Eliano, Claudio Ποικίλη Ιστορία ( Varia Historia) ♦ Historias Curiosas
Mitologìa, tradiciones, historias populares
Diógenes de Sínope, al contraer una enfermedad mortal, se arrastró a duras penas y se arrojó desde un puente que estaba situado junto al gimnasio. Había ordenado al director de la palestra que lo tiraran al Iliso una vez que hubiesen comprobado que estaba muerto. Tan poca atención prestó Diógenes a su muerte y sepultura
Jantipa afirmaba que, a pesar de los innumerables trastornos que habían afectado tanto a la ciudad (como a sus habitantes), en todas aquellas circunstancias siempre vio la misma expresión en el rostro de Sócrates, tanto al salir de casa como a su regreso.
Él se adaptaba bien a todas las circunstancias y fue siempre de una inteligencia benévola, porque estuvo por encima de todas las desgracias y supo vencer todos los miedos.
Cuando Dionisio el Joven llegó a la ciudad de los locros (Dóride, su madre, era locra), se adueñó de las casas de los hombres más importantes de la ciudad y, tras cubrir los suelos con rosas, tomillo y otras flores, mandó buscar a las hijas de los locros y abusó de ellas en la mayor de las locuras. Pero por este crimen fue castigado. Cuando Dion derribó su tiranía, entonces los locros prostituyeron a la mujer y a las hijas de Dionisio. Todos las ultrajaron libremente, en especial los parientes de aquellas virgenes violadas por Dionisio.Y cuando se hartaron de violarlas, las mataron después de clavarles agujas debajo de las uñas de las manos. Machacaron sus huesos en morteros y, tras separar la carne de los huesos, maldijeron a quienes no la comieran. Si algún resto suyo quedó, lo arrojaron al mar. Dionisio, en Corinto, sufrió toda clase de vicisitudes a causa de su extrema pobreza”. Terminó su vida como sacerdote de Cibeles, tocando el tambor y la flauta".
Almorzaba en cierta ocasión Diógenes en una taberna y, al ver pasar a Demóstenes, lo invitó. Como éste no aceptó la invitación, Diógenes le dijo: «Demóstenes, ¿acaso te avergúenzas de entrar en una taberna? A buen seguro que tu señor entra aquí todos los días». Se refería a las gentes del pueblo y a los ciudadanos particulares, queriendo dejar claro que los políticos y los oradores son siervos de las masa.
Durante una travesía, al desatarse un temporal, Aristipo se asustó muchísimo. Uno de los pasajeros le dijo: «Aristipo, ¿tú también tienes miedo como los demás?». Y éste contestó: «Si, inquietud y el peligro a que nos enfrentamos evidentemente. En vuestro caso, la afectan a una vida desdichada, pero en mi caso se trata de una vida feliz».
Un día cayó enfermo Aristóteles y el médico le prescribió cierto remedio. Aristóteles le dijo: «No cuides de mí como de un boyero o un labrador; explícame primero la causa; sólo así me encontrarás dispuesto a obedecerte». Le aconsejaba con estas palabras que no administrara nada sin conocer la causa.
Anaxarco, que estaba en campaña con Alejandro, tras la llegada del invierno, supo de antemano que Alejandro iba a establecer su campamento en un lugar donde no había leña. Tiró todo el bagaje que llevaba y cargó madera en las acémilas. Cuando llegaron al vivac y necesitaron leña, se vieron obligados a quemar las camas de Alejandro para poder calentarse. Alguien anunció que había fuego en la tienda de Anaxarco y entonces Alejandro se fue con éste y se instaló en su tienda. Conocida su previsión, la elogió extraordinariamente y le regaló el doble de lo que había tirado, tanto en equipamiento como en ropas, como agradecimiento por haberle dejado usar su fuego.
Cuando Diógenes llegó a Olimpia y vio en el festival a algunos jóvenes rodios vestidos suntuosamente, entre risas dijo: «Esto es vanidad». Y después, al encontrarse con unos espartanos vestidos con túnicas vulgares y sucias, dijo: «Esta es otra forma de vanidad».
Diógenes sufría de un hombro, ya fuese porque había sido herido —como yo creo—, ya por alguna otra causa. En cierta ocasión en que parecía que le dolía mucho, uno de aquellos que lo odiaban se burlaba atrozmente de él diciendo: «¿Por qué no te mueres ya, Diógenes, y te liberas de tus males?».
Y éste le contestó:«Conviene que vivan quienes saben lo que se debe hacer en la vida y lo que se debe decir», para continuar confesando que él mismo era uno de ésos.
