanas, contestase el tiroteo. Entretanto, al estruendoso resonar de la corneta despertaron los vecinos, y gritando «¡viva el Perú!», corrieron a engrosar las filas del arrogante mayor Buendía. Una hora después eran poco más de treinta los fusiles y escopetas que hacían fuego sobre los cien soldados del coronel García. A las cuatro de la mañana la victoria pareció inclinarse a favor de los bolivianos, pues los disparos de sus adversarios disminuían y la corneta había cesado de resonar. El músico acababa de caer muerto y a los asaltantes se les iba agotando el número de cartuchos a bala. Tenían algunos tarros de pólvora, pero ni una libra de plomo para fundir proyectiles. Media hora más de combate y... después de ella la fuga. ¡Lindo por venir! El bravo mayor Buendía se encontraba en la misma tremenda situación de Ricardo III cuando dijo: «¡Mi reino por un caballo!» Para Buendía algunas libras de plomo valían más que un reino, eran la dignidad nacional salvada, eran su nombre de soldado y sus juveniles aspiraciones de gloria. ¡Plomo! ¡Plomo! ¿De dónde conseguirlo? En Tarapacá no había siquiera tubos de cañería. Buendía comenzaba a desesperar. Tenía en perspectiva la derrota y acaso la insegura condición del prisionero. De pronto un joven eclesiástico, hijo de Tarapacá, que vagaba entre los combatientes auxiliando a los heridos y moribundos, se acercó y le dijo: -No hay que desmayar; voy a traer plomo. Y entrando en su habitación se detuvo ante un retablo que representaba el divino misterio de Belén. 

Téngase presente que esto pasaba en la noche del 6 de enero, día de la Adoración de los Reyes Magos. 

El devoto clérigo tenía en su casa un precioso nacimiento... y el Niño Jesús era... de plomo. Vivo está (y aún creemos que con residencia en Lima) el sacerdote que en aras de la patria supo hacer el sacrificio de sus escrúpulos y sentimientos religiosos. 

Gracias a él los peruanos tuvieron balas para continuar el combate a la luz del sol. 

Aquellas balas hicieron maravillas sobre la tropa enemiga. Háganse ustedes cargo... 

¡Eran balas del Niño Dios! A las seis de la mañana el coronel García cayó mortalmente herido, y llamando a su segundo le dijo: -Comandante Mostajo, bátase hasta quemar el último cartucho. -Muera usted tranquilo, mi coronel, que el honor militar quedará a salvo. 

Y a las siete de la mañana, agotadas ya sus municiones, aquellos valientes soldados de Bolivia se rindieron a discreción. -¡Hurra por los vencidos y por los vencedores! 

La victoria premió la audacia del mayor Buendía y el patriótico entusiasmo de los tarapaqueños, que casi sin armas ni organización, se lanzaron contra una aguerrida columna militar.
San Lorenzo de Tarapacà, Urbanizaciòn Tarapacà,Callao

Señoras Tarapaqueñas y autoridades chalacas, ceremonia realizada en la Urbanizaciòn Tarapacà,Provincia Constitucional del Callao


https://urbatorium.blogspot.com/2015/01/las-balas-del-nino-dios-un-milagro.html
“La audacia de Buendía -escribe Portilla Córdova como epílogo a esta increíble historia- fue premiada junto al patriotismo de los tarapaqueños que con escaso armamento pudieron vencer al agresor… ¡con balas del Niño Jesús!”.
Como dato interesante, cabe añadir que el valeroso sacerdote tarapaqueño que logró conseguir el plomo para los tiros de los héroes de la resistencia local, todavía estaba vivo en los tiempos en que Ricardo Palma inmortalizó el entretenido relato en su famoso libro sobre las tradiciones del Perú, según él mismo comenta allí.
La victoria peruana permitió recuperar la provincia y frustrar parte de la soberbia boliviana por sus conquistas territoriales, antes del advenimiento de la paz. Sin embargo, San Lorenzo de Tarapacá se reservaba episodios aún más epopéyicos en la línea de tiempo, con la batalla del 27 de noviembre de 1879 que, en el marco de la Guerra del Pacífico, coronó de gloria al Coronel Eleuterio Ramírez y a los bravos del 2° de Línea, tras la cual, a pesar de la destrucción de las fuerzas chilenas durante el combate, se produjo el retiro de los aliados y la incorporación del territorio a manos de Chile.