«Para ti, en cambio, que no sabes lo que se debe decir o hacer, este es el momento oportuno de que te mueras. En cambio yo, que sí conozco todo eso, debo vivir.
Cìnicos
Aunque Antístenes había animado a muchos a que se consagraran a la filosofía, y puesto que nadie le había prestado atención, terminó, irritado, por no permitir que nadie se le acercara. E incluso expulsó a Diógenes de su compañía. Pero como Diógenes era muy persistente e insistía, llegó a amenazarlo con golpearlo con un bastón. Y en cierta ocasión incluso lo golpeó en la cabeza. Pero Diógenes no desistió, sino que lo perseguía con todavía más empeño, pues deseaba con fervor escuchar sus lecciones. Y decía: «Golpéame si quieres, que yo pondré la cabeza; pero no podrás encontrar un bastón tan duro que me aparte de tus lecciones». Y Antístenes acabó por aceptarlo con entusiasmo.
Los polìticos....
Critias afirma que Temístocles, el hijo de Neocles, antes de empezar su actividad política, poseía como patrimonio tres talentos. Pero cuando, tras haber estado al frente de los asuntos públicos, marchó al exilio y sus propiedades fueron confiscadas, se descubrió que tenía un patrimonio superior a los cien talentos. De la misma manera Cleón, antes de dedicarse a la política, no tenía ninguna propiedad libre de hipoteca, pero después dejó un patrimonio de cincuenta talentos.
Aspasia
La focea Aspasia, hija de Hermotimo, se crió huérfana, pues su madre murió durante el parto. Por esta razón Aspasia se crió en la pobreza pero, no obstante, con castidad y moderación. Continuamente tenía el mismo sueño propiciatorio que, aludiendo a su futura fortuna, le anunciaba que viviría con un noble hombre. Todavía siendo niña, le nació una verruga en el rostro, bajo el mentón, que resultaba desagradable a la vista y tenía afligidos tanto al padre como a la hija. El padre llevó a la hija al médico, quien prometió curarla si le pagaba tres estateras. El padre le contestó que no las tenía y el médico replicó que él tampoco tenía una cantidad suficiente del medicamento necesario. Aquellas palabras, como es natural, causaron gran tristeza en Aspasia; cuando salió de la consulta empezó a llorar. Solía mirarse en un espejo que apoyaba en sus rodillas, sintiendo una enorme pena de sí misma. Aunque a causa del disgusto no había conseguido probar bocado, tuvo un sueño muy favorable. Durante el sueño se le presentó una paloma que, tras convertirse en mujer, le dijo: «Ten confianza y despídete tanto de los médicos como de los fármacos. Tritura las rosas de las coronas consagradas a Afrodita, aquellas que ya estuvieran secas, y aplica ese polvo sobre la verruga». La niña hizo lo que en el sueño se le había dicho y la verruga desapareció.
Así Aspasia se convirtió en la más bella de las doncellas, porque había recibido la belleza de manos de la más hermosa de las diosas.
Poseía muchas gracias, como ninguna otra muchacha de su tiempo. Su cabello era rubio y ligeramente ondulado, tenía unos grandes ojos, su nariz trazaba una graciosa curva y sus orejas eran pequeñas. De piel delicada, el color de su rostro semejaba el de las rosas. Por esta razón, los foceos, siendo todavía niña, la llamaban Milto!.
Sus labios eran rojos y sus dientes, más blancos que la nieve. Sus tobillos eran hermosos como los de aquellas hermosísimas mujeres a las que Homero describe llamándolas, con sus propias palabras, «de hermosos tobillos»?. Su voz era dulce y delicada. Se podría decir que cuando ella hablaba se escuchaba una Sirena. Y estaba libre de toda esa indiscreción y frivolidad femeninas. Pues es la riqueza la que suele generar tales vicios pero, como Aspasia era pobre y había sido criada por un padre que era igualmente pobre, no gustaba de añadir nada superfluo ni desmesurado a su figura.