viernes, 25 de diciembre de 2020

Inmigración japonesa en Paraguay

En Paraguay viven aproximadamente 6.000 nikkeis entre inmigrantes japoneses y descendientes de los mismos. Además se estima que unos 1.200 nikkeis paraguayos se encuentran trabajando en el exterior. La inmigración japonesa a este país, se inició con el primer contingente establecido en la colonia La Colmena en el año 1936, antes de la Segunda guerra mundial. Luego de la Segunda guerra mundial, en 1953, se reinicia la inmigración, llegando a su cúspide la cantidad de inmigrantes en la etapa inicial de la década del 60, y luego fueron disminuyendo debido al crecimiento económico del Japón. La empresa Promotora del Exterior del Japón SA. (organización precedente a la actual JICA), adquirió las tierras para la recepción de los inmigrantes (colonia La Paz, Pirapó e Yguazú), donde realizó la distribución y venta de tierra y asesoramiento correspondiente. Posterior a eso, surgió la Colonia Piraretá, en las cercanías de Asunción, destinada a los productores de hortalizas. Actualmente, los japoneses y los nikkeis están esparcidos en casi todos los departamentos de la Región Oriental, dedicándose principalmente a la agricultura y al comercio. En cuanto a la agricultura, los inmigrantes japoneses son reconocidos por el cultivo de soja, el rubro agrícola de mayor captación de divisas extranjeras, el cual sostiene la economía del país. Además, el cultivo de trigo como cultivo alternativo de invierno, ha contribuido al autoabastecimiento de la harina y el ahorro de las divisas. Los japoneses, desde la inmigración se han caracterizado por trabajar en equipo. Son dos las principales instituciones japonesas que existen en el Paraguay. La Central Cooperativa Nikkei Agrícola Limitada, conformada por 5 cooperativas nikkei que desarrollan actividades productivas. La Federación de las Asociaciones Japonesas en el Paraguay, conformada por 10 asociaciones japonesas, los cuales se dedican a la enseñanza del idioma japonés, difusión de la cultura japonesa, atención a la tercera edad entre otras actividades. La JICA trabaja muy de cerca con estas dos instituciones principales de la sociedad nikkei para realizar actividades que contribuyan al desarrollo del Paraguay. https://www.jica.go.jp/paraguay/espanol/office/others/society.html

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Diògenes de Sinope, el cìnico, el perro

 

La historia de Diógenes de Sinope: el filósofo griego que vivía en la indigencia

Residía en una tinaja, comía junto a los perros y hacía todas sus necesidades en público. Hoy en día, «el síndrome de Diógenes» designa un trastorno del comportamiento que se caracteriza por el total abandono personal y por la acumulación de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos.



Antes de partir a la conquista de Asia, Alejandro Magno se detuvo en Corinto y pidió conocer «al filósofo que vivía con los perros», o al menos eso cuenta una leyenda de larga tradición. El joven macedonio quedó asombrado con Diógenes de Sinope, pues no se parecía a ningún sabio que el joven macedonio, educado por Aristóteles, hubiera conocido o imaginado nunca: dormía en una tinaja y se rodeaba las veinticuatro horas del día por una jauría de perros. Alejandro entabló conversación con el entonces anciano y, horrorizado por las condiciones en las que vivía, le preguntó si podía hacer algo para mejorar su situación. «Sí, apartarte, que me estás tapando el Sol», contestó el filósofo de malas maneras al que era ya el dueño de Grecia. No en vano, según la leyenda, el macedonio no solo aceptó el desplante sin enfadarse, sino que le mostró su máxima admiración: «De no ser Alejandro, yo habría deseado ser Diógenes».

Perteneciente a la escuela cínica, que consideraba que la civilización y su forma de vida era un mal en sí mismo, Diógenes de Sinope llevó hasta el extremo las ideas del fundador de esta filosofía, Antístenes. Lejos de lo que hoy se entiende por cinismo (tendencia a no creer en la sinceridad o bondad humana y a expresar esta actitud mediante la ironía y el sarcasmo), las ideas de Antístenes buscaban alcanzar la felicidad deshaciéndose de todo lo superfluo. Así, este discípulo directo de Sócrates se retiró a las afueras de Atenas para vivir bajo sus propias leyes, sin obedecer a las convenciones sociales. No obstante, fue su aventajado discípulo, Diógenes, quien hizo célebre su obra a través de la indigencia más absoluta.

Poco se sabe sobre la infancia de Diógenes, nacido en la colonia griega de Sínope (en la actual Turquía) en el 412 a. C, salvo que era hijo de un banquero llamado Hicesias. Ambos se dedicaban a fabricar monedas falsas, algunos historiadores han sostenido que con fines políticos y no por lucro personal, hasta que fueron desterrados por esta causa a Atenas. Los arqueólogos, de hecho, han podido corroborar el episodio a través del gran número de monedas falsificadas con la firma de Hicesias, el oficial que las acuñó, encontradas en el lugar de nacimiento del filósofo.

Diógenes de Sinope llevó hasta el extremo las ideas de Antístenes

Vestido solo con una humilde y roída capa

Decepcionado por la superficialidad de los atenieses y sus rigores sociales, el joven filósofo conoció a Antístenes –un discípulo de Sócrates que, según Platón, estaba presente durante su suicidio–. Diógenes tomó al pie de la letra las enseñanzas de su maestro, entregándose a una vida de extrema austeridad con la pretensión de poner en evidencia la vanidad y artificiosidad de la conducta humana. Así estableció su vivienda en una tinaja, que solo abandonaba para dormir en los pórticos de los templos, se vistió con una humilde capa y comenzó a caminar descalzo sin importarle la estación del año. Sin embargo, según cuenta el mito sobre su vida, para el griego nada era lo suficientemente humilde y siempre encontraba nuevas formas de reducir su dependencia por lo material. En una ocasión, vio como un niño bebía agua con las manos en una fuente: «Este muchacho –dijo– me ha enseñado que todavía tengo cosas superfluas», y tiró su escudilla (un recipiente semiesférico usado para trasladar líquidos). También se despojó de su plato al ver que a otro niño, al rompérsele el suyo, puso las lentejas que comía en la concavidad de un trozo de pan.

La actitud de Diógenes, no en vano, podía pasar en ocasiones por la de un provocador obsceno o la de un elemento subversivo. Además de hacer sus necesidades a la vista pública, como prueba de que ninguna actividad humana es tan vergonzosa como para requerir privacidad, se masturbó en el Ágora, la principal y más transitada plaza de Atenas, sin más explicación que «¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!». Y, entre las numerosas anécdotas sobre su vida, también destaca por ofensiva la actitud que padeció un adinerado hombre que tuvo la osadía de invitarle a un banquete en su lujosa mansión con la única prohibición de que no escupiera en su casa. Diógenes hizo unas cuantas gárgaras para aclararse la garganta y le escupió directamente a la cara, alegando que no había encontrado otro lugar más sucio donde desahogarse.

Por supuesto, la mayoría de estas historias caminan entre el mito y la realidad, y sirven sobre todo para trazar el retrato de un hombre que, a pesar de vivir de forma diferente al resto, casi en la indigencia, era admirado por la mayoría de atenienses. El «Sócrates delirante», como le llamaba Platón, era respetado por su crítica a las diferencias de clase y su desdén por las normas de conducta social. Dentro de la doctrina de los cínicos, los animales eran el ejemplo perfecto de cómo alcanzar la felicidad a través de esta rebelde autosuficiente. Quizá por ello, Diógenes se rodeó de una jauría de perros con la que, relata el mito, compartía su comida y dormía agazapado. Pero lejos de ser alguien carente de humanidad, Diógenes despreciaba a los hombres de letras por leer los sufrimientos de «Odiseo» desde la distancia mientras desatendían los suyos propios y abogaba por preocuparse por las cosas verdaderamente humanas, sin artificios ni tintas de por medio.

«¡Ojalá, frotándome el vientre, el hambre se extinguiera de una manera tan dócil!»
DIOGENES Y ALEJANDRO, que se haga a un lado.......

Capturado por piratas y vendido como esclavo

Sin conocerse realmente las circunstancias que le llevaron a Corinto, donde tendría el encuentro con Alejandro Magno, la leyenda sostiene que Diógenes fue capturado por unos piratas y vendido como esclavo cuando se dirigía a Egina (Islas Sarónicas, Grecia). Fue comprado por un aristócrata local, Xeniades de Corinto, quien le devolvió la libertad y le convirtió en tutor de sus dos hijos. Pasó el resto de su vida en esta ciudad, donde de la misma forma son fértiles las estrambóticas anécdotas sobre el comportamiento del filósofo. Precisamente, a cuenta de su muerte, también se han escrito diferentes y fabuladas versiones. Según una de ellas, murió de un cólico provocado por la ingestión de un pulpo vivo. No en vano, la más excesiva asegura que falleció por su propia voluntad: reteniendo la respiración hasta quedar sin vida. «Cuando me muera echadme a los perros. Ya estoy acostumbrado», fueron sus últimas palabras. Su ocaso aconteció el mismo año, el 323 a. C., que el gran Alejandro.

En la actualidad, se designa al «Síndrome de Diógenes», en referencia al filósofo, como el trastorno del comportamiento que se caracteriza por el total abandono personal y social y la acumulación en el hogar de grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos. En 1960 se realizó el primer estudio científico de dicho patrón de conducta, bautizándolo en 1975 con el nombre del estrambótico filosofo. No obstante, desde el punto de vista histórico la vinculación de este trastorno con el comportamiento austero del griego es incorrecta, puesto que la acumulación de cualquier tipo de cosas es lo contrario a lo predicado por aquel hombre que vivía en una tinaja.

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