Un día Aspasia se presentó ante Ciro, el hijo de Darío y Parisátide, el hermano de Artajerjes, no por propia voluntad, ni tampoco enviada libremente por su padre, sino por la fuerza, como tantas otras veces sucede cuando se capturan ciudades o cuando los tiranos o sátrapas utilizan la violencia. Así pues, uno de los sátrapas de Ciro la llevó a su presencia junto con otras doncellas; e inmediatamente se convirtió en la favorita de entre todas las concubinas gracias a su carácter reservado, a la modestia de sus maneras y a su belleza libre de afectación. Su inteligencia contribuyó también a que fuera extraordinariamente amada. Y así, Ciro, con frecuencia, se sirvió de ella como consejera para asuntos importantes; y nunca se tuvo que arrepentir de haberla escuchado. Cuando Aspasia se presentó por primera vez ante Ciro, éste estaba celebrando un banquete y se disponía a beber siguiendo las costumbres persas. Los persas, después de haber saciado su apetito, desnudos, se consagran por entero al vino y los brindis, dispuestos a enfrentarse con la bebida como si se tratara de un contrincante. En medio del brindis, cuatro muchachas griegas, entre las que se encontraba la focea Aspasia, fueron presentadas a Ciro. Se habían arreglado con esmero.
A las otras tres las habían vestido las amas de sus propias casas, que habían venido con ellas. Les habían hecho trenzas con sus cabellos y maquillado sus rostros con coloretes y afeites. Sus preceptores las habían instruido en cómo debían insinuarse a Ciro y en qué manera adularlo. Les habían enseñado a no volverse cuando se les acercara, a no enojarse cuando las tocara y a soportarlo cuando las besara, saberes y enseñanzas todos muy propios de concubinas; actitudes propias de aquellas mujeres que comercian con su belleza. Y las tres jóvenes se esforzaron por superarse unas a otras en belleza.
Pero Aspasia no quiso vestir un manto lujoso, ni pidió envolverse en paños bordados, ni soportó el baño. A gritos invocó a todos los dioses protectores de los griegos y de la libertad, que son los mismos. Gritó el nombre de su padre y se maldijo a ella misma y a su padre. Creía que vestir su cuerpo con aquellas ropas desusadas y con todo aquel adorno superfluo significaba aceptar una esclavitud evidente e indiscutible. Pero a fuerza de golpes se vistió y acabó por ceder a las órdenes, entristecida porque, a pesar de todo, se la forzaba a obrar no como una doncella sino como una prostituta.
Nada más entrar, las otras muchachas empezaron a mirar a los ojos de Ciro, se esforzaron por sonreír y fingieron alegría. Pero Aspasia mantenía los ojos clavados en el suelo y su rostro estaba encendido como el fuego; sus ojos se llenaron de lágrimas. En todas sus maneras se evidenciaba que estaba avergonzada. Cuando Ciro ordenó a aquellas mujeres que se le sentaran cerca, las otras cumplieron encantadas. La focea, en cambio, no obedeció hasta que el sátrapa que la había traído la sentó a la fuerza. Cuando Ciro las empezó a tocar observando con atención sus ojos, mejillas y dedos, las otras lo aceptaron, pero Aspasia no lo soportó. Nada más tocarla con la punta de los dedos, ella chilló y le dijo que lamentaría lo que estaba haciendo.
A Ciro le agradaron sus palabras. Cuando le tocó los pechos, Aspasia se levantó e intentó huir. Entonces, el hijo de Darío no sólo admiró extraordinariamente su nobleza, tan contraria a la persa, sino que, dirigiéndose al esclavo que la había traído, le dijo: «Libre y casta sólo me has traído a esta. Las otras no sólo tienen aspecto sino, sobre todo, maneras de prostitutas puestas a la venta»! A partir de aquel momento Ciro le cogió más cariño que a ninguna otra de las mujeres con las que había mantenido relaciones. Con el paso del tiempo Ciro quedò perdidamente enamorado de ella; y fue correspondido. El amor de ambos tanto creció que casi llegó a convertirse en una unión entre iguales, sin ninguna diferencia con la concordia y castidad de un matrimonio griego.
El eco de su amor por Aspasia alcanzó Jonia y toda Grecia. Las historias de Ciro y aquella muchacha poblaban el Peloponeso. Y su fama incluso alcanzó al Gran Rey, pues se afirmaba que Ciro no había considerado digno conocer otra mujer después de Aspasia. Fue tras aquello que los recuerdos de sus antiguos sueños volvieron a Aspasia: aquella paloma, sus palabras, todo cuanto la diosa profetizó. Estuvo segura de que la diosa, desde el principio, había sido su protectora y ofreció a Afrodita un sacrificio perfecto como acción de gracias. En primer lugar mandó construir una estatua de oro de gran tamaño. Consideró que esta estatua debía ser de Afrodita y le colocó una paloma guarnecida de piedras preciosas. Todos los días ganaba su favor con sacrificios y alabanzas. Envió también a Hermotimo, su padre, muchos y buenos regalos con los que lo convirtió en un hombre rico. Vivía con castidad, como así lo aseguran tanto las mujeres griegas como las persas.
Continuarà....
